Ulises Rosales del Toro: el general que degradó a Ochoa y cerró 71 centrales
En la madrugada del 8 de mayo de 1967, una lancha con las luces apagadas tocó tierra en Machurucuto, una playa solitaria de la costa venezolana. De ella bajaron ocho hombres con fusiles, mochilas y dinero en efectivo. Cuatro eran cubanos. Uno de ellos, un muchacho de 25 años llamado Ulises Rosales del Toro, acabaría siendo el tercer hombre de la jerarquía militar de Cuba, solo por detrás de Fidel y Raúl Castro, y el presidente del tribunal que en 1989 despojó de sus grados al general Arnaldo Ochoa.
Pocos dirigentes cubanos estuvieron tan cerca de tantos momentos decisivos y dejaron tan poco dicho sobre ellos. Su trayectoria —guerrillero adolescente, negociador ante soviéticos y sudafricanos, verdugo institucional de Ochoa, liquidador de la industria azucarera y, al final, «el general de la moringa»— permite leer, en una sola vida, la evolución entera de la Revolución. También obliga a separar con cuidado lo documentado de lo que solo es leyenda.
Machurucuto: el desembarco que nació delatado
La operación, planificada desde La Habana, buscaba reforzar a la guerrilla venezolana que combatía al gobierno de Raúl Leoni. Junto a Rosales desembarcaron otros tres cubanos, entre ellos Raúl Menéndez Tomassevich, un veterano que con el tiempo también llegaría a general, y varios militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). El plan era sencillo sobre el papel: subir a las montañas y unirse al frente guerrillero de El Bachiller. El episodio, conocido como el desembarco de Machurucuto, reconstruido por BBC Mundo, se torció esa misma noche.
Cuando la tripulación cubana intentó volver al barco, el mar picado volcó la balsa. Un hombre se ahogó y otros, que alcanzaron la orilla a nado, cayeron en manos del ejército venezolano. El jefe de aquella tripulación, Antonio Briones Montoto, apareció muerto: Venezuela sostuvo que lo abatieron cuando intentaba huir; Cuba, que lo ejecutaron. Años más tarde, uno de los guerrilleros venezolanos contó a la BBC que uno de los cubanos capturados lo había revelado todo: rutas, mapas e identidades. El grupo de Rosales apenas había pisado tierra y el enemigo ya conocía su presencia.
Tres meses de hambre en la montaña
Lo que siguió fue una prueba de supervivencia. Cada hombre cargaba unas dos libras y media de comida —sopa en pastillas, algo de chorizo y jamón—, porque el fusil, la munición y el equipo no dejaban espacio para más. La idea era encontrar a la guerrilla en pocos días; tardaron más de tres meses. Tomassevich lo relató en Secretos de generales, el libro de entrevistas de Luis Báez: jornadas enteras sin comer, y una dieta de lo que pudieran atrapar, desde mono y burro hasta serpiente venenosa. Los perseguían cazadores y los ametrallaban desde helicópteros. Tomassevich enfermó tanto por una sopa de gallina en mal estado que no podía mantenerse en pie, y meses después tuvo que abandonar el país con un pasaporte falso.
Más reveladora que las penurias es la lectura que Rosales hizo de ellas en esas mismas entrevistas. Según él, los cubanos llegaron muy bien preparados en lo físico y lo militar, pero el fallo era político: querían una guerra más agresiva, y los jefes guerrilleros venezolanos, con otros planes, no aceptaban sus consejos. Reconoció que los cubanos pecaban de romanticismo y que a veces se quedaban solos, empeñados en demostrar que podían resistir al ejército enemigo. Y dejó una frase de enorme peso: Venezuela le enseñó a entender por qué murió el Che.
Leída hoy, la confesión es casi una herejía dentro del discurso oficial. Sin culpar a Fidel Castro ni al Che Guevara, principales promotores de la teoría del foco guerrillero, uno de los futuros jefes de las Fuerzas Armadas admitía su defecto de origen: no se puede hacer la guerra en un país ajeno si su gente no quiere hacerla como tú quieres.
De soldado raso a jefe del Estado Mayor
Rosales del Toro nació el 8 de marzo de 1942 en el oriente de Cuba, en una familia campesina y humilde. La biografía oficial sitúa su nacimiento en San Fermín, aunque otras publicaciones lo hacen natural de El Cobre. Su padre tenía una pequeña tienda mixta y, según esa versión oficial, puso la mercancía a disposición de los rebeldes cuando Batista estrechó el cerco sobre la Sierra Maestra.
En octubre de 1957, con 15 años, el muchacho intentó unirse a la guerrilla y fue rechazado: era demasiado joven y no había armas para todos. Volvió a intentarlo dos meses después y esta vez lo aceptaron. Combatió en el Tercer Frente de Juan Almeida y en enero de 1959 entró en La Habana con la Caravana de la Libertad. Terminó la guerra como simple soldado, sin estrellas y lejos de las fotos junto a Fidel.
Ese dato explica buena parte de su carrera. Mientras otros edificaron su poder sobre la leyenda de la Sierra, Rosales lo construyó después, en aulas y cuarteles. Pasó por escuelas militares cubanas, se formó en la Unión Soviética y estudió en la Academia Voroshilov, el centro de élite del Estado Mayor soviético. En 1963 ya participaba en Argelia en una de las primeras misiones militares cubanas en el exterior; luego vino Venezuela, y más tarde Angola, donde dirigió la Agrupación de Tropas del Sur.
A comienzos de los años 80 llegó a la cima: jefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y primer sustituto del ministro, Raúl Castro. No era un general famoso, pero tenía las llaves de todas las puertas en el lugar exacto donde se tomaban las decisiones.
Frente a Moscú y Pretoria: el negociador que nadie esperaba
Dos episodios de finales de los 80 muestran a un Rosales muy distinto del funcionario gris que muchos recuerdan. El primero ocurre en Moscú, en noviembre de 1987, poco después de que La Habana decidiera reforzar a fondo su presencia en Angola para asestar un golpe decisivo a Sudáfrica. Rosales expuso el plan ante un mariscal del Estado Mayor soviético y le entregó una larguísima lista de armamento. Cuando el mariscal preguntó cuándo saldrían las primeras tropas cubanas, la respuesta fue, en esencia, que ya habían salido.
El historiador Piero Gleijeses, que consultó las notas de aquella reunión, recoge que un oficial cubano presente advirtió una mueca de disgusto en el rostro del mariscal. Dos días después llegó el ministro de Defensa soviético y el clima se tensó. Ante sus palabras, Rosales replicó que había venido preparado para todo, salvo para escuchar insultos y palabras injustificadas. Gleijeses lo describe como un hombre brillante, de sarcasmo fino, capaz de negociar con soviéticos, norteamericanos y sudafricanos.
La escena desmiente un mito muy repetido: el de una Cuba convertida en simple peón de Moscú en África. Al menos en aquel momento, La Habana decidió primero y avisó después, y fue Rosales quien tuvo que dar la cara.
El segundo episodio lo narra el adversario. El 4 de mayo de 1988, en Londres, Angola, Cuba, Sudáfrica y Estados Unidos se sentaron a negociar el fin de la guerra en el sur de África. En un pequeño salón del Brown’s Hotel, Rosales pidió hablar a solas con el jefe militar sudafricano, el general Jannie Geldenhuys. Según las memorias de este, el cubano habló con calma, sin papeles y a través de un intérprete: Cuba estaba concentrando sus mejores tropas en el sur de Angola y ambos países estaban al borde de una guerra devastadora. Geldenhuys nunca supo si aquello era una advertencia sincera, una forma de presión o un farol. Lo que sí recuerda es que acordaron dejar a un lado las amenazas y ponerse a negociar.
El caso Ochoa: el hombre de confianza de Raúl
En junio de 1989 fue detenido Arnaldo Ochoa, Héroe de la República, vencedor en Etiopía y Angola y uno de los generales más queridos por la tropa, acusado de narcotráfico, corrupción y negocios ilícitos. Antes de que el caso estallara en público, el 29 de mayo, Raúl Castro se reunió con Ochoa durante unas tres horas. Según el relato que el propio Raúl hizo después ante sus generales, lo acompañaban dos hombres: Abelardo Colomé Ibarra, «Furry», y Ulises Rosales del Toro.
Su presencia no fue un trámite. Rosales formaba parte del círculo mínimo en el que Raúl confiaba para gestionar la peor crisis que habían vivido las Fuerzas Armadas. A finales de junio se reunió un Tribunal de Honor militar, integrado por decenas de generales y almirantes, para juzgar la conducta de Ochoa. Ese tribunal lo despojó de sus grados y de su condición de militar. Su presidente fue Rosales del Toro.
Un error que se repite
Con frecuencia se afirma que Rosales presidió el tribunal que condenó a muerte a Ochoa, y no es exacto. El Tribunal de Honor lo degradó y lo expulsó moralmente del cuerpo militar; la pena capital la dictó después un órgano distinto, un Tribunal Militar Especial, en el juicio penal del caso Ochoa. La distinción no resta peso a su papel —fue el rostro de la primera humillación pública de Ochoa—, pero ambos procesos no eran lo mismo. El 13 de julio de 1989, Ochoa fue fusilado junto a Antonio de la Guardia y otros dos oficiales.
La leyenda de Venezuela: ¿le salvó Ochoa la vida?
Alrededor de esta historia circula un relato que se cuenta en voz baja. El general Rafael del Pino, uno de los oficiales cubanos de más alto rango que desertaron, aseguró años después que entre los militares se decía que, en Venezuela, Ochoa había cargado a Rosales a la espalda durante varios días para escapar de un cerco del ejército, salvándole la vida. Según Del Pino, cuando le preguntó a Ochoa por el episodio, este se negó a hablar.
La simetría es perfecta: el hombre salvado preside el tribunal que deja a su salvador sin uniforme semanas antes de su fusilamiento. Precisamente por eso conviene desconfiar. Las fechas no encajan. Ochoa llegó a Venezuela en 1966, en otra expedición, por las costas de Falcón y junto al comandante guerrillero Luben Petkoff, para apoyar a la guerrilla de Douglas Bravo. Rosales desembarcó casi un año después, por Machurucuto, en el otro extremo del país y para sumarse a otro frente, el del MIR. Ni él ni Tomassevich mencionan a Ochoa en sus testimonios sobre aquellos meses.
Cabe que exista una parte de la historia aún desconocida, o que con los años se confundieran dos expediciones. Pero hoy se trata de un testimonio de segunda mano, sin pruebas y con un problema serio de calendario: más leyenda que hecho.
Más débil todavía es otro rumor que circula en algunos blogs del exilio: que el propio Rosales dirigió el pelotón que fusiló a Ochoa, porque supuestamente hacía falta un oficial de rango suficiente para ejecutar a un general. El rastro de esa versión es mínimo; uno de esos relatos admite que su autor se lo oyó a un antiguo oficial en televisión. No hay nada que lo confirme. Unidos, ambos rumores producen una historia redonda —el hombre al que Ochoa salvó y que acabó ejecutándolo—, que ilustra bien cómo nacen las leyendas políticas.
Lo que sí sigue abierto es la pregunta de fondo. La versión oficial sostiene que Ochoa y sus compañeros se metieron en el narcotráfico y pusieron en peligro al país. Desde 1989, investigadores y antiguos militares defienden otra lectura: que el proceso sirvió también para apartar a un general demasiado popular, con prestigio propio e ideas potencialmente incómodas en tiempos de Gorbachov. En ese relato, Rosales encarna lo opuesto a Ochoa: frente al carisma y la independencia, la disciplina, la reserva y la lealtad absoluta a Raúl.
¿Le pasó factura? En 2019, el periodista Carlos Cabrera escribió en CiberCuba que algunos amigos de Rosales vinculaban el inicio de su declive con el caso Ochoa, un asunto del que él evitaba hablar. Puede ser cierto como sensación personal, pero los hechos apuntan en otra dirección: tras 1989 siguió ocho años más al frente del Estado Mayor, entró en el Buró Político del Partido y después fue ministro y vicepresidente del Gobierno.
Del Estado Mayor al Ministerio del Azúcar
El verdadero giro llegó en octubre de 1997, y fue tan inesperado que la prensa internacional tardó en creérselo. El hombre al que El País describía como el tercero en la jerarquía militar dejaba el mando para dirigir el Ministerio del Azúcar; el diario lo resumió diciendo que Fidel estaba militarizando el ministerio.
El sector estaba entonces en ruinas. Tras la caída de la Unión Soviética, la industria que durante siglos había sido el corazón de la economía cubana perdía dinero, incumplía todas sus metas y sufría un robo generalizado de combustible y piezas. La respuesta del Gobierno no fue confiarla a un economista ni a un experto, sino enviar a un general a poner orden: un ejemplo temprano de cómo los militares pasaban de mandar tropas a dirigir la economía.
Su antecesor, Nelson Torres Pérez, ministro entre 1993 y 1997, fue destituido de forma abrupta por discrepancias con la alta dirección, tras zafras muy deficientes en los peores años del Período Especial y entre rumores de purgas y escándalos personales. Aun así, con Torres la infraestructura azucarera, golpeada por la crisis, seguía en pie. Por eso, en la memoria popular, la gestión de Rosales se recuerda como mucho más catastrófica.
2002: el cierre de 71 centrales
El golpe definitivo llegó en 2002, cuando el Gobierno cerró 71 centrales azucareros, casi la mitad de los existentes. Más de un millón de hectáreas de caña pasaron a otros cultivos o a la ganadería, y unos 100.000 trabajadores se vieron afectados directamente. Rosales fue la cara pública de una decisión que, en realidad, respondía a Fidel Castro: había que producir menos y solo donde fuera rentable. Su promesa de que nadie quedaría abandonado ni desempleado todavía se recuerda con amargura.
En los pueblos de central, el cierre significó mucho más que la pérdida de empleos. Cuando la fábrica dejaba de moler se apagaba la vida entera alrededor de la chimenea, del tren cañero y del ruido de la zafra. Hubo cursos y programas de recalificación, pero aquellos pueblos no se recuperaron, y Cuba nunca volvió a producir el azúcar de sus grandes tiempos.
Atribuirle en exclusiva la destrucción de la industria sería, con todo, simplificar. Rosales ejecutó una política decidida desde arriba en un sector que ya se hundía. Su nombre, sin embargo, quedó pegado a ella: para unos fue el administrador que intentó salvar lo salvable; para otros, quien desmontó la columna vertebral de la economía cubana.
El ocaso: moringa, Twitter y el choteo
Con Raúl Castro en la presidencia, Rosales no desapareció. En 2008 asumió el Ministerio de Agricultura, en un país con la mitad de sus tierras cultivables ociosas y que importaba buena parte de lo que comía. Al año siguiente fue nombrado vicepresidente del Consejo de Ministros. En 2011 salió del Buró Político, aunque se mantuvo en el Comité Central: el hombre de confianza seguía en su sitio, cada vez más lejos del centro.
El 3 de septiembre de 2019, una nota oficial anunció que dejaba la vicepresidencia del Gobierno para dedicarse al programa de plantas proteicas concebido por Fidel Castro: moringa, morera, tithonia y otros cultivos pensados sobre todo para alimentar al ganado. La justificación oficial fue que el programa necesitaba un dirigente con demostrada capacidad de dirección. La prensa crítica lo interpretó como una jubilación encubierta, y la calle lo bautizó enseguida como «el general de la moringa». El programa tenía una base agronómica real —su recorrido se cuenta en la historia de la moringa, el «árbol milagroso» de Fidel—, pero el contraste resultaba irresistible: el militar que advirtió a Sudáfrica de una guerra devastadora cerraba su carrera al frente de un plan de forraje.
Ese mismo año, el viejo general descubrió Twitter, y Twitter lo descubrió a él. En febrero escribió que la Constitución de 1940, con sus virtudes y defectos, había sido una carta magna avanzada para su época, un elogio llamativo después de décadas de desprecio oficial hacia todo lo anterior a 1959; los usuarios le recordaron enseguida los derechos que aquel texto reconocía y que luego desaparecieron. Poco después compartió una frase que se volvió viral: «ya pasó la etapa en que éramos los dueños de la noticia». Muchos titulares la presentaron como una confesión propia, aunque citaba a la periodista y profesora Zenaida Costales. En las redes quedó, de todos modos, como el día en que un general admitió el monopolio de la prensa oficial, y una falta de ortografía en el mismo mensaje multiplicó las burlas. En junio, con la escasez de nuevo en el horizonte, evocó el Período Especial para asegurar que, si entonces se pudo, ahora también se podría: el lenguaje de siempre, dirigido ahora a una Cuba conectada que podía responder al instante.
La hija en Florida
El último capítulo no lo protagonizó él. En 2026, una investigación de Martí Noticias afirmó que sus cuatro hijos y algunos de sus nietos habían disfrutado de viajes, viviendas, negocios y empleos fuera del alcance del cubano común. Buena parte de esos detalles procede de fuentes anónimas, del entorno familiar y de las redes sociales, por lo que no todo está probado.
Una parte, sin embargo, sí se confirmó oficialmente. Alina Rosales Aguirreurreta, médica e hija del general, entró en Estados Unidos por Orlando con una visa de turista en noviembre de 2023. Su permiso vencía el 20 de mayo de 2024 y no se marchó. El 26 de mayo de 2026, ICE la detuvo en Florida por permanecer en el país más tiempo del autorizado. Según Martí Noticias, salió de la custodia a principios de junio tras contratar abogados, y su caso migratorio sigue abierto.
Alina no ocupa cargos públicos ni es una figura política, y nadie es responsable de ser hija de quien es. Pero el caso tocó un nervio sensible en la diáspora: la hija de uno de los hombres que durante décadas encarnaron la confrontación con Estados Unidos terminó viviendo en Miami, mientras millones de cubanos no consiguen siquiera una visa.
Un testigo que no ha hablado
Hoy, Ulises Rosales del Toro tiene 84 años. No hay información fiable de que haya muerto ni de que esté arrestado o castigado, como se ha llegado a difundir en redes. Es un general retirado que vive lejos de los focos, sin memorias propias y sin haber hablado nunca en público del caso Ochoa.
Ese silencio quizá sea lo más elocuente de su biografía. Estuvo en la playa de Machurucuto, le dijo a un mariscal soviético que las tropas ya habían partido mientras le reclamaba armamento, advirtió a Sudáfrica de una guerra devastadora, se sentó junto a Raúl antes de la caída de Ochoa y presidió el tribunal que lo degradó. Cerró casi la mitad de los centrales del país y terminó al frente de un plan de moringa. Pocos cubanos han visto tanto desde tan cerca, y casi ninguno ha contado menos. Su vida resume la de la propia Revolución: empezó como guerrillero, se hizo general, pasó a administrador y acabó como símbolo de un sistema que envejeció con él.
