La caída de Fidel en 2004 acabó con el hombre que guardaba sus secretos

Fidel Castro junto a su escolta personal, dirigida por José Castro Delgado.

La tarde del 20 de octubre de 2004, en la plaza Ernesto Che Guevara de Santa Clara, Fidel Castro terminó un largo discurso ante el mausoleo del guerrillero argentino y empezó a bajar de la tribuna. El acto celebraba la graduación del primer contingente de instructores de arte y se transmitía en directo por televisión. Un paso en falso sobre los escalones de granito bastó para que el hombre que había construido buena parte de su autoridad sobre una imagen de fortaleza física casi invulnerable cayera de bruces contra el asfalto, a la vista de todo el país.

Las consecuencias físicas fueron graves: la rodilla izquierda fracturada y una fisura en el húmero derecho, lesiones que obligaron a una operación compleja. Fidel, que tenía entonces 78 años, todavía pidió el micrófono y trató de tranquilizar al público antes de ser evacuado. Pero las imágenes que dieron la vuelta al mundo dejaron otra pregunta en el aire: ¿dónde estaban sus escoltas? Ninguno logró sujetarlo ni amortiguar el golpe.

Aquella caída tuvo un responsable señalado: el general de brigada José Castro Delgado, jefe de la escolta personal de Fidel Castro desde 1987. Para él, el tropiezo de Santa Clara no fue un accidente más. Fue el principio del fin de casi medio siglo de carrera y el comienzo de un largo descenso hacia el olvido.

Un fallo de seguridad convertido en purga

En el mundo de la protección de altos dignatarios, que nadie del primer anillo de seguridad reaccionara a tiempo se interpretó como un fallo grave, no como un simple percance de la edad. La respuesta interna fue inmediata: el grupo operativo de la escolta que estaba en Santa Clara fue detenido de forma cautelar, desarmado y sometido a investigaciones por parte de la Contrainteligencia Militar.

Según el relato que reconstruye su historia, el accidente le ofreció a Raúl Castro la oportunidad que llevaba años esperando para desmontar una facción de la seguridad que le resultaba incómoda. La caída de Delgado empezó precisamente en 2004, tras el tropiezo frente al memorial del Che. Para entender por qué ese hombre tenía enemigos tan poderosos, hay que volver al principio.

Del taller de zapatero a la Seguridad del Estado

José Castro Delgado nació alrededor de 1937 en Manicaragua, en la antigua provincia de Santa Clara, en una familia campesina y muy pobre. De joven era bajo, callado y estaba sin trabajo cuando se mudó a Arroyo Naranjo, en las afueras de La Habana. Vivía en una cabaña sin agua corriente y se ganaba la vida como zapatero remendón en una casona que en el barrio llamaban «el Castillo del Holandés».

Su entrada en la política no tuvo nada de épica. Un primo tabaquero, conocido como «Pilla», lo llevó a la Juventud Socialista, donde su primera tarea clandestina fue repartir octavillas. Tras 1959, la naciente Seguridad del Estado buscaba jóvenes de absoluta confianza, y quienes lo propusieron usaron un argumento que lo definiría para siempre: alguien tan callado y cerrado sería un excelente policía.

El apellido que había que esconder

A medida que ascendía en el Ministerio del Interior surgió un problema peculiar: se apellidaba Castro sin pertenecer a la familia de Birán. En un sistema donde la cercanía de sangre con Fidel y Raúl lo era todo, ese apellido podía alimentar sospechas y rumores de nepotismo. La solución fue suprimirlo de su identidad pública. Durante décadas fue simplemente «el coronel Delgado» o, en la jerga de la tropa, «Joseíto». Esa práctica de ocultar identidades, heredada de los métodos de la KGB y la Stasi, hizo que prensa extranjera, biógrafos e incluso la CIA lo identificaran durante años de forma errónea o incompleta.

El jefe que sus hombres despreciaban

En 1987 sustituyó a Domingo Mainet al frente de la escolta de Fidel. La versión oficial lo presentó como un modelo de lealtad y lo cubrió de condecoraciones, entre ellas las distinciones Olo Pantoja y Eliseo Reyes, reservadas a la élite de la inteligencia.

Quienes trabajaban a sus órdenes lo veían de otra manera. Juan Reinaldo Sánchez, exteniente coronel experto en artes marciales que fue guardaespaldas de Fidel durante 17 años, dejó en sus memorias, La vida oculta de Fidel Castro, un retrato demoledor. Lo llamó «el más incapaz de los jefes» y lo describió como «incompetente, intrigante, cobarde, estúpido» y envidioso. Según él, bajo su mando el buen ambiente de la escolta se deterioró de forma notable. Otro exescolta, Carlos Calvo, sostuvo que Delgado no era buena persona y que estaba dispuesto a pasar por encima de sus compañeros para ganarse la confianza de Castro.

Desde esa óptica, la célebre invulnerabilidad del Comandante no se debía al talento de su jefe de seguridad, sino al entrenamiento de los escalones inferiores de la escolta y a la propia desconfianza de Fidel, que muchas veces decidía sus rutas y actuaba en la práctica como su propio jefe de seguridad.

El guardián de la doble vida del Comandante

Si sus subordinados lo consideraban tan inepto, ¿por qué se mantuvo casi dos décadas en el cargo? La respuesta que ofrece su historia es que su verdadero oficio no era proteger a Fidel de las balas, sino administrar el silencio. Delgado custodiaba la gran contradicción del poder cubano: el sacrificio que se exigía al pueblo frente al lujo en que vivía la cúpula.

Bajo sus órdenes, la Dirección de Seguridad Personal protegía un patrimonio tratado como secreto de Estado: más de veinte residencias, fincas de caza y embarcaderos repartidos por la isla. Entre ellos destacaba el Aquarama II, un yate de lujo guardado en La Caleta del Rosario y capaz de alcanzar 42 nudos, y Cayo Piedra, un islote de uso exclusivo del líder con delfinario, criadero de tortugas, helipuerto y defensas antiaéreas. También le tocaba mantener fuera del foco a Dalia Soto del Valle, la esposa de Fidel, y a sus cinco hijos. Más que un guardaespaldas, era el administrador de la vida privada del Comandante.

La sombra de Fidel en la Causa 1

Su poder se hizo más visible y más inquietante en el verano de 1989, durante el juicio de la Causa 1, que terminó con el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, Héroe de la República. En la Sala Universal del MINFAR, con los acusados desarmados y bajo fuerte custodia, su presencia no respondía a ninguna necesidad de seguridad.

Vestido con un uniforme poco habitual y los grados bordados en negro, Delgado se dejaba ver por el flanco derecho del tribunal y observaba con detenimiento a los 47 generales y almirantes que actuaban como jueces. Era el recordatorio silencioso de que Fidel seguía el proceso en tiempo real desde una sala contigua. De vez en cuando entraba con notas manuscritas del líder y las entregaba directamente al presidente del tribunal, lo que, en la práctica, anulaba cualquier independencia judicial.

Sánchez relata un episodio todavía más sombrío. Tras la ejecución, Delgado lo mandó llamar y le entregó un sobre con una cinta Betamax que contenía la grabación del fusilamiento de Ochoa. La orden fue llevarla a la residencia de Dalia Soto del Valle: era, según sus palabras, «una película para el Jefe», pensada para que la vieran otros altos mandos. La muerte de un héroe convertida en escarmiento.

Espía del propio poder

Después de 1989, la escolta funcionó cada vez más como una agencia de vigilancia interna. Delgado mantenía a Fidel informado sobre las debilidades y la fiabilidad política de sus propios generales, y su objetivo más delicado era Raúl Castro. Tras ratificar la condena a muerte de su amigo Ochoa, el ministro de las Fuerzas Armadas atravesó una profunda crisis. Cuando Vilma Espín alertó sobre el estado de su marido al coronel Fonseca, jefe de la seguridad de Raúl, este lo compartió con Delgado, que hizo llegar a Fidel informes diarios sobre episodios de llanto, crisis nerviosas y embriaguez del ministro. Esa intermediación llevó a Fidel a reprender duramente a su hermano. Es fácil entender por qué Raúl no olvidaría aquel papel.

Su vigilancia, sin embargo, también tuvo fallos ante la propia familia. En 1993, cuando se supo que Alina, la hija de Fidel, planeaba salir de Cuba, el Comandante ordenó a Delgado impedirlo. A finales de ese mismo año, ella logró escapar disfrazada.

La venganza contra Juan Reinaldo Sánchez

Hacia dentro, Delgado fue implacable con sus propios hombres. Sánchez, preparador físico de la escolta, tenía gran influencia: decidía qué soldados participaban en los codiciados viajes al extranjero. Según su testimonio, eso despertaba la envidia de su jefe. En 1994, Delgado lo citó en su despacho, lo interrogó sobre los planes de su hermano de irse de Cuba y le comunicó que, con un hermano balsero y una hija en Venezuela, no podía seguir en el primer anillo de seguridad.

Poco después, Sánchez fue arrestado e internado en la prisión de Cien y Aldabó, acusado de planear su propia fuga. Desde allí llegó a la convicción de que Fidel había sido «inducido a error» por Delgado y por la Contrainteligencia Militar.

La «muerte cívica» del general Delgado

Con la caída de Santa Clara, el viejo resentimiento encontró su ocasión. Delgado fue apartado de la jefatura y se le prohibió acercarse a Fidel bajo cualquier circunstancia. El castigo alcanzó también a su hijo, jefe de Contrainteligencia de la propia Seguridad Personal, que fue degradado y expulsado después de quejarse de la ingratitud del sistema.

Conservó el grado de general de brigada de la reserva, un formalismo que lo mantenía bajo la jurisdicción militar y en silencio, pero su vida se redujo al aislamiento. Tras 49 años de servicio, según Carlos Calvo, terminó viviendo en una casa deteriorada y dependiendo de la «cantina» estatal que le llevaba la comida cada día. El hombre que había custodiado las despensas, los yates y el whisky del Comandante perdió poco a poco la memoria y la lucidez, y pasó sus últimos días en un sanatorio, abandonado, como denunció su antiguo subordinado.

Murió el 18 de octubre de 2023, a los 86 años. No hubo honras de Estado, ni velatorio televisado, ni guardia de honor: su cuerpo fue cremado por decisión familiar. La prensa oficial publicó una breve nota necrológica que repasaba sus medallas y omitía su destitución y su abandono.

La lección del círculo más cercano

La trayectoria de José Castro Delgado recorre todo el arco del poder en Cuba: un joven zapatero sin recursos que llegó a ser la sombra del hombre más poderoso del país, testigo y operador de sus secretos, y que acabó triturado por la misma maquinaria de control que ayudó a sostener durante casi medio siglo. Su historia se suma a la de otros hombres del aparato, como el exministro José Abrantes, que conocieron de cerca ese mecanismo.

La cercanía al líder funcionaba como una lente de aumento: multiplicaba la influencia de quien la tenía, pero bastaba un error, incluso un simple tropiezo ajeno en unas escaleras, para que esa misma lente lo consumiera. Mientras otros guardianes del poder, como Emir Mesa Corona junto a Raúl Castro, siguen en la sombra, el final de Delgado recuerda lo frágil que es la confianza en los círculos herméticos del poder absoluto.

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