Gallego Fernández: el oficial de Batista que mandó en Girón
La tarde del 19 de abril de 1961, en la arena de Playa Girón, un comandante cubano tuvo que tomar en segundos una decisión que podía cambiar el rumbo de la Guerra Fría. Frente a la costa habían aparecido dos destructores de la Marina de Estados Unidos. Sus hombres tenían los cañones listos y los tanques apuntando al mar, y le preguntaron si disparaban contra los barcos. Su respuesta fue no.
Aquel comandante era José Ramón Fernández Álvarez, conocido en toda Cuba como el Gallego Fernández. Y su biografía está llena de contradicciones: el militar que defendía a Fidel Castro aquella tarde había servido en el ejército de Batista, se había formado como artillero en una base militar estadounidense y conocía de cerca a los dos jefes de la brigada invasora, porque habían sido alumnos suyos. Durante seis décadas estuvo junto al poder sin haber pisado nunca la Sierra Maestra como combatiente.
Cinco segundos para elegir entre un central azucarero y la Revolución
El 12 de enero de 1959, con Batista huido hacía menos de dos semanas, Fidel Castro reunió a un grupo de oficiales que habían estado presos por conspirar contra el dictador. Había que repartir tareas en el nuevo ejército, y al Gallego le asignaron la dirección de la Escuela de Cadetes.
Él tenía otra idea. Le habían ofrecido administrar un central azucarero con un sueldo de unos 1.100 pesos mensuales, una cantidad muy alta para la Cuba de entonces. Pidió hablar a solas con Fidel y le explicó que no se consideraba protagonista de la victoria: quienes habían ganado la guerra, le dijo, eran los barbudos del Ejército Rebelde.
Según relató el propio Fernández décadas más tarde, Fidel le preguntó cuánto iba a cobrar, admitió que el ejército no podía igualar esa cifra y, tras unos pasos en silencio, le dijo algo parecido a esto: si él se iba al central, Fidel se iría a escribir un libro sobre la Sierra Maestra y la Revolución podía irse al carajo. El Gallego aseguró que se decidió en cinco segundos y que dos horas después ya estaba en la escuela.
La anécdota retrata un método. Fidel transformaba una elección laboral en una prueba de lealtad: quien se marchaba no cambiaba de empleo, abandonaba la Revolución. Y deja una ironía difícil de pasar por alto: el hombre que acabaría siendo presentado como modelo de fidelidad empezó su etapa posterior a Batista pensando en un puesto mejor pagado y lejos de los cuarteles.
Un santiaguero hijo de asturianos con formación en Oklahoma
José Ramón Fernández nació en Santiago de Cuba el 4 de noviembre de 1923. Su padre era de Morcín, un pueblo asturiano próximo a Oviedo, y su madre, de la propia Oviedo. El apodo responde a la costumbre cubana de llamar gallego a cualquier español o hijo de españoles: el Gallego Fernández no era gallego ni español, sino santiaguero de nacimiento.
Estudió en el colegio de los Hermanos de La Salle de Santiago, el mismo por el que había pasado Fidel Castro. Aunque era mayor, entró un año después que él y no llegaron a coincidir, pero contaba que entre los alumnos aún circulaban historias de aquel muchacho rebelde que se enfrentaba a los curas.
A Fernández le atraía justo lo contrario: el orden, la disciplina y el uniforme. Ingresó en el ejército como soldado raso con apenas 16 años, se graduó en la Escuela de Cadetes en 1947 como artillero y, en los años cincuenta, completó cursos en Fort Sill, Oklahoma, uno de los grandes centros de artillería del Ejército de Estados Unidos. Más tarde fue profesor en la academia militar cubana, donde, según contó en varias entrevistas, tuvo como cadetes a José Pérez San Román y a Erneido Oliva.
La conspiración de los Puros y la cárcel de Isla de Pinos
El golpe de Estado de Batista del 10 de marzo de 1952 generó malestar entre oficiales jóvenes y profesionales que rechazaban la corrupción y el uso del ejército como herramienta de un solo hombre. El Gallego era uno de ellos, y en abril de 1956 quedó implicado en la llamada conspiración de los Puros, encabezada por el coronel Ramón Barquín.
Conviene subrayarlo: aquel movimiento no tenía relación con Fidel ni con el Movimiento 26 de Julio. Era una conspiración nacida dentro de los cuarteles, y fracasó. Tras ser descubierta hubo consejo de guerra, y Fernández terminó en el Presidio Modelo de Isla de Pinos, donde permaneció hasta enero de 1959.
De esos años dejó dos relatos. En el primero, un coronel batistiano de apellido Casillas le ofreció volver al ejército con el grado de coronel si se desvinculaba de la conspiración; él la rechazó y, cuando el otro insinuó que le habían lavado el cerebro, le respondió que el manipulado era él. En el segundo, aseguró que como castigo lo mantuvieron cerca de un mes sin ropa ni zapatos, en una celda cuya puerta habían cerrado con tornillos. Ambas historias se conocen únicamente por su testimonio.
Lo que sí parece claro es que la prisión lo transformó. Allí conoció a Armando Hart y a otros presos del 26 de Julio, les impartía instrucción militar sin armas y, según su versión, comenzó a discutir de marxismo.
El contraste con Barquín es revelador. Ambos salieron libres con la Revolución, pero sus caminos se separaron enseguida: Barquín rompió con el nuevo poder y se exilió, mientras el Gallego acabó en la cúpula del Partido Comunista. Dos militares que se rebelaron contra el mismo dictador y compartieron cárcel terminaron en bandos opuestos, prueba de que no todos los que combatieron a Batista perseguían lo mismo.
La caída del régimen llegó a Isla de Pinos a través de un pequeño radio escondido. Según contó Fernández, pocos días después participó en la detención del general Eulogio Cantillo, uno de los últimos jefes militares del batistato: el preso convertido en captor del general.
Girón: llamadas constantes, un mapa equivocado y una maniobra fallida
Pasada la medianoche del 16 de abril de 1961 sonó el teléfono en la Escuela de Cadetes de Managua, en las afueras de La Habana. Era Fidel: había un desembarco y Fernández debía salir de inmediato hacia Matanzas.
No estaba preparado. Tenía que vestirse, reunir a sus oficiales, localizar al chofer y sacar los mapas de un local cerrado con llave. Mientras tanto, Fidel volvió a llamar para preguntar por qué no había salido, y volvió a hacerlo después. En Matanzas lo esperaba otra llamada; en Jovellanos, otra más. Y en el central Australia, donde instaló su puesto de mando, Fidel ya había ordenado tender una línea directa en la oficina del administrador. Fernández lo contaba como una virtud del líder, pero admite otra lectura: ni siquiera un militar profesional tenía margen para actuar sin supervisión constante.
Hubo también un episodio casi cómico. Fidel le ordenaba una y otra vez tomar Pálpite, un caserío clave en el camino hacia Playa Larga, y el Gallego no lo encontraba en su mapa, donde el lugar aparecía mal escrito como Párrite. Él mismo reconoció que no conocía bien la zona y que fue Fidel quien tuvo que explicarle de qué punto se trataba. Cuando por fin lo tomaron, Fidel proclamó que ya habían ganado la guerra, y Fernández admitió años después que en ese momento ni siquiera entendía por qué aquel lugar era tan importante. Nada indica que el error alterara el resultado, pero desmiente la imagen de una guerra dirigida por hombres infalibles.
Esa misma noche Fidel se presentó en Pálpite, a menos de cuatro kilómetros del enemigo y con la artillería cayendo cerca. Se negó, molesto, a retirarse cuando se lo pidieron. La versión oficial lo convirtió en prueba de valentía; la otra cara es que un solo proyectil en el sitio equivocado habría dejado a la Revolución sin su jefe.
Fernández reconoció además algo que los relatos oficiales suelen omitir. Fidel había ordenado dividir a los invasores en tres bolsas para aislarlos, y esa maniobra no se logró. En una entrevista con el periodista Ciro Bianchi Ross, el Gallego admitió que no salió y que Girón pudo haberse tomado antes.
La decisión de no disparar a los destructores
El 19 de abril, Fernández observó desde la costa cómo se acercaban dos destructores estadounidenses y cómo iban y venían botes entre los barcos y la playa. Temió lo peor —refuerzos, un segundo desembarco— y envió un mensaje urgente a Fidel pidiendo un batallón de infantería y otro de tanques.
Fidel, desde otro punto, interpretó la escena al revés: los invasores no llegaban, intentaban escapar, y había que atraparlos. Era una retirada. Años después, el Gallego confesó que aquel mensaje le abochornaba.
Pero en ese mismo momento tomó la decisión más trascendente de su carrera militar. Algunos de sus hombres querían abrir fuego contra los destructores; él ordenó apuntar a los botes y no a los buques, consciente de que atacar un barco de guerra de Estados Unidos podía convertir la batalla en un conflicto mucho mayor. Reconoció que no fue fácil, porque había quien podía interpretarlo como debilidad, y lo resumió con una frase propia: nadie sabe cuánta es la soledad de un jefe en un momento así. Qué habría ocurrido si hubieran disparado es algo que nadie puede saber.
Esa tarde cayó Playa Girón. Según las cifras que él mismo ofreció, el bando cubano tuvo 176 muertos y más de 300 heridos. De la brigada invasora, cuatro de cada cinco hombres acabaron presos.
Maestro y alumno, frente a frente
El 23 de abril fue capturado Erneido Oliva, segundo jefe de la brigada. Según una reconstrucción de Martí Noticias basada en testimonios de veteranos de la brigada, Fernández interrogó a su antiguo alumno y le preguntó qué había venido a buscar a Cuba. Oliva respondió que había venido a combatir el comunismo. Maestro y discípulo, cara a cara, cada uno convencido de que el traidor era el otro.
El mismo relato incluye una escena con el Che Guevara, que preguntó a Oliva si había tenido miedo a morir. El prisionero contestó, con calma, que el único miedo de su vida lo había pasado cuando un dentista le sacó cuatro dientes. Son recuerdos de los participantes, sin grabaciones que los respalden.
Un artillero al frente de la educación cubana
Tras Girón, aquel antiguo oficial de Batista ya no tenía nada que demostrar. Fue viceministro de las Fuerzas Armadas bajo Raúl Castro y miembro del Comité Central desde la fundación del Partido en 1965. En 1972 recibió un encargo sin relación con los cañones: el Ministerio de Educación, que dirigió entre 1972 y 1976 y de nuevo entre 1984 y 1990.
Su esposa, Asela de los Santos, tenía trayectoria propia: revolucionaria santiaguera, compañera de Frank País y de Vilma Espín, ocupó también cargos de máxima responsabilidad en ese mismo ministerio. Que un matrimonio compartiera casa, militancia y la conducción de la educación del país no prueba ninguna irregularidad, pero sí ilustra lo cerrado que era el círculo del poder.
Fueron los años de las escuelas en el campo y las becas. Para el Gobierno, eran la fórmula para unir estudio y trabajo; para muchas familias, significaron hijos lejos de casa, adoctrinamiento, mala alimentación y albergues que a veces se caían a pedazos.
El escritor José Prats Sariol publicó en 2008 un retrato muy crítico del Gallego. Relató que, con su llegada, en el ministerio se impuso un seco «¡Ordene!» como saludo, al estilo de una academia militar, y afirmó que le constaba personalmente su aversión a las melenas y a los Beatles. Lo acusó, además, de aplicar en las escuelas los acuerdos del Congreso de Educación y Cultura de 1971, incluida la expulsión de homosexuales, y de apartar a pedagogos reconocidos como Raúl Ferrer o Abel Prieto, padre del futuro ministro de Cultura. Son afirmaciones de Prats Sariol, y no hay forma de establecer qué decisiones firmó Fernández personalmente y cuáles procedían de instancias superiores o de funcionarios intermedios.
La escuela de San Antonio de los Baños
Un testimonio de Waldo Acebo Meireles resume esa época. A mediados de los setenta, en San Antonio de los Baños, una secundaria en el campo llevaba el nombre de un joven del pueblo muerto en Angola. Invitaron a su madre a visitarla; fue buscando consuelo y regresó destrozada. Tanto, que escribió al ministro Fernández para pedirle que retiraran el nombre de su hijo de aquel centro.
El ministro envió una comisión, y Acebo formó parte de ella. Lo que describe es difícil de creer: de unos 500 alumnos previstos no había ni la mitad; un grupo de cuatro o cinco estudiantes mayores se había apropiado del cuarto de los choferes, no asistía a clases ni al trabajo agrícola y se hacía servir por los demás. En los albergues se cocinaba en fogatas con las literas alrededor del fuego, faltaban ventanas e interruptores, la comida se desperdiciaba y los campesinos de la zona se la daban a los cerdos. En el almacén apareció un televisor a color, en una escuela donde los muchachos no tenían ni uno en blanco y negro.
Cuando Acebo exigió desmantelar el cuarto de los choferes, los alumnos mayores arrojaron una litera desde un cuarto piso, que cayó a poco más de diez metros de él. Según su relato, la escuela fue clausurada y los estudiantes, repartidos en otras becas. Al Gallego cabe reconocerle que ordenó inspeccionar en lugar de encubrir el problema, aunque todo ocurría dentro del sistema que él dirigía.
Más de 30 años de vicepresidente y el regreso a los 84
Su influencia siguió creciendo. En 1978 fue nombrado vicepresidente del Consejo de Ministros, cargo que conservó hasta 2012. En abril de 2008, con la educación en plena crisis, Raúl Castro volvió a recurrir a él para supervisar todo el sistema educativo —de la primaria a la universidad—, además del deporte y la enseñanza militar. Tenía 84 años. Prats Sariol lo describió con una palabra elocuente: lo habían desempolvado, y lo interpretó como señal de que Raúl solo confiaba en su vieja guardia.
El deporte fue otro de sus frentes. Presidió la organización de los Juegos Centroamericanos de La Habana en 1982 y la de los Panamericanos de 1991, en los que Cuba superó a Estados Unidos en oros —140 frente a 130— justo cuando el país comenzaba a hundirse en el Período Especial. Desde 1997 y durante más de dos décadas encabezó el Comité Olímpico Cubano, un terreno en el que la política nunca estuvo lejos, como muestra la historia de Antonio Becali, el hombre que dirigió el deporte cubano.
El general comunista amigo de Manuel Fraga
Quizá la faceta más sorprendente del Gallego sea la española. Fue amigo personal de Manuel Fraga, exministro de Franco y figura destacada de la derecha española. En septiembre de 1991, según contó El País, cuando Fraga aterrizó de madrugada en La Habana tras un vuelo accidentado, lo esperaban Fidel Castro y el propio Fernández, hacia las dos de la mañana, en una visita a Cuba que marcó la relación entre Fidel y Fraga.
En 1994, de visita en Galicia, llegó a declarar públicamente que lo mejor para los gallegos era seguir respaldando a Fraga: un vicepresidente del Gobierno comunista cubano haciendo campaña por la derecha española. Detrás había negocios, inversión gallega y miles de familias con raíces a ambos lados del Atlántico. Cuando a La Habana le convenía, el Gallego se sentaba con quien hiciera falta.
Cuarenta años después, la mano tendida a los invasores
En marzo de 2001, al cumplirse cuatro décadas de la invasión, La Habana acogió una conferencia histórica sobre Bahía de Cochinos. Asistieron Fidel Castro, veteranos de la Brigada 2506 como Alfredo Durán e incluso Jean Kennedy Smith, hermana del presidente Kennedy. El hombre que durante cuarenta años había llamado mercenarios a los invasores les estrechó la mano y escuchó cómo defendían que también ellos habían luchado por su país. No fue una reconciliación, pero en Cuba nunca se había visto nada parecido.
Un libro de memorias y una ironía final
En sus últimos años terminó unas memorias de título revelador, Un hombre afortunado, con prólogo de Raúl Castro. La idea era presentarlas el día de su 95 cumpleaños, el 4 de noviembre de 2018, pero, según contó José Ramón Machado Ventura en sus honras fúnebres, Fernández, ya enfermo, se negó por considerarlo demasiado pretencioso. El libro vio la luz en febrero de 2019, en la Feria del Libro de La Habana. Entre los oradores estuvo Abel Prieto, exministro de Cultura e hijo de aquel pedagogo que, según Prats Sariol, el Gallego había apartado, y que lo elogió como figura histórica. Eso no desmiente la acusación, pero muestra cómo se construye la memoria oficial.
Fernández no llegó a ver esa presentación. Murió en La Habana el 6 de enero de 2019, a los 95 años, sin que la prensa oficial informara de la causa. Sus restos fueron cremados y sus cenizas trasladadas al Mausoleo del Segundo Frente Oriental Frank País, en las montañas de Santiago de Cuba, donde descansan los guerrilleros de Raúl Castro. Así se cerraba la vida de otro miembro de la vieja guardia, la misma de la que forman parte nombres como Ramiro Valdés o Guillermo García Frías.
Ahí reside la mayor ironía de su vida: el hombre que nunca combatió en la Sierra, que vistió el uniforme de Batista y aprendió artillería en Oklahoma, terminó sepultado entre los guerrilleros, como uno más de ellos.
Asela de los Santos murió un año después, el 23 de enero de 2020, y pidió descansar junto a él y junto a Vilma Espín. Apenas una semana más tarde, el 30 de enero de 2020, murió en Maryland Erneido Oliva, el alumno que se había enfrentado a su maestro en Girón y que en el exilio llegó a general de la Guardia Nacional de Estados Unidos.
Maestro y discípulo se marcharon con apenas un año de diferencia, cada uno a un lado del estrecho de la Florida y cada uno convencido hasta el final de tener la razón. La trayectoria del Gallego Fernández deja abierta una pregunta que su biografía oficial nunca formula: si fue un militar leal que actuó según su conciencia o una pieza más de un sistema que no toleraba a quien pensara distinto. Su vida ofrece argumentos para sostener las dos respuestas.
