Hassan Pérez Casabona, el Talibán de Fidel: ascenso, purga y regreso
A comienzos de los años 2000 no había en Cuba un dirigente joven con más visibilidad que Hassan Pérez Casabona. Salía casi a diario en la televisión nacional, encabezaba actos multitudinarios frente al Malecón y contaba con el favor personal de Fidel Castro. Buena parte del país, entre el temor y la burla, le puso un apodo que lo acompañaría siempre: «El Talibán». En septiembre de 2008, una nota breve en la prensa oficial lo apartó de su cargo y su voz desapareció de la vida pública durante más de una década.
Su trayectoria, del ascenso fulgurante al ostracismo y del ostracismo a una discreta reconversión académica, es mucho más que la biografía de un dirigente caído. Sirve para entender cómo el poder en Cuba fabrica a sus figuras, cómo las aparta cuando dejan de ser útiles y cómo, si aceptan el castigo en silencio, vuelve a darles un lugar.
Un niño de Jovellanos en pleno Período Especial
Hassan Pérez nació en Jovellanos, en la provincia de Matanzas. Según el testimonio de antiguos compañeros de la escuela primaria, era un niño brillante, pero creció bajo un padre que vivía el comunismo como una disciplina doméstica casi militar. Esa educación, sostienen quienes lo conocieron, moldeó pronto una personalidad que confundía lealtad con obediencia.
Su adolescencia coincidió con el desplome de la Unión Soviética y el fin de los subsidios que mantenían la economía de la isla. Fábricas paradas, transporte colapsado, hambre en las casas. Una compañera del preuniversitario «Manolito Aguiar», en La Habana, lo recuerda como un muchacho «súper pobre», que iba a clase con unas zapatillas viejas y gastadas. Esa carencia, apuntan algunos testimonios, alimentó una ambición que años después se traduciría en privilegios impensables para el cubano común.
Impopular en la universidad, elegido «a dedo»
En la Universidad de La Habana, lejos de ser un líder querido, Hassan tenía fama de pesado e impopular. Cuando muchos becados recurrían a pequeñas ventas «ilícitas» de comida o ropa para sobrevivir, él los amenazaba con denunciarlos ante las autoridades. Un exestudiante de aquella época lo describe como el vigilante del hambre ajena.
Esa falta de apoyo quedó clara en las urnas. Se presentó a la presidencia de su facultad y perdió por amplio margen. Según los testimonios, no lo aceptó y llegó a acusar al ganador de tener «aspiraciones personales», un reproche grave en el lenguaje del comunismo cubano.
Fue entonces cuando intervino el aparato. La Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) vio en él justo lo que buscaba —ortodoxia sin fisuras y pocos escrúpulos— y lo colocó por encima de la voluntad estudiantil como presidente de toda la universidad. Su liderazgo nacía así de una designación, no del respaldo de sus compañeros.
Ya entonces circulaban anécdotas que retrataban sus contradicciones. En 1998, durante el Festival de la Juventud y los Estudiantes en Lisboa, unos músicos cubanos lo sorprendieron vendiendo libros de Fidel Castro en mercadillos callejeros para conseguir divisas. Cuando, de regreso en la delegación, lo llamaron en broma «candonguero», convocó una reunión solemne para reprenderlos por faltarle al respeto. Los artistas acabaron riéndose de él.
Elián González y la Batalla de Ideas: el trampolín
¿Por qué apostó el Estado por un personaje tan poco querido? La respuesta está en el momento histórico. A finales de los noventa, la juventud cubana, golpeada por las privaciones y obligada a sobrevivir en una economía que empezaba a dolarizarse, mostraba un desapego ideológico evidente. La épica de la Sierra Maestra, la Crisis de Octubre o Angola le sonaba ajena. Fidel Castro necesitaba reavivar el fervor de 1959, y para eso necesitaba una nueva causa y nuevos soldados.
La causa llegó a finales de 1999 con la disputa por la custodia del niño balsero Elián González, que dominó todo el año 2000. La propaganda oficial convirtió un drama migratorio y familiar en una cuestión de orgullo nacional. Hubo marchas diarias, cientos de miles de personas movilizadas y un país en agitación permanente. Fidel Castro lanzó la llamada Batalla de Ideas, un proyecto con el que prometía hacer de Cuba «el país más culto del mundo».
En ese clima, Hassan Pérez se convirtió en el orador más vehemente de la recién construida Tribuna Antimperialista José Martí, levantada frente a la entonces Sección de Intereses de Estados Unidos, en el Malecón habanero. Su oratoria no era reflexiva: imitaba las cadencias, la intensidad y el absolutismo moral de un Fidel joven.
La recompensa fue inmediata. Llegó a presidir la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), fue nombrado segundo secretario del Comité Nacional de la UJC —la cantera del Partido Comunista— y obtuvo un escaño de diputado en la Asamblea Nacional. Con poco más de veinte años, se había convertido en uno de los dirigentes juveniles con más poder del país. Analistas y diplomáticos extranjeros lo veían como un «delfín» de Castro y una pieza clave del relevo generacional.
Por qué lo llamaban «El Talibán»
El apodo no salió de un disidente aislado, sino de una percepción colectiva, muy extendida en las facultades y en los círculos intelectuales de La Habana. Se apoyaba en tres rasgos.
Un discurso sin matices
Sus discursos presentaban la política como una guerra entre los defensores de la Revolución y los «lacayos del imperialismo», sin espacio para el debate. En 2003 acuñó una frase que resumía su postura: «Ser revolucionario no es un título, es una actitud». Pero ese afán dogmático lo llevaba a veces al ridículo. En un acto en Venezuela, ante un público internacional, llegó a afirmar a gritos que internet era «un engendro del diablo». Según los presentes, la respuesta fue un sonoro abucheo.
Una estética de soldado
Solía subir a la tribuna con la cabeza rapada, hablaba a un volumen y una velocidad que parecían una ráfaga y acompañaba cada frase con una gesticulación agresiva. En los años posteriores al 11 de septiembre de 2001, el imaginario popular asoció de inmediato esa imagen de fanatismo disciplinado con los movimientos extremistas que llenaban los telediarios.
Mano dura en las universidades
El tercer rasgo fue el que más miedo y más enemigos le generó. Al frente de la FEU y la UJC, su gestión no se recuerda por mejorar los comedores ni por fomentar el debate académico, sino por la intolerancia hacia cualquier desviación. Muchos cubanos, hoy en el exilio o en el exilio interno, lo asocian con purgas ideológicas y con la organización de mítines de repudio contra profesores y alumnos con inquietudes reformistas o intención de emigrar. Bajo su mando se impuso la consigna de que «la universidad es solo para los revolucionarios».
Algunos testimonios van más allá. Una exalumna de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) asegura que fue expulsada por ser cristiana y enviar correos con contenido religioso, y que Hassan Pérez estuvo presente en el proceso disciplinario. Otros relatos lo sitúan en las Brigadas de Respuesta Rápida y en agresiones a opositores pacíficos, como el activista René Montes de Oca, en el Malecón y en la Estación Nacional de Ómnibus.
La doble moral del dirigente
El rechazo que despertaba no se explicaba solo por su radicalismo, sino por el contraste entre lo que pedía y cómo vivía. Mientras exigía a los jóvenes sacrificio y austeridad, diversos testimonios lo describen disfrutando de privilegios propios de la élite:
- Varadero. Un extrabajador de la cadena Superclubs asegura haberlo visto entre 2002 y 2003, con ropa deportiva de marca y en compañía de su familia, en el hotel Breezes de Varadero, en una época en que los cubanos tenían prohibido alojarse en los hoteles turísticos.
- Jovellanos. Un vecino de su pueblo natal cuenta que lo vio llegar a casa de sus padres en un coche oficial, del que él y sus escoltas descargaron enormes bolsas de comida, mientras el pueblo pasaba hambre.
- El béisbol. Otro testimonio relata que se presentó en un parque con un vehículo de la UJC cargado de material de béisbol de marcas internacionales, nuevo, para impresionar a sus amigos de la infancia y a una novia.
- Santa Clara. En una visita oficial a la universidad de esa ciudad, según testigos, pidió una merienda de «primera categoría» —jamón, queso y refrescos de lata— para él y su séquito, mientras al resto se le repartían raciones de segunda y tercera.
Para las necesidades de Fidel Castro durante la Batalla de Ideas, sin embargo, ese perfil era perfecto. La movilización permanente exigía una sociedad polarizada y en tensión, y Hassan era el látigo que la mantenía así.
2008: Raúl Castro cambia las reglas
Todo cambió con la enfermedad de Fidel Castro en 2006 y el traspaso del poder, primero provisional y luego definitivo, a su hermano Raúl. El nuevo mando tenía otra manera de entender el poder: frente al carisma, la tribuna y la movilización constante del fidelismo, Raúl prefería la institucionalidad rígida, el secreto, la disciplina militar sin estridencias y una reforma económica orientada a la eficiencia, con especial peso de GAESA, el conglomerado empresarial de las Fuerzas Armadas.
En ese esquema, los cuadros forjados en la Batalla de Ideas se convirtieron en un estorbo. Figuras como Hassan Pérez, Otto Rivero o Carlos Valenciaga eran vistas por el nuevo poder como demasiado radicales, poco eficaces y dogmáticas. Un dirigente que asustaba a los intelectuales y espantaba a posibles inversores extranjeros era un activo tóxico. El Gobierno necesitaba silencio para sus reformas, no consignas. Y las purgas universitarias le habían dejado a Hassan muchos enemigos silenciosos dentro de la propia burocracia.
El 2 de septiembre de 2008, en una reunión del Buró Nacional de la UJC presidida por José Ramón Machado Ventura, se formalizó su salida. El diario Juventud Rebelde publicó después una nota escueta que hablaba de una «lógica renovación de los cuadros», el eufemismo habitual para encubrir una caída política. Su sustituta fue Liudmila Álamo Dueñas, una dirigente de provincia. Medios independientes como CubaNet, que tituló su crónica «Chao chao, Hassan», leyeron la decisión como un apartamiento en toda regla.
El «Plan Pijama» y la reconversión
A diferencia de las purgas estalinistas, el poder cubano contemporáneo evita los juicios públicos y las condenas humillantes. Con Hassan se aplicó un mecanismo más silencioso: no fue expulsado del Partido, lo que habría generado preguntas, sino retirado de la escena. En Cuba se conoce como «Plan Pijama»: en cuestión de horas, el dirigente pierde coche, casa, oficina y tribunas, pero no se le da motivo para convertirse en mártir ni para acercarse a la disidencia. El hombre que hablaba a diario ante millones no volvió a intervenir en público en más de diez años.
Su caída, sin embargo, no supuso su abandono. La misma nota oficial anunciaba que empezaría a trabajar como profesor en una institución universitaria del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR), que resultó ser el Instituto Técnico Militar «José Martí». Fue una especie de cuarentena política bajo supervisión castrense, en la que impartía formación ideológica a oficiales mientras acumulaba títulos: una maestría en Seguridad y Defensa Nacional en el Colegio de Defensa Nacional (CODEN) y, más tarde, el doctorado en Ciencias Históricas por la Universidad de La Habana. Años después, CubaNet anunciaba que «El Talibán ha vuelto».
El agitador de cabeza rapada reapareció con traje y corbata y un lenguaje pausado y técnico. Había dejado de ser un movilizador de calle para convertirse en lo que el filósofo Antonio Gramsci llamaba un «intelectual orgánico»: profesor titular e investigador del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU) de la Universidad de La Habana, miembro de la Academia de la Historia de Cuba y participante en foros académicos internacionales como LASA.
Bolivia: asesor de la guardia de Evo Morales
Su regreso a la luz pública llegó lejos de Cuba. En 2018 se conoció su presencia oficial en Bolivia, lo que dejó ver una práctica de la política exterior de La Habana: utilizar a cuadros caídos en desgracia, pero formados en seguridad y lucha ideológica, como asesores en países aliados del ALBA. Según CubaNet, ejercía como asesor político y de la guardia presidencial.
Su tarea consistía en impartir cursos sobre la «injerencia de Estados Unidos» a la Unidad de Seguridad Presidencial, el cuerpo de élite encargado de proteger a Evo Morales. Como recogió el diario boliviano Página Siete, en un texto republicado por eju.tv, algunos oficiales criticaron aquellas clases como adoctrinamiento. El objetivo de La Habana era asegurar la lealtad ideológica de unas fuerzas armadas que siempre consideró poco fiables.
El punto culminante fue la presentación de su libro El dedo en la llaga: breve aproximación a la injerencia de Estados Unidos en América Latina y el Caribe desde la geopolítica y la seguridad nacional (1945-2019), en un acto en la Casa del Pueblo, en La Paz, organizado por la Escuela de Gestión Pública Plurinacional y con la cúpula cívico-militar boliviana en primera fila. Evo Morales elogió la obra y la situó, como informó Diario de Cuba, entre las lecturas de referencia para enseñar «doctrina nacionalista» a las fuerzas de seguridad, junto a Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. «Estas lecturas son para que nazca un profundo sentimiento por nuestra querida Bolivia», justificó.
La historia, sin embargo, le jugó una mala pasada. A finales de 2019, pocos meses después, Morales atravesó una grave crisis de legitimidad y perdió el respaldo del alto mando militar y de la policía, los mismos cuerpos que Hassan debía blindar ideológicamente. Le exigieron la renuncia, en lo que sus partidarios calificaron de golpe de Estado. Con la salida de Evo terminó también la misión de Pérez Casabona, que regresó en silencio a Cuba.
Hoy: el teórico de la «guerra cognitiva»
De vuelta en la Universidad de La Habana, y ya bajo el Gobierno de Miguel Díaz-Canel, Hassan Pérez se ha convertido en una voz útil para la propaganda oficial. El país atraviesa una crisis sin precedentes: apagones generalizados, escasez de alimentos y de agua, una industria paralizada y sanciones estadounidenses más duras. Las protestas son una amenaza latente, y el discurso oficial necesita marcos teóricos que expliquen el deterioro interno como obra de un enemigo externo.
Desde el CEHSEU y el Instituto Superior de Relaciones Internacionales, y en columnas publicadas en Cubadebate y La Jiribilla, el antiguo agitador defiende hoy el legado fidelista. Su aportación más relevante es la difusión del concepto de «guerra cognitiva» y de las llamadas guerras híbridas. Según su planteamiento, Estados Unidos ya no necesita invadir ni promover golpes militares: le basta con arrebatar a los pueblos «la capacidad de pensar, que es nuestro atributo fundamental». El malestar social, los creadores de contenido críticos o el hartazgo de los jóvenes no serían, en esa lectura, fruto de la mala gestión, sino de una ingeniería psicológica y algorítmica diseñada desde el Norte.
Las consecuencias de ese enfoque son evidentes. Si la queja de una madre sin electricidad o la frustración de un joven sin futuro se presentan como una operación de guerra híbrida, el disenso puede criminalizarse, y la censura en internet o la represión en las calles pueden justificarse en nombre de la «soberanía cognitiva» de la nación.
Su nueva faceta no lo ha librado de las burlas. Hace poco su imagen volvió a circular cuando, en un acto virtual de solidaridad en Europa, intentó dar un discurso en un inglés muy deficiente. La prensa independiente se llenó de memes que comparaban su nivel con el del propio Díaz-Canel.
Una lección sobre el poder en Cuba
La trayectoria de Hassan Pérez Casabona retrata con precisión cómo funciona la élite en un sistema de partido único. Fidel Castro lo encumbró porque, en plena crisis, necesitaba una voz fanática que cerrara filas. Raúl Castro lo apartó en 2008 porque necesitaba silencio burocrático y una imagen más pragmática. En ambos casos, su valor dependió de lo que la cúpula necesitaba en ese momento, como ocurrió con otros dirigentes de la era de Fidel que cayeron en desgracia.
Pero su caso deja otra enseñanza, quizá más inquietante: el sistema rara vez destruye a quien acepta el castigo con disciplina. Hassan obedeció, se reeducó en instituciones militares, acumuló diplomas y volvió una década después, no como rebelde, sino como uno de los intelectuales que dan argumentos al poder. La retórica se ha suavizado y la camiseta ha dado paso a la corbata, pero la lógica de supervivencia de la maquinaria, como muestra quién decide realmente las caídas en Cuba, sigue intacta.
