Abelardo Colomé Ibarra: 26 años al frente del MININT y 11 de silencio absoluto
Durante veintiséis años, el general de cuerpo de ejército Abelardo Colomé Ibarra estuvo al frente del Ministerio del Interior de Cuba, el organismo que decide quién es vigilado, quién puede salir del país y, sobre todo, quién puede volver. Hoy, en septiembre de 2026, no existe una sola fuente fiable que confirme si sigue vivo o si ha muerto. No hay nota necrológica, ni funeral de Estado, ni despedida en el Cacahual. Tampoco hay una foto reciente.
El último hecho plenamente documentado de su vida pública es su salida del cargo en octubre de 2015. Desde entonces, silencio. Es difícil encontrar una ironía más redonda en la historia de la Revolución: el hombre que consagró su vida a conocer los secretos de los demás acabó convertido él mismo en uno de los secretos mejor guardados del país.
Colomé Ibarra, conocido en toda Cuba como Furry, casi nunca habló en público. Su peso no se explica por sus discursos, sino por lo que hizo lejos de las cámaras: una red clandestina en América Latina, el mando de las tropas cubanas en Angola, la toma del Ministerio del Interior en el peor verano de la Revolución y la aparición de su nombre en un borrador de acusación federal estadounidense.
El verano de 1989: un ministro llegado para limpiar
La escena que mejor lo retrata ocurrió en julio de 1989. El general Arnaldo Ochoa, Héroe de la República, y el coronel Antonio de la Guardia habían sido detenidos por narcotráfico. El ministro del Interior, José Abrantes, había caído. Y el propio Ministerio del Interior —»el Ministerio», como lo llaman los cubanos— aparecía corroído por dentro a la vista de todos.
Según contó entonces el diario El País, Colomé se presentó ante los oficiales del MININT con la mano apoyada en la empuñadura del sable y con autorización personal de Fidel Castro para actuar contra quienes habían comprometido a la Revolución. El sable era una imagen, pero lo que siguió no lo fue: investigaciones, degradaciones, detenciones de altos cargos y una sustitución masiva de los cuadros del ministerio por militares procedentes de las Fuerzas Armadas.
Furry no llegó para administrar el ministerio, sino para depurarlo. La pregunta es qué trayectoria había llevado a la dirección del país a entregarle un aparato de ese tamaño con permiso para desmontarlo.
De Santiago a la Sierra: comandante a los 19 años
Abelardo Colomé Ibarra nació en Santiago de Cuba el 13 de septiembre de 1939, en un barrio humilde y en una familia sin fortuna ni apellidos de peso. Con apenas 16 años ya militaba en el Movimiento 26 de Julio. El 30 de noviembre de 1956 participó en el alzamiento de Santiago, previsto para coincidir con el desembarco del Granma, y en 1957 Frank País lo eligió personalmente para el primer refuerzo que subió a la Sierra Maestra.
En diciembre de 1958, con 19 años recién cumplidos, era comandante del Ejército Rebelde y dirigía una compañía en el Segundo Frente Oriental Frank País, la zona de guerra de Raúl Castro. En aquellas lomas nació la relación que definiría el resto de su vida.
Fue herido en Cueto durante las operaciones finales de la guerra. Algunas biografías posteriores sostienen que la herida se la causó él mismo al lanzar mal una granada norteamericana y que un fragmento le dañó el cráneo, pero la fuente histórica sólida solo confirma que resultó herido en Cueto. El detalle, como se verá, reaparece más adelante.
Hay además una confesión que El País recogió en 1989 y que resulta extraordinaria a la luz de su carrera: de joven, dijo, había sido anticomunista, porque todo lo que había aprendido le enseñaba que el comunismo era lo peor. Aquel muchacho acabaría en el Buró Político del Partido Comunista y al frente, durante más de un cuarto de siglo, de la policía política de un Estado socialista.
Uno de los constructores de la maquinaria
Tras el triunfo de enero de 1959, Colomé no fue destinado a una guarnición de provincias. Lo enviaron directamente al área más sensible del nuevo Estado: investigación, inteligencia, policía y seguridad. El propio Granma, al reconstruir hace poco los orígenes de la Seguridad del Estado, menciona unas instalaciones de Miramar que funcionaban bajo su mando, y sus biografías le atribuyen responsabilidades en el Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde, en la Seguridad del Estado y en la Policía Nacional Revolucionaria.
Sería inexacto afirmar que Furry creó la Seguridad del Estado. Aquella estructura la levantó un grupo en el que figuraban, entre otros, Ramiro Valdés, Manuel Piñeiro y Osvaldo Sánchez, y pasó por varias reorganizaciones. Pero sí formó parte del reducido círculo que, muy pronto y con poco más de veinte años, montó la maquinaria que vigilaría a los cubanos durante seis décadas.
La misión clandestina en Bolivia y Argentina
En 1962, Colomé desapareció de Cuba. No fue a estudiar a Moscú ni a una academia militar: lo enviaron a América Latina, en la clandestinidad, a preparar el terreno de un proyecto guerrillero. No se trata de una acusación de la CIA ni del exilio. Él mismo lo relató en Secretos de generales, el libro del periodista Luis Báez: su misión internacionalista estaba vinculada a Bolivia y Argentina y consistía en crear las condiciones para la guerrilla del periodista argentino Jorge Ricardo Masetti. Manuel Piñeiro contó lo mismo, y precisó que para organizar la retaguardia boliviana de Masetti se designó, entre otros, a Colomé y a José María Martínez Tamayo.
La operación requería documentación falsa, casas de seguridad, enlaces y armas: toda una infraestructura secreta en territorio boliviano para sostener una guerrilla en el norte de Argentina. Terminó en desastre. La guerrilla fue desarticulada y Masetti desapareció en las montañas; hasta hoy no se sabe dónde quedaron sus restos.
El episodio más llamativo de esa etapa procede de otro testigo. El argentino Ciro Bustos, que participó en aquellas operaciones y más tarde estuvo con el Che en Bolivia, aseguró que Furry quedó al frente de la retaguardia argentino-boliviana y que en dos ocasiones tuvo que socorrerlo por ataques de epilepsia: una vez en plena calle, en Salta, y otra durante el cruce de un río. La escena, de ser cierta, habla de un riesgo enorme: un agente con papeles falsos que se desploma en público en un país extranjero podía hacer caer toda la red en minutos.
Conviene, sin embargo, medir el alcance de ese relato. Es el testimonio de un participante directo, no una historia clínica. No existe confirmación oficial cubana de que Colomé padeciera epilepsia, y aunque algunas fuentes secundarias vinculan aquellos episodios con la herida en la cabeza de Cueto, esa relación tampoco está demostrada. Lo riguroso es escribir que Bustos lo afirmó, no que Colomé lo padecía.
Los archivos de la CIA añaden otra pieza. Un cable desclasificado de 1968 identifica a Abelardo Colomé, alias Furry, y recoge información según la cual habría pasado dos años en Venezuela entrenando guerrilleros antes de regresar a Cuba, herido, en marzo de 1965. El documento es auténtico, pero su autenticidad no convierte en verdad todo lo que contiene: transmite un informe recibido por la estación, no una confesión ni una prueba. Lo que puede afirmarse es que la CIA manejaba esa información sobre él, no que los hechos ocurrieran exactamente así.
El hombre que vigilaba a los hombres de confianza
En 1970 llegó el nombramiento que explica toda su trayectoria. Raúl Castro contó años después que, cuando se decidió reorganizar a fondo la Contrainteligencia Militar, la tarea recayó en un grupo encabezado por Colomé Ibarra, por su temprana participación revolucionaria, sus cualidades personales y la confianza que la dirección tenía en él.
La Contrainteligencia Militar no dirige tropas: las vigila. Su función es detectar infiltraciones, conspiraciones, deslealtades y traiciones dentro de las propias Fuerzas Armadas. Raúl Castro no le confió un ejército, sino la vigilancia del ejército. En esa idea cabe su carrera entera: Colomé era la persona a la que se encargaba vigilar a los hombres de confianza.
El vínculo era también personal. En una entrevista con Luis Báez, Raúl Castro incluyó expresamente a Furry entre sus amigos más queridos, junto a Almeida, Ulises Rosales, Machado Ventura y Julio Casas.
Angola y la mesa de Nueva York
La documentación estudiada por el historiador Piero Gleijeses establece que el 25 de noviembre de 1975, cuando la intervención cubana en Angola crecía sin control, Colomé, entonces primer viceministro de las Fuerzas Armadas, voló a ese país para asumir la jefatura de la Misión Militar Cubana. Allí fue ascendido a general de división, y los archivos conservan comunicaciones de aquellos años que lo identifican en ese cargo. Miles de militares cubanos desplegados frente a Sudáfrica, la UNITA y Zaire, en pleno corazón de la Guerra Fría africana, tenían a este hombre en la cúspide del mando.
En 1986 recibió el título de Héroe de la República de Cuba y entró en el Buró Político. En esa misma ceremonia fue distinguido también el general Arnaldo Ochoa. Tres años más tarde, uno iba camino del pelotón de fusilamiento y el otro se quedaba con el Ministerio del Interior.
Antes de eso, el 22 de diciembre de 1988, Colomé estuvo en Nueva York, sentado junto al canciller Isidoro Malmierca como representante de la parte militar cubana en la firma del acuerdo tripartito sobre Angola, Namibia y Sudáfrica. El joven de un barrio humilde de Santiago cerraba así, en una mesa diplomática de Naciones Unidas, uno de los grandes capítulos militares de la Guerra Fría. Seis meses después estallaba la Causa número 1.
Cómo el Ministerio del Interior quedó cosido a las Fuerzas Armadas
Cuando asumió el MININT en junio de 1989, la agencia UPI lo describía como el tercer militar de mayor rango del país, solo por detrás de Fidel y Raúl Castro. Lo que recibía abarcaba la policía, la Seguridad del Estado, la inteligencia, la contrainteligencia, las prisiones, la inmigración, los guardafronteras y la protección de la dirigencia: prácticamente todo lo que toca la vida cotidiana de un cubano.
Colomé trasladó al ministerio a cuadros de las Fuerzas Armadas. En agosto de 1989, El País informaba de que él y sus colaboradores de la inteligencia militar estaban investigando y recomponiendo el ministerio, en buena medida con militares en activo. El aparato de seguridad interna quedó así ligado, pieza a pieza, a la estructura militar que controlaba Raúl Castro.
Esa es, probablemente, la consecuencia más importante de su biografía y la menos contada. Cuando Fidel Castro enfermó en 2006, Raúl no heredó un Estado con instituciones independientes, sino un sistema en el que las Fuerzas Armadas, la contrainteligencia y el Ministerio del Interior llevaban años en manos de hombres que habían combatido con él en el Segundo Frente. La sucesión no empezó a prepararse en 2006. Empezó, sin que nadie lo dijera en voz alta, en el verano de 1989, y Furry fue su instrumento.
El caso Ochoa: ¿lucha antidrogas o purga política?
La versión oficial sostiene que Ochoa y los demás acusados traficaron con drogas, que el Estado lo descubrió, los juzgó y los castigó, y que Abrantes cayó por no controlar su ministerio. La versión alternativa, defendida durante décadas por periodistas, exiliados y algunos académicos, afirma que Ochoa se había convertido en un problema: demasiado popular, demasiado autónomo y con simpatías por las reformas de Gorbachov.
El politólogo Josep María Colomer llegó a reconstruir una reunión celebrada a finales de mayo de 1989 entre Raúl Castro, Colomé, Ulises Rosales y Ochoa, en la que habrían aflorado diferencias políticas graves. Nada de ello está demostrado: no hay prueba pública de que Ochoa preparara un golpe ni de que Colomé conspirara para eliminarlo. Lo indiscutible es el desenlace. Ochoa fue fusilado, Abrantes fue destituido y murió poco después en prisión, y el círculo de Raúl Castro salió reforzado como nunca.
Un nombre en un borrador de acusación de Estados Unidos
En 1993 se supo que fiscales federales estadounidenses habían trabajado en un borrador de acusación por crimen organizado y narcotráfico contra altos funcionarios cubanos. Entre los nombres figuraban Raúl Castro, Manuel Piñeiro y Abelardo Colomé Ibarra.
De ahí no se desprende que Furry fuera narcotraficante. Nunca fue condenado por ello, y ni siquiera consta que aquel borrador se convirtiera en una acusación federal formal contra él. El propio Tom Cash, entonces máximo responsable de la DEA en Miami, reclamó más hechos y menos ficción y advirtió de que se trabajaba con testimonios de segunda, tercera y cuarta mano. El caso no prosperó, entre otras razones, por la dudosa calidad de los testigos. Lo documentado es que su nombre apareció en ese borrador; la culpabilidad, no.
Veintiséis años al frente del MININT
Siguieron más de dos décadas y media en el despacho del ministro: el Período Especial, el Maleconazo, las crisis migratorias de los noventa, la Primavera Negra de 2003 y la represión contra las Damas de Blanco. El estallido del 11 de julio ya no le tocó; todo lo anterior, sí.
Para las organizaciones internacionales, la responsabilidad tenía nombre y apellidos. Amnistía Internacional le dirigió llamamientos a él directamente, como ministro, en repetidas ocasiones: por el acoso a las Damas de Blanco, por el caso de José Daniel Ferrer en 2012 y, todavía en 2015, por el encarcelamiento del artista Danilo Maldonado, El Sexto.
Los hijos del ministro
Mientras tanto, se fue gestando lo que para toda una generación se convirtió en un chiste amargo. En marzo de 2014, el Miami Herald recogió que Josué Colomé Vázquez, hijo del ministro, vivía en Miami, y Univision publicó fotos de redes sociales en las que aparecía en Miami Beach, con un coche nuevo y un estilo de vida alejado de la austeridad revolucionaria. La información había nacido en un blog y en publicaciones de Facebook antes de que la amplificaran medios grandes; Diario de Cuba fue más prudente y escribió que «estaría» en Miami.
No fue el único caso. En octubre de 2016, Martí Noticias informó de que otro hijo, Antonio Colomé Hidalgo, de 19 años, había viajado a Miami para participar en un festival en Kentucky y había decidido quedarse a vivir con parientes en Naples, Florida. El padre dirigía el ministerio que controlaba quién entraba y salía de Cuba mientras sus hijos se instalaban en Estados Unidos.
Un tercero, José Raúl Colomé Torres, apareció en el Registro Mercantil español, donde Cubanet localizó la constitución de una sociedad a su nombre llamada Starbien Investment. En La Habana, la paladar Starbien, en el Vedado, era uno de los restaurantes predilectos de la élite y del cuerpo diplomático, con una fila de coches de lujo en la puerta frente a un barrio que se caía a pedazos.
En 2017 hubo un operativo policial en Starbien vinculado a una auditoría, y en 2018 José Raúl Colomé fue detenido. Su padre se había retirado en 2015. La coincidencia temporal existe, pero no hay prueba de que una cosa causara la otra. Lo que sí es un patrón conocido del sistema cubano es que ciertos familiares prosperan mientras su protector conserva el poder y quedan expuestos cuando lo pierde. Es una interpretación, no un hecho probado, aunque tenga bastante lógica.
La retirada de 2015 y once años de silencio
El 26 de octubre de 2015, el Consejo de Estado aceptó la renuncia de Colomé Ibarra como ministro del Interior y como miembro de ese órgano, y lo pasó a la reserva con la Orden por el Servicio a la Patria de Primer Grado, según la nota oficial publicada por Granma. La razón esgrimida fue la salud. En su carta escribió que, de sus 76 años, había dedicado 60 a la Revolución.
En La Habana se decía que desde hacía tiempo pasaba cada vez menos horas en su despacho y que el trabajo real lo llevaba su viceministro primero, Carlos Fernández Gondín, que fue precisamente quien lo sustituyó. Ese nombramiento desactivó además los rumores que daban por hecho que el nuevo ministro sería Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro.
Después, nada. Ni entrevistas, ni actos, ni fotos en la prensa oficial. Once años de silencio para uno de los cinco o seis hombres más poderosos que ha tenido la Revolución cubana. En marzo de 2024, 14ymedio todavía lo mencionaba entre los «incombustibles» de la Seguridad del Estado.
Hay un último indicio, tan sutil como inquietante. En documentación oficial angoleña de 2025, preparada con motivo del cincuentenario de la independencia de Angola, Abelardo Colomé Ibarra figura en una lista de personalidades que serían condecoradas. En esa misma lista, otros nombres aparecen marcados expresamente como «a título póstumo». El suyo, no. Eso no prueba que esté vivo, pero tampoco permite darlo por muerto.
Un operador, no un rostro
Abelardo Colomé Ibarra no fue uno de los grandes rostros de la Revolución, sino uno de sus grandes operadores. Su biografía está hecha de contradicciones que dicen mucho del sistema al que sirvió: el joven que se declaraba anticomunista llegó al Buró Político; el guerrillero enviado a desestabilizar gobiernos ajenos terminó dirigiendo el organismo encargado de impedir que alguien hiciera lo mismo en Cuba; el internacionalista de Angola acabó como ministro de la policía.
Y el hombre cuyo oficio fue el secreto se ha desvanecido con tal eficacia que hoy nadie puede decir con certeza si sigue respirando. Quedan abiertas dos preguntas que probablemente solo resolverán los archivos: si el caso Ochoa fue una purga política, ¿fue Furry su ejecutor o solo quien recogió los escombros? Y, más de una década después de su retirada, ¿qué ha sido de él?
