Amado Padrón, el cuarto fusilado de la Causa 1: once carros, 19 armas y 294.918 dólares escondidos

amado padrón causa 1 1989 cuba

De los cuatro hombres fusilados en la madrugada del 13 de julio de 1989, el nombre de Amado Padrón Trujillo es el que menos se repite. No era general, no arrastraba la leyenda militar de Arnaldo Ochoa ni el halo de misterio que rodeaba a Tony de la Guardia. Y, sin embargo, cuando le tocó responder ante el tribunal, se abrió la parte del expediente que todavía hoy resulta más incómoda: aviones aterrizando en la isla, lanchas esperando cerca de la costa, cientos de kilos de cocaína, dólares metidos dentro de refrigeradores, droga enterrada cerca de Punta Hicacos y una estructura del Ministerio del Interior que operaba en penumbra bajo unas siglas: MC.

Padrón no fue el símbolo del proceso. Fue su mecánica. El hombre que sabía cómo una orden se convertía en un vuelo, un vuelo en un cargamento, un cargamento en dólares y esos dólares en poder que nadie declaraba.

El hombre que no encajaba en la aristocracia revolucionaria

El escritor Norberto Fuentes, que lo trató de cerca, ofrece un retrato que se aleja por completo de la imagen del oficial de salón. Según su descripción, Padrón era un hombre blanco, corpulento, de abdomen cada vez más prominente, que se ajustaba la camisa para disimular la barriga y sudaba con facilidad. Nada de burócrata frío: Fuentes lo presenta como un animal de operación, pesado, directo, incómodo. Llega incluso a llamarlo «el animal más peligroso de este grupo».

El detalle no es decorativo. En el relato de Fuentes, dentro de aquel círculo existía hacia él un desprecio de clase. Los hermanos De la Guardia venían de una familia con abolengo, con otros modales y otra elegancia. Padrón cargaba con un origen más áspero, el de quien había subido por la escalera revolucionaria. Un plebeyo del comunismo que había llegado demasiado arriba.

Ahí está buena parte de su interés. Padrón no encarnaba el mito. Encarnaba el engranaje.

Qué era MC, el departamento donde todo ocurría

Para entender al personaje hay que entender su oficina. El Departamento de Moneda Convertible, conocido por sus siglas MC, nació dentro del MININT con una misión concreta: operar con divisas, hacer negocios en el exterior, conseguir mercancías que los canales normales no podían comprar y mover recursos que el Estado cubano necesitaba en plena asfixia económica y bajo el embargo.

Esa misión colocaba a MC en una zona gris permanente. Allí convivían comercio, inteligencia, empresas tapadera, contactos internacionales, operaciones secretas y dinero en efectivo. Un espacio donde las reglas ordinarias parecían quedar en suspenso. Padrón se movía justo en ese terreno: Panamá, empresas cubanas en el extranjero, intermediarios, permisos y movimientos difíciles de explicar en público.

Por eso su figura resulta decisiva cuando aparece la acusación de narcotráfico. Si alguien sabía cómo una estructura oficial podía dar cobertura a vuelos, cargas y desplazamientos irregulares, era precisamente alguien como él.

La frase que quedó abierta: «consulté más arriba»

Según declaró el propio Padrón, todo empezó con una propuesta vinculada a los Ruiz. Miguel Ruiz Poo, representante de MC, le habría planteado la posibilidad de realizar operaciones de droga a través de Cuba mediante su primo, Reinaldo Ruiz. Padrón afirmó que la idea le provocó rechazo inicial. Y a continuación pronunció la frase que sigue pesando sobre todo el expediente: consultó «más arriba».

No se trataba de un trámite cualquiera. Estaba en juego el uso de territorio cubano —o de zonas bajo control cubano— en operaciones de narcotráfico internacional. En una estructura tan vertical como el MININT, una consulta así no podía resolverse en un despacho intermedio.

¿Más arriba de quién? La transcripción del juicio no lo aclara con nombre y apellido. Esa ambigüedad es, todavía hoy, una de las grietas más inquietantes del relato oficial y una de las razones por las que la Causa 1 de 1989 sigue leyéndose como una página inconclusa.

Lo que sí quedó registrado es el paso siguiente. La propuesta llegó a Tony de la Guardia y este no la cortó. No la denunció ni la destruyó desde el principio: según la declaración, pidió estudiar el asunto, hablar más con Ruiz y ver cómo podía funcionar.

De la conversación a la operación

A partir de ese momento Padrón deja de ser un testigo y pasa a ser el ejecutor. Según su propio relato, Tony lo autorizó a traer a Reinaldo Ruiz a Cuba. Entonces empezó lo concreto: pedir los datos del avión, conocer la matrícula, identificar a los pilotos, gestionar permisos de aterrizaje y construir una cobertura verosímil. Sobre el papel, todo podía parecer una gestión comercial más de MC. En la práctica, sostuvo la acusación, estaba abriendo una ruta de cocaína.

Ese es el centro del personaje. Donde otros hablaban, él organizaba. Donde otros autorizaban, él ejecutaba. Donde otros permanecían en la sombra, él aparecía en los detalles. Y los detalles son, precisamente, lo que condena.

La acusación no describía contactos menores ni cantidades simbólicas. Hablaba de aviones, de lancheros que se acercaban a recoger la mercancía, de casas, de protección y de pagos en efectivo. En una operación se mencionaron cientos de kilos. En otra, 400. Ya en 1989 aparecen referencias a cargas de 500 kilos y a pagos de decenas o cientos de miles de dólares. Fue el tipo de revelación que convirtió aquel proceso en el juicio que paralizó a Cuba durante semanas.

Padrón intentó acotar su responsabilidad precisando que las operaciones que él conocía eran de cocaína y no de marihuana. La matización no lo ayudó demasiado. Lo que quedaba ante las cámaras era un oficial del Ministerio del Interior hablando con naturalidad de cargamentos enormes y de la logística necesaria para moverlos.

Los 294.918 dólares en el refrigerador

Uno de los momentos más duros del interrogatorio llegó con el dinero. Según la transcripción, los investigadores localizaron cerca de 294.918 dólares en efectivo ocultos en refrigeradores y en casas de amigos. Padrón admitió que ese dinero procedía de las dos últimas operaciones de droga.

La admisión ya era demoledora. La explicación posterior lo fue todavía más. Cuando el fiscal le preguntó por qué no había entregado ese dinero a MC, Padrón respondió que Tony ya había sido sustituido y que pensaban conservarlo por si las operaciones continuaban. Añadió que, de seguir, lo entregarían al departamento. Y remató con algo aún más comprometedor: querían justificar esos fondos más adelante mediante operaciones comerciales.

Dicho de otro modo: buscar la forma de limpiar dinero que ya venía marcado por el narcotráfico. El fiscal lo tradujo sin rodeos —seguir haciendo transacciones, una tras otra, produciendo dinero con dinero de droga—, y Padrón contestó que era la única forma de hacerlo.

Esa respuesta cambiaba la naturaleza de su defensa. Ya no hablaba de obediencia. Hablaba de un método.

La cocaína enterrada en Punta Hicacos

Después vino el escondite. Se habló de unos 156 kilos de cocaína ocultos cerca de Punta Hicacos. Padrón aceptó que aquello había ocurrido, y el fiscal reforzó el golpe señalando que el Laboratorio Central de Criminalística había analizado muestras y confirmado que se trataba de cocaína de alta pureza.

No era una acusación flotando en el aire ni un informe de inteligencia imposible de verificar. Era droga real, enterrada en suelo cubano, y Padrón quedaba asociado al conocimiento de ese punto exacto.

Una moto Honda convertida en símbolo

Y entonces el interrogatorio cambió de registro. Juan Escalona, el fiscal del proceso, le recordó que se había olvidado de la motocicleta. Padrón dijo que no la había montado. Escalona preguntó entonces por qué la había comprado. Padrón insistió en que nunca se usó. El fiscal quiso saber el precio: 3.400 dólares.

En la Cuba de finales de los ochenta, 3.400 dólares eran una fortuna inconcebible. Padrón trató de explicar que el dinero era suyo, que venía de su salario, que en Panamá ganaba 700 dólares al mes y que había ahorrado durante años. Escalona no se lo aceptó con facilidad y le preguntó si había pasado hambre para reunirlo. Padrón se limitó a corregir que había estado en Panamá varios años.

Lo relevante no es la respuesta, sino lo que el fiscal hizo con el objeto. Convirtió la moto en símbolo. Una Honda de cinco velocidades que, según él, nadie más tenía en Cuba. Un artículo de lujo en un país donde la mayoría dependía de la guagua, de las colas y de salarios que no se parecían en nada a 700 dólares mensuales.

Once pistolas, ocho revólveres y once carros

De la moto, Escalona pasó a las armas con una pregunta que cayó como un martillazo: para qué quería Padrón 11 pistolas y 8 revólveres. La respuesta fue de una brevedad casi insolente: le gustaba coleccionar armas.

En medio de un juicio por narcotráfico y dinero oculto, la frase sonaba absurda, y el fiscal la aprovechó al instante preguntándole si también coleccionaba carros. Padrón intentó corregir: armas sí, carros no, y afirmó que esa información no era correcta.

Pero Escalona ya traía la lista preparada. Empezó a enumerar: varios Lada, un Volkswagen 1300, vehículos en reparación, autos con papeles a nombre de la esposa, de conocidos, de su hijo Alexis Padrón García, y otros que según testigos le pertenecían. Al terminar la enumeración, remató con la cifra: once carros en total.

El inventario no mostraba solamente vehículos. Mostraba una red de titularidades cruzadas, nombres prestados, familiares y conocidos convertidos en propietarios formales de un patrimonio que la fiscalía presentaba como materialmente inexplicable.

Padrón se defendía discutiendo la etiqueta de coleccionista. Escalona no buscaba una explicación técnica: estaba construyendo una imagen pública. Once pistolas. Ocho revólveres. Once carros. Una Honda de cinco velocidades. Casi 295.000 dólares escondidos. Cocaína enterrada. Contactos con traficantes. Permisos de vuelo. Lancheros. Casas de amigos.

«¿Usted se sentía el Escobar cubano?»

Con todo eso sobre la mesa llegó una de las preguntas más duras del interrogatorio. Escalona quiso saber qué pretendía demostrarle Padrón al pueblo: si quería demostrar que no podía ser castigado, que podía vivir por encima de los estándares del resto, que podía pasearse mostrando carros en Villa Marista mientras la gente esperaba una guagua en las esquinas.

Y cerró con una comparación brutal: le preguntó si un narcotraficante en Cuba podía vivir como un Escobar en Colombia. Si él se sentía el Escobar cubano.

Padrón respondió que no.

La escena resume el tono del proceso. No era únicamente un juicio penal; era una demolición pública. Escalona no discutía si un carro tenía permiso o si las armas estaban registradas. Estaba presentando ante millones de cubanos una imagen moral: la de un hombre que había usado su posición para vivir en otro país dentro del mismo país. Aquel verano, las condenas a muerte por corrupción se siguieron desde fuera de la isla con la misma perplejidad con que se seguían dentro.

El acusado que no se arrepintió en voz alta

Hay un detalle que distingue a Padrón del resto de los procesados. En muchos momentos de aquel juicio, varios acusados parecieron entrar en un ritual de arrepentimiento público: se reprochaban lo hecho, aceptaban culpas, repetían fórmulas de condena moral contra sí mismos.

Padrón no. En la transcripción disponible admite hechos, operaciones y dinero, pero no se lanza a una autocrítica larga ni teatral. Cuando su defensor le pregunta por su actitud durante la investigación, responde que cooperó para explicar todo lo ocurrido y añade que no necesita expresar cómo se siente, que no tiene palabras para expresar sus sentimientos. Después, cuando el defensor afirma que ha hecho una autoevaluación de aquellos hechos, Padrón contesta con una sola palabra: correcto.

No es una confesión emocional. Es una respuesta seca, operativa, casi contenida. Y quizá por eso resulta tan incómoda: deja flotando una idea que nadie desarrolló en la sala. Participé, sí, pero dentro de una estructura.

Guerras internas, paranoia y un maletín de cuero beige

El retrato de Fuentes añade capas que el juicio no recogió. Según su testimonio, Padrón era un hombre de gran avidez económica: se quejaba de que Tony estaba perdiendo capacidad ejecutiva porque no se atrevía a exigir el pago de unos tres millones de dólares que les debían agentes radicados en Miami. Para Padrón, ese dinero había que recuperarlo a toda costa.

Fuentes también lo sitúa en el centro de las guerras internas de MC. Despreciaba a William Ortiz, alias «El Pelotero», a quien consideraba poco apto para operaciones revolucionarias de alto riesgo, y quería destruir a otro oficial operativo conocido como Eusebio, antiguo seminarista, sobre el que llegó a preguntarle a Fuentes si podía «echárselo». La expresión dice mucho del ambiente: MC no era solo un aparato de operaciones secretas, también era un territorio de rivalidades, protecciones y ajustes de cuentas.

Cuando la contrainteligencia empezó a seguirles los pasos, siempre según Fuentes, Padrón se presentó alterado y habló de un «gardeo a presión», una vigilancia intensa sobre ellos. Llegó a proponer acudir a Gabriel García Márquez en busca de protección política.

En esa atmósfera le entregó a Fuentes un maletín de cuero beige para que se lo ocultara. Dentro, según el relato, había tres Rolex de platino, dos Rolex de oro macizo, un Omega de oro, 30.000 dólares y 20.000 pesos cubanos. Ese maletín resume al personaje casi tanto como la Honda, las armas y los carros: miedo, lujo, efectivo y una vida paralela que ya no podía sostenerse.

El potrero de Baracoa

La madrugada del 13 de julio de 1989, Amado Padrón fue fusilado junto a Arnaldo Ochoa, Tony de la Guardia y Jorge Martínez. Según la reconstrucción de Fuentes, los trasladaron de noche hacia un potrero cercano a la base aérea de Baracoa, al oeste de La Habana. Allí Padrón fue amarrado a un poste y ejecutado por un pelotón armado con fusiles AK-47, antes del tiro de gracia.

Su nombre quedó en segundo plano, casi borrado detrás de figuras de mayor rango. Pero quien quiera entender cómo funcionó realmente la trama tiene que volver a él: a la frase «consulté más arriba», al dinero escondido en refrigeradores, a la cocaína enterrada, a las 11 pistolas y los 8 revólveres, a los once carros, al maletín de relojes y a la moto que el fiscal convirtió en emblema de una vida por encima del pueblo.

Las preguntas que el juicio no respondió

El interés de Amado Padrón Trujillo no está solo en lo que hizo o admitió, sino en lo que su declaración deja al descubierto. ¿Fue el cerebro logístico de una red corrupta? ¿Fue un subordinado que ejecutó órdenes dentro de una estructura donde nadie discutía? ¿Fue un hombre que se enriqueció aprovechando su posición? ¿O fue también una pieza sacrificada porque sabía demasiado sobre los negocios secretos del Estado cubano?

Ninguna de esas preguntas se cerró en la sala. Y esa falta de respuesta explica por qué, casi cuatro décadas después, el expediente sigue generando debate y conmoción cada aniversario, del mismo modo que otras caídas súbitas dentro del poder cubano —como el ascenso y la caída de Carlos Lage Dávila— siguen discutiéndose mucho después de ocurridas. También los fusilamientos en Cuba continúan siendo un tema sensible que reaparece una y otra vez en la conversación pública, como mostró la polémica en torno a Chucho Valdés y la carta que apoyaba los fusilamientos.

Lo que sí quedó claro es que Padrón no fue simplemente el cuarto fusilado. Fue el hombre de los detalles: el que sabía cómo llegaban los aviones, dónde estaba el dinero y cómo funcionaba MC por dentro. En un aparato donde el secreto era la moneda principal —algo que también ilustran otras trayectorias discretas dentro de la inteligencia cubana—, saber demasiado podía ser, en sí mismo, una condena.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *