Juanita Vera, la traductora de Fidel Castro que llegó a coronel de inteligencia y madre de un hijo secreto
Cuando acompañó por primera vez a Fidel Castro, en junio de 1972, era una joven de apenas 18 años: una traductora discreta, disciplinada, preparada para escuchar más de lo que podía repetir. Desde aquel momento, el líder cubano no volvió a apartarla de su lado. Juana Vera García, conocida como Juanita Vera, estuvo presente durante décadas en conversaciones delicadas, reuniones con líderes extranjeros y viajes oficiales donde una palabra mal traducida podía tener consecuencias políticas enormes. Pero según el testimonio de Juan Reinaldo Sánchez, exguardaespaldas personal de Castro durante 17 años, Juanita no solo traducía las palabras del Comandante: también llegó a conocer —y a formar parte de— algunos de sus secretos más íntimos.
La fachada del líder austero y su círculo más cerrado
Fidel Castro proyectó siempre ante el mundo la imagen de un revolucionario consagrado por entero a su causa, un hombre sin tiempo ni interés para los placeres terrenales. Su vida privada se manejó bajo un estricto y casi patológico secreto de Estado: el Líder Máximo consideraba que exhibir su intimidad familiar carecía de todo objeto y que, además, podía representar un punto de vulnerabilidad extrema tanto para su seguridad personal como para la supervivencia de la Revolución. Su esposa, Dalia Soto del Valle, permanecía en un discretísimo segundo plano, alejada de los focos y de la propaganda estatal.
Detrás de esa fachada de austeridad moral, sin embargo, existía —según los testimonios de su círculo íntimo— un patrón de constante infidelidad conyugal. No se trataba de escándalos a la vista de todos: Fidel aprovechaba sus incontables viajes diplomáticos y el inmenso poder de su aparato de seguridad para mantener aventuras amorosas, casi siempre con mujeres de su equipo de trabajo más cercano. En ese grupo selecto figuraban azafatas, secretarias y, muy especialmente, sus intérpretes oficiales.
Las traductoras de Fidel Castro no eran simples funcionarias lingüísticas. Por la propia naturaleza de su cargo, entraban en reuniones a puertas cerradas, escuchaban conversaciones sumamente delicadas y compartían momentos de altísimo acceso personal y tensión diplomática. Eran una pieza fundamental de su burbuja de poder.
De hija de campesinos a voz en inglés del Comandante
De todas las figuras que rodearon a Fidel en este ámbito, quizás ninguna sea tan fascinante y documentada como Juanita Vera, su traductora e intérprete oficial anglófona durante décadas. Su historia refleja, en muchos sentidos, el sistema educativo que la Revolución intentó construir: su dominio del inglés no provino de una cuna rica, de colegios privados bilingües ni de estancias en el extranjero.
Nacida el 24 de noviembre de 1953 en La Habana, Juanita se crió en Vereda Nueva, en el seno de una familia de padres campesinos, y fue la primera persona de su familia en graduarse de la universidad. Su acercamiento al inglés comenzó a los 14 años, curiosamente en cumplimiento de una tarea asignada por la Juventud Comunista. A partir de ahí, su formación fue intensa: estudios de Periodismo, la Profesoral de Inglés del Instituto Pedagógico Enrique José Varona y, finalmente, su graduación en 1980 como traductora e intérprete en la Escuela de Filología de la Universidad de La Habana. En su aprendizaje influyeron el estudio intensivo y la guía de profesoras destacadas como María Dolores Ortiz y Ada Jones, según ha explicado la propia Juanita.

Antes de llegar a la cúpula, forjó su experiencia en el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), como responsable de país e intérprete de conferencias, y después como especialista en el Departamento de Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX). Eso explica que su pronunciación se inclinara hacia la norma norteamericana, aunque ella siempre buscaba un inglés estándar para que los mensajes de Fidel se entendieran a la perfección a nivel internacional.
Su primer encuentro laboral con el Comandante se produjo en junio de 1972, con apenas 18 años, durante actividades relacionadas con la visita de Angela Davis y el Festival Mundial de la Juventud. Para 1975 ya se había consolidado como su traductora e intérprete oficial.
La presión de aquel trabajo era abrumadora. Ella misma lo describía como una mezcla constante de presión, profunda admiración y total consagración, y confesó que nunca dejaba de ponerse nerviosa al trabajar junto a Fidel, en una labor que exigía sacrificar noches, fines de semana, días feriados y celebraciones de fin de año. A lo largo de su carrera acompañó al líder cubano en 67 de sus 76 viajes al extranjero, visitando alrededor de 50 países. La ficha de la colección fílmica de Estela y Ernesto Bravo en la Universidad de Nueva York (NYU) la identifica, además, como traductora oficial no solo de Fidel sino también de su hermano Raúl Castro, lo que valida su altísimo estatus institucional.
Coronel de inteligencia y, según su escolta, amante del Comandante
El plano profesional de Juanita es, sin embargo, solo una cara de la moneda. Los testimonios del círculo íntimo —especialmente el libro «La vida oculta de Fidel Castro», escrito por Juan Reinaldo Sánchez, guardaespaldas personal del líder durante 17 años— revelan una dimensión mucho más polémica.
En primer lugar, Sánchez sostiene que las traductoras no eran simples civiles, sino que estaban profundamente integradas en el aparato militar: Juana Vera ostentaba el grado de coronel del servicio de información, es decir, de la inteligencia cubana. El control de la información y la traducción de las palabras del líder se trataban como un asunto de seguridad nacional y contraespionaje.
Pero la revelación más impactante del exescolta es que la relación entre Fidel y su coronel anglófona cruzó la barrera profesional. Según su testimonio, Juanita Vera era una de las amantes secretas habituales del Comandante, y fruto de esa relación nació en abril de 1983 un hijo al que llamaron Abel.
El nacimiento de Abel se manejó en el más absoluto de los secretos para no manchar la imagen pública de Castro ni alterar su matrimonio oficial. De los supuestos cuatro hijos ilegítimos adicionales que se rumoreaba que tenía el mandatario, Sánchez asegura que Abel es el único cuya existencia pudo comprobar de primera mano. La esposa oficial de Fidel, Dalia Soto del Valle, nunca sintió aprecio por Abel ni por los otros supuestos hijos extramatrimoniales, y se encargó sistemáticamente de mantenerlos aislados de los cinco hijos que ella tuvo con Castro. Sobre el destino de Abel, la información es escasa: al momento en que Sánchez redactó su libro, era un hombre en la treintena que, a juzgar por fotografías filtradas por amigos bien informados, tenía el aspecto de un auténtico «latin lover».
Conviene subrayarlo: estos datos provienen de un testimonio crítico y no de información confirmada oficialmente por el Estado cubano, por lo que deben tratarse con cautela.
Pyongyang y el Ritz de Madrid: citas encubiertas en viajes de Estado
Los encuentros íntimos entre Fidel y Juanita no ocurrían solo en Cuba. Según el relato de Sánchez, los viajes internacionales proporcionaban el escenario perfecto, con la ayuda del gigantesco operativo de guardia personal.
Un ejemplo: marzo de 1986, viaje oficial a Corea del Norte. Mientras la delegación cubana se encontraba en Pyongyang, el jefe de la escolta ordenó a Sánchez montar guardia frente a la puerta de la suite presidencial con un solo propósito: asegurar la privacidad porque la coronel Juanita iba a visitar a Fidel. Ella pasó entre dos y tres horas completamente a solas con el Comandante antes de regresar a sus aposentos.
Otro episodio ocurrió en julio de 1992, durante la cumbre iberoamericana celebrada en España, con la delegación cubana alojada en el lujoso hotel Ritz de Madrid. Para entonces, Abel ya tenía nueve años. Sánchez, como responsable de la avanzada de seguridad, ordenó abrir un pasaje secreto a través de un vestidor para comunicar internamente la habitación de Fidel Castro con la de la coronel Juanita, de modo que ambos pudieran verse sin levantar la más mínima sospecha.
La Unidad 160 y la «casa de Carbonell»: el epicentro logístico del engaño
¿Y qué ocurría cuando Fidel estaba en La Habana? La respuesta lleva al barrio habanero de Siboney, a una extensa instalación militar conocida como la Unidad 160. Este recinto logístico, oculto tras altas tapias y con una extensión de seis hectáreas, resultaba esencial para la Seguridad Personal de Castro: allí se gestionaban los transportes, las telecomunicaciones, el carburante y la alimentación, con despensas, inmensas cámaras frigoríficas, vacas y gallinas, una pequeña fábrica de helados, un cine privado y un museo donde se guardaban los regalos presidenciales.
El secreto más grande de la Unidad 160, sin embargo, estaba vinculado a las infidelidades del líder. Detrás del museo de regalos se encontraba una villa conocida como la «casa de Carbonell», el lugar donde Castro llevaba a cabo sus citas galantes a espaldas de Dalia Soto del Valle.
Para garantizar el secreto absoluto se ejecutaba un operativo muy discreto. Pepín Naranjo, el fiel edecán de Fidel, llamaba por teléfono a Sánchez —entonces jefe de equipo en la Unidad 160— y le advertía lacónicamente que ese día estaba prevista una visita a la casa de Carbonell. A la hora acordada, Sánchez convocaba a todos los soldados de guardia a su despacho: una maniobra de distracción para dejar el área despejada y que nadie viera la llegada de Fidel ni la de su amante de turno, quienes, para mayor seguridad, siempre entraban al recinto por separado.
Pili, los «trofeos de caza» y la figura de Isora Acosta
Juanita Vera no fue, según estas fuentes, el único caso. Además de ella aparece la figura de Pilar, conocida íntimamente como «Pili», intérprete oficial francófona del Comandante que formaba parte indispensable del equipo en sus desplazamientos al extranjero y que, según los mismos testimonios, era otra de sus amantes secretas.
El autor del libro se refiere a estas mujeres del entorno laboral de Castro de forma muy directa, catalogándolas como sus «trofeos de caza», una lista en la que incluye también a Gladys, la azafata de sus vuelos.
Sobre Pilar, la información pública verificable es sumamente escasa: las fuentes que la mencionan, como Martí Noticias o Infobae, la identifican alternativamente como intérprete de francés o azafata traductora, basándose sobre todo en los relatos testimoniales de la escolta. No debe confundirse con Isora Acosta Real, a quien la propia Juanita Vera menciona con nombre y apellido como «la traductora de francés del Comandante», confesando que juntas pasaron muchas «alegrías y peligros» por los preparativos de atentados contra Fidel, lo que da a la figura de Isora un peso mucho más oficial.
Una constelación de intérpretes alrededor del poder
El aprendizaje de idiomas era parte integral de la formación de la élite militar y de seguridad de la isla. En la «Escuela de Especialistas», donde se formaba el primer anillo de protección personal de Fidel, los alumnos estudiaban en pequeños grupos de diez personas idiomas estratégicos como el francés, el ruso o el inglés. Después de 1959, Cuba impulsó además becas de formación civil en centros como el Instituto Pablo Lafargue, y en 1973 se dio un paso crucial con la creación del Equipo de Servicios de Traductores e Intérpretes (ESTI). Para aquellos intérpretes, Fidel fue el mayor reto como orador por sus discursos largos y complejos: como señaló Radio Rebelde, se convirtió en «la escuela más grande».
Alrededor de Castro giró una fascinante constelación de traductores. Además de Juanita Vera —reconocida en 2008 con el premio «Juan Ortega Gatell» durante el aniversario 35 del ESTI—, aparecen figuras como José Francisco «Frank» Vales, intérprete al inglés del líder durante años y luego entrevistado en medios de Miami; María Llorens Treviño, que tradujo para Fidel en Vietnam en 1995 durante un momento especialmente emotivo relacionado con la provincia de Quang Tri; o el caso más novelesco de todos, Annie Silva Pais, hija de Fernando Silva Pais, último jefe de la policía política portuguesa PIDE, que se fascinó con la Revolución en los sesenta, conoció al Che, trabajó como traductora de Fidel y murió en Cuba en 1990. Por ese universo pasaron también la estadounidense June Cobb, traductora en el entorno de Castro antes de quedar vinculada a la CIA; Isabel Allende Karam, intérprete de checo y luego destacada diplomática cubana; y Ana María Rovira, «la gallega», recordada como su traductora de polaco.
Todos estos perfiles apuntan a lo mismo: traducir para Fidel no era solo dominar idiomas. Era entrar, aunque fuera por un momento, en una zona muy cerrada y vigilada del poder cubano.
Entre lo documentado y lo alegado: la dualidad de una historia
Un análisis crítico de esta historia obliga a distinguir dos planos. Existe una parte documentada sobre las traductoras, que subraya una relación profesional de enorme exigencia, cercanía excepcional y confianza absoluta. Y existe otra parte, basada en los testimonios del círculo íntimo —sobre todo del exescolta Juan Reinaldo Sánchez—, que debe tratarse como una alegación sobre una vida íntima que el régimen nunca reconoció.
La coherencia de las anécdotas, desde las maniobras de distracción en la Unidad 160 hasta la existencia de Abel en la sombra, deja sin embargo una reflexión profunda sobre la hipocresía en las altas esferas del castrismo. Mujeres brillantes como la campesina Juana Vera o la misteriosa Pilar no solo trasladaban palabras: eran parte fundamental de la burbuja de poder, enfrentando la dualidad de ser coroneles, profesionales indispensables y, trágicamente, piezas en la doble vida de un mandatario que exigía austeridad a su pueblo mientras disponía de los recursos del Estado para proteger su privacidad.