Florentino Aspillaga y los 38 agentes dobles que engañaron a la CIA
En junio de 1987, en una oficina de Viena, un oficial de inteligencia cubano empezó a pronunciar en voz baja los nombres de varios agentes de la CIA que trabajaban bajo cobertura. El hombre que lo escuchaba, el jefe de estación de la Agencia en la capital austriaca, los reconoció uno a uno. En ese instante entendió que no tenía delante a un visitante cualquiera. Era Florentino Aspillaga Lombard, mayor de la Dirección General de Inteligencia (DGI) de Cuba, y lo que iba a contar en las semanas siguientes destaparía uno de los fracasos de contrainteligencia más serios que sufrió la CIA durante la Guerra Fría: decenas de cubanos que Washington creía haber reclutado como espías llevaban años trabajando, en realidad, para La Habana.
La historia está bien documentada en lo esencial. Alrededor de ella, sin embargo, se han ido acumulando cifras infladas y frases rotundas que conviene separar de lo que de verdad se sabe.
La revelación: los espías de la CIA en Cuba eran agentes dobles
Según James Olson, aquel jefe de estación en Viena que con los años llegaría a dirigir la contrainteligencia de la CIA, Aspillaga reveló durante los interrogatorios que los 38 cubanos que la Agencia creía haber reclutado en los 26 años anteriores eran agentes dobles controlados por la DGI. No se trataba de que algunos informantes hubieran sido descubiertos con el tiempo. La acusación era mucho más grave: una red construida durante décadas había estado administrada, en una proporción extraordinaria, desde el otro lado.
Lo que dio credibilidad inmediata al desertor fue el detalle. Aspillaga no se limitó a decir que todos aquellos agentes eran falsos: describió operaciones concretas que sus interrogadores conocían como secretas y les explicó quién las manejaba realmente. En agosto de 1987, The Washington Post reveló la dimensión del desastre: fuentes estadounidenses admitían que operaciones consideradas productivas y de alta calidad estaban comprometidas, y que cubanos supuestamente reclutados por la CIA habían entregado información engañosa o inútil preparada por la inteligencia cubana. Un funcionario lo resumió con una frase que todavía hoy condensa el episodio: «We certainly underestimated the Cubans» («Sin duda subestimamos a los cubanos»).
En marzo de 1988, los periodistas Jack Anderson y Dale Van Atta fueron más allá y publicaron que la conclusión afectaba a prácticamente todos los reclutamientos cubanos posteriores a Bahía de Cochinos. Aquellas informaciones procedían de fuentes dentro de la inteligencia estadounidense, no de un informe oficial desclasificado, pero el cuadro general fue confirmado después por antiguos oficiales de la Agencia y por estudios especializados.
Quién era Florentino Aspillaga
Aspillaga tenía alrededor de 40 años cuando desertó. Era mayor de la DGI, el servicio de inteligencia exterior dependiente del Ministerio del Interior, y las noticias de la época lo presentaron como jefe de las operaciones de inteligencia cubanas en Checoslovaquia o de la oficina de la DGI en Praga. Relatos posteriores sitúan su puesto concreto en Bratislava, donde trabajaba bajo la cobertura de una empresa llamada Cubatécnica. Ambas versiones encajan: Praga sería la descripción institucional del destino; Bratislava, su lugar de trabajo inmediato.
Su carrera pesaba. Olson lo describe como el desertor de mayor rango de la DGI que la CIA había recibido hasta entonces. Otros relatos le atribuyen destinos en Moscú, Angola y Nicaragua, un reconocimiento del servicio cubano en 1985 y una felicitación personal de Fidel Castro, y la prensa de la época ya lo calificaba como un oficial muy condecorado. Una fuente de 1988 aseguraba que estaba vinculado al aparato de inteligencia desde los 15 años.
Pero lo que explica por qué sabía tanto es su especialidad: había trabajado directamente en contrainteligencia contra la CIA y en operaciones con agentes dobles. En una entrevista difundida por Radio Martí tras su fuga afirmó haber participado en 55 operaciones de ese tipo. Es una cifra que da el propio desertor, pero concuerda con todo lo que contó después.
La fuga del 6 de junio de 1987
La fecha está sólidamente establecida: el 6 de junio de 1987 Aspillaga abandonó su puesto, cruzó de Checoslovaquia a Austria y se presentó ante los estadounidenses en Viena. La revista TIME contó entonces que había atravesado la frontera en un automóvil de la embajada.
Olson, que recibió el caso, recuerda en sus memorias un primer obstáculo casi absurdo: él no hablaba español y el cubano no dominaba el inglés, así que intentaron entenderse en ruso. Fue entonces cuando Aspillaga comenzó a recitar los nombres de oficiales de la CIA. Él y su acompañante fueron trasladados a un lugar seguro y evacuados con rapidez.
Con el tiempo, la fuga adquirió tintes cinematográficos. El escritor Malcolm Gladwell, a partir de entrevistas y relatos posteriores, cuenta que Aspillaga eligió deliberadamente el 6 de junio porque era el aniversario del Ministerio del Interior cubano, y que sacó a su novia de Checoslovaquia escondida en el maletero de un Mazda oficial. Es un relato posterior y conviene leerlo como tal, con menos certeza documental que la fecha, la ruta y su presentación ante los estadounidenses.
El momento no podía ser peor para La Habana. Nueve días antes, el 28 de mayo, el general de brigada Rafael del Pino Díaz había volado con su familia hasta Key West. En poco más de una semana, Estados Unidos recibía a un alto mando militar cubano y a uno de los desertores de inteligencia más valiosos de toda la Guerra Fría.
Cómo se engaña durante años a la CIA
Un agente doble no necesita mentir todo el tiempo. Para sobrevivir durante años dentro de un servicio adversario, tiene que entregar material verdadero suficiente como para parecer valioso. Esa fue la clave del éxito cubano.
Benjamin Fischer, antiguo historiador de la CIA y autor de un estudio sobre los agentes dobles en la Guerra Fría, explica que los servicios cubanos y del bloque oriental utilizaban los llamados dangles: personas colocadas a propósito en el camino del adversario para que este creyera haberlas descubierto y reclutado por sí mismo. Otras habrían sido abordadas de verdad por la CIA y luego detectadas, convertidas o controladas por la contrainteligencia cubana.
Fischer bautizó uno de los problemas resultantes como validation by production: dar por auténtica una fuente simplemente porque produce información en apariencia secreta y útil. Cuba podía dejar que el doble entregara datos ciertos de cierto nivel y proteger lo que de verdad importaba. Por eso afirmar que todo lo que recibió la CIA era falso también sería exagerado: una desinformación sofisticada mezcla verdad, material de poco valor y mentira deliberada. Precisamente eso la hace tan difícil de detectar.
El polígrafo no sirvió de nada
Una de las partes mejor documentadas y más sorprendentes del caso es que varios de esos agentes dobles habían superado pruebas de polígrafo de la CIA. Ya en agosto de 1987 un funcionario estadounidense lo reconoció ante la prensa y lo calificó como una muestra de mala práctica operativa y de contrainteligencia deficiente. Fischer encontró después cubanos que habían pasado más de una prueba; incluso cuando alguno dio señales sospechosas, el oficial que lo manejaba podía salir en su defensa, convencido de que su agente era legítimo.
La lección llegó al más alto nivel. En una reunión de 1987 recogida en la documentación histórica del Departamento de Estado, el secretario de Estado George Shultz puso el caso de los recientes agentes dobles cubanos como ejemplo de que aprobar un polígrafo no demuestra que alguien sea una fuente auténtica.
El fallo, en el fondo, no fue de la máquina sino humano. Cuando un oficial ha invertido tiempo, dinero y prestigio en un reclutamiento, tiene un incentivo para leer las señales dudosas a favor de su fuente. Olson señala además el deseo de que los reclutamientos salieran bien y una seria subestimación de la competencia profesional del servicio cubano.
Cuba estudiaba a los espías que la espiaban
Controlar a un supuesto agente estadounidense permitía algo más valioso que colar información falsa: observar al oficial de la CIA que lo manejaba. Cada cita clandestina, cada señal, cada punto muerto, cada sistema de comunicación se convertía en una lección. Según Fischer, los cubanos llegaron a recibir equipos estadounidenses avanzados de comunicación clandestina. Una operación diseñada para penetrar Cuba terminaba enseñándole a Cuba cómo trabajaba la CIA.
Y había cámaras. El 6 de julio de 1987, exactamente un mes después de la fuga de Aspillaga, la televisión cubana empezó a emitir La guerra de la CIA contra Cuba, una serie que la prensa estadounidense de la época describió como de seis programas, con imágenes grabadas en secreto de diplomáticos estadounidenses acercándose a puntos de entrega, depositando paquetes y manipulando equipos. El diario Granma publicó los nombres y las fotografías de 83 personas a las que acusaba de trabajar para la inteligencia de Estados Unidos. Diplomáticos extranjeros en La Habana dijeron entonces a The Washington Post que aquel material daba credibilidad a la idea de que las operaciones clandestinas estadounidenses estaban ampliamente comprometidas.
La lógica era impecable desde el punto de vista de la contrainteligencia: una vez perdido el secreto, porque Aspillaga podía contarlo todo, Cuba convertía un activo clandestino en un activo propagandístico. La prensa de la época vinculó también esa ofensiva televisiva con la deserción de Del Pino y el deterioro general de la relación bilateral; ambas explicaciones pueden convivir.
Las cifras del caso: qué significa cada número
Buena parte de las versiones exageradas del caso nacen de mezclar cifras que hablan de cosas distintas. Esta es la lectura correcta de cada una:
| Cifra | Qué significa |
|---|---|
| 38 | Cubanos que la CIA creía haber reclutado durante unos 26 años y que Aspillaga identificó como dobles, según James Olson. Es la cifra más clara. |
| Unos 48 | «Cuatro docenas»: cifra de reconstrucciones posteriores de Brian Latell y Benjamin Fischer, probablemente con un periodo o universo de cómputo más amplio. |
| 27 | Falsos agentes estadounidenses que, según Fischer, los medios cubanos identificaron públicamente. No es el total de dobles. |
| 83 | Personas cuyos nombres y fotos publicó Granma en julio de 1987 como presuntos agentes u oficiales estadounidenses. No eran 83 dobles cubanos. |
| Unos 170 | Oficiales de la CIA supuestamente comprometidos, según algunas reconstrucciones. Es difícil de verificar con documentación pública. |
| 350 | Agentes cubanos en distintos países cuya identidad Aspillaga decía poder revelar. No eran agentes dobles de la CIA. |
La diferencia importa. Decir que Aspillaga descubrió 350 agentes dobles de la CIA es falso. Lo correcto es que identificó decenas de fuentes de la Agencia como agentes dobles y aseguró tener información suficiente para comprometer a centenares de operativos cubanos en el exterior.
¿Quedó paralizada la CIA en Cuba?
Es la frase que más se repite y la que menos se sostiene. Un artículo de marzo de 1988 advertía que, si Cuba retiraba a los 350 agentes que Aspillaga podía identificar, quedarían paralizadas durante años las operaciones… de la inteligencia cubana. Parte de la literatura posterior parece haber trasladado ese verbo a la CIA.
Lo que sí está documentado es grave. En julio de 1987 funcionarios estadounidenses reconocían que su efectividad en La Habana había quedado reducida, y los diplomáticos filmados y denunciados estaban saliendo del país. En agosto admitían que aún no sabían cuántas operaciones estaban comprometidas, pero sí que algunas sensibles lo estaban y que la información obtenida debía revisarse y, quizá, descartarse. Esos informes habían llegado a la CIA y, presumiblemente, a la Casa Blanca.
El daño fue múltiple: informativo, porque había que revisar años de inteligencia; operativo, porque ya no se podía confiar en las fuentes ni en las redes construidas a su alrededor; metodológico, porque Cuba había visto cómo la CIA reclutaba, pagaba, comprobaba y se comunicaba con sus agentes; humano, porque oficiales estadounidenses quedaban identificados para futuras misiones; y reputacional. Olson recuerda que la evaluación de daños fue larga y dolorosa. Su alcance exacto sigue sin conocerse, porque el expediente completo no se ha desclasificado.
Aun así, la CIA conservaba otros medios —inteligencia electrónica, imágenes, fuentes fuera de la isla, análisis de información abierta, cooperación con otros servicios—, de modo que el desastre de su red humana en Cuba no equivale a una parálisis total. Quizá fue algo peor: obligó a la Agencia a preguntarse durante años qué parte de lo que creía saber sobre Cuba había sido elegida por el propio servicio cubano.
Una victoria y una derrota al mismo tiempo
La deserción de Aspillaga fue un enorme triunfo de inteligencia para Estados Unidos: consiguió una fuente excepcional dentro del aparato cubano y descubrió un engaño que llevaba décadas en marcha. Pero lo que reveló era, a la vez, la constatación de una gran derrota anterior de la CIA.
La Habana también pagó un precio. Según se informó en marzo de 1988, Cuba ya había llamado de vuelta a algunos de sus agentes en el exterior para evitar que quedaran expuestos. El éxito de contrainteligencia que los servicios de inteligencia cubanos habían mantenido en secreto durante años se volvió una vulnerabilidad en cuanto uno de sus arquitectos entregó al adversario el mapa del engaño.
Londres, Kennedy y el papel de Fidel Castro: lo que no está probado
En septiembre de 1988, el Reino Unido expulsó a diplomáticos cubanos después de que uno de ellos fuera acusado de disparar contra un automóvil en Londres. El Gobierno cubano sostuvo que el objetivo era Aspillaga y que este participaba en un intento occidental de reclutar diplomáticos cubanos. La policía confirmó que había una persona herida, pero ni Washington ni Londres respaldaron entonces toda la versión cubana. Aunque fuentes posteriores hablan de intentos de asesinato contra él, presentar aquel tiroteo como un complot de Castro plenamente demostrado sería ir más allá de lo documentado.
Más polémica aún es la historia que Aspillaga contó décadas después al exanalista de la CIA Brian Latell: que el 22 de noviembre de 1963, cuando trabajaba interceptando comunicaciones, recibió la orden de dejar de vigilar ciertas comunicaciones estadounidenses y centrarse en Texas. Latell la utilizó para plantear si Castro tuvo conocimiento previo del asesinato de John F. Kennedy. Pero una reseña del Center for the Study of Intelligence de la CIA sobre el libro de Latell señala que esa afirmación no tiene corroboración independiente. A diferencia de lo ocurrido con los agentes dobles, aquí solo hay un testimonio tardío.
Algo parecido ocurre con el papel personal de Fidel Castro. Latell y otros exoficiales cubanos sostienen que seguía de cerca las principales operaciones contra la CIA y que intervino en la selección y el manejo estratégico de algunos dobles. Hay motivos para tomarlo en serio, pero sin documentación cubana abierta no es posible atribuirle cada reclutamiento o decisión.
El final de Aspillaga
Aspillaga siguió colaborando y siendo interrogado durante un largo periodo, y vivió el resto de su vida en Estados Unidos. Murió allí el 22 de octubre de 2018, a los 71 años; las informaciones publicadas entonces atribuyeron su muerte a problemas cardíacos.
Su legado es una pregunta incómoda. Durante años, la CIA creyó estar mirando dentro del Gobierno cubano. Lo que Aspillaga reveló fue que, en muchos de esos casos, era el Gobierno cubano el que miraba dentro de la CIA. Cada falso agente funcionaba como una ventana de doble dirección: Washington preguntaba y creía recibir secretos, mientras La Habana aprendía qué quería saber su adversario, qué sabía ya, qué ignoraba y quién movía los hilos. Y la ironía final es que el hombre que permitió a Estados Unidos entender el engaño era, precisamente, uno de los que mejor sabían cómo se había construido.
