El pescador que le enseñó Cayo Piedra a Fidel y el hijo que llevó su timón

Familia Finalé, los guardianes de la isla secreta de Fidel.

En las fotos que han salido a la luz recientemente, Fidel y Raúl Castro aparecen en alta mar, a bordo de un yate, con las cañas en la mano y los peces colgando. Son imágenes que muchos cubanos no habían visto nunca y que contrastan con lo que ocurría en tierra al mismo tiempo: colas para conseguir un pedazo de pescado por la libreta. Pero lo más revelador de esas fotografías no es lo que ocupa el centro del encuadre, sino lo que queda en los márgenes. Siempre hay alguien más a bordo. Alguien al timón, alguien que sabe dónde está el pescado, alguien que conoce cada arrecife.

Durante más de medio siglo, buena parte de ese trabajo invisible tuvo un apellido: Finalé. Un padre pescador que, según el testimonio de un antiguo escolta de Fidel, le enseñó al comandante los cayos que acabarían convertidos en su refugio privado, y un hijo que llegó a contralmirante, fue patrón de sus embarcaciones y terminó despedido con honores militares y una corona de flores enviada por Raúl Castro.

Un pescador, un bote y un paraíso casi virgen

La historia arranca en abril de 1961, con los combates de Playa Girón recién terminados. Fidel Castro recorre entonces la Ciénaga de Zapata y la costa sur de Matanzas. Según Juan Reinaldo Sánchez, que durante 17 años formó parte de su escolta personal, fue en ese recorrido cuando conoció a un pescador de la zona al que todos llamaban «el viejo Finalé».

Sánchez lo relata en La vida oculta de Fidel Castro, el libro que escribió junto al periodista francés Axel Gyldén. En su versión, el pescador subió a Fidel a su embarcación y lo llevó hasta un par de cayos casi intactos: aguas transparentes, fondos repletos de vida y nadie alrededor. Para un aficionado apasionado a la pesca submarina, aquello era un hallazgo. El lugar, situado a unos 15 kilómetros de la costa, al sur de Bahía de Cochinos, es el que hoy se conoce como Cayo Piedra.

Conviene, sin embargo, leer ese episodio con cautela. Sánchez no era todavía escolta de Fidel en 1961: entró en ese círculo a finales de los años setenta y permaneció en él hasta 1994, de modo que lo que cuenta sobre aquel primer viaje lo conoce de oídas. Además, terminó rompiendo con el régimen y saliendo de Cuba, y no existe un registro independiente que confirme el encuentro. Otras investigaciones, como la del investigador Luis Domínguez que recoge CubaNet, sostienen que Fidel conoció la zona a través de los fareros locales. En lo que todas las versiones coinciden es en el momento: justo después de Girón.

Cayo Piedra: de islote salvaje a refugio de la familia Castro

Lo que vino después sí está mejor documentado. A mediados de los años setenta, según esas mismas investigaciones, en el cayo se levantaron casas, un muelle para yates, una pista para helicópteros, una piscina de agua dulce y un puente de hormigón de más de 260 metros que une los dos islotes. Todo ello puede verse hoy desde Google Earth.

Fidel y su esposa, Dalia, acudían casi todos los fines de semana, y en agosto la familia se instalaba allí un mes completo. Ningún cubano corriente llegó a pisar aquella arena. El cayo no era un destino turístico ni un espacio público: era un territorio reservado para el poder.

El equipo que salía antes del amanecer

En ese escenario, el papel del viejo Finalé iba mucho más allá de una anécdota fundacional. Según Sánchez, el pescador dirigía un equipo que salía al mar muy temprano, antes que nadie, para localizar las zonas donde más abundaba el pescado. Cuando Fidel llegaba con su arpón, el trabajo estaba prácticamente hecho: el comandante se sumergía exactamente donde tenía que hacerlo.

Detrás de las capturas espectaculares que mostraban las fotos había, por tanto, un grupo de pescadores profesionales trabajando para que el jefe no regresara nunca con las manos vacías.

Invitados de lujo en una isla solo accesible en yate o helicóptero

El cayo no fue solo un refugio familiar. Por allí pasó una lista de visitantes que impresiona. Sánchez menciona como los más asiduos al escritor Gabriel García Márquez y al geógrafo Antonio Núñez Jiménez, ambos muy cercanos a Fidel. También cita al expresidente colombiano Alfonso López Michelsen, al magnate estadounidense Ted Turner, fundador de la CNN, al empresario francés Gérard Bourgoin, conocido como «el rey del pollo», y al líder de la Alemania del Este Erich Honecker. Otras fuentes añaden al primer ministro canadiense Pierre Trudeau y al expresidente mexicano Luis Echeverría.

Un lugar al que solo se llega en yate o en helicóptero exige a alguien que lleve hasta allí a esas personalidades: alguien que domine el canal, los bajos y el tiempo, y que sea de absoluta confianza, porque lo que se conversaba en esas travesías no podía trascender. Ese era el mundo en el que se movían los Finalé.

El viejo Finalé no era un simple pescador

La imagen del pescador humilde que tuvo la fortuna de cruzarse con Fidel se desmorona al leer las fuentes oficiales. Su nombre completo era José María Finalé Villavicencio. En 2014, la Editora Política, la editorial del Partido Comunista de Cuba, publicó Fidel y la guerra desconocida, de Elvin Fontaine Ortiz. En sus páginas, el viejo Finalé figura con dos títulos: patrón de barcos y coronel del Ministerio del Interior. El hombre que le buscaba el pescado a Fidel tenía, por tanto, grado de oficial superior dentro del aparato de seguridad.

El libro recoge además su testimonio sobre una operación secreta de comienzos de 1965 en la playa Las Salinas, al sur de Pinar del Río. Según ese relato, la contrainteligencia cubana esperaba una embarcación procedente del exterior que debía desembarcar personas en Cuba y recoger a dos agentes. Había que interceptarla en el mar, y para ello se recurrió a los Finalé: al padre y a sus hijos.

Hay un detalle de ese testimonio que humaniza al personaje. El propio Finalé admite que, en la reunión de preparación con Fidel, se puso nervioso y no consiguió entender las dos variantes del plan que se discutían, por lo que otro participante tuvo que asumir la dirección de la maniobra. Un veterano del mar que conocía cada piedra de la costa, bloqueado ante el comandante en jefe. Después, el grupo partió en lanchas desde La Coloma y se apostó cerca de punta Santo Domingo.

Chuchi y Kiki: los hijos al mando de las lanchas

En ese mismo libro aparecen los hijos. Uno de ellos, Jesús Finalé Águila, al que llamaban Chuchi, cuenta que conducía una de las lanchas rápidas y que su hermano, Kiki, llevaba la otra. Habla de problemas con las coordenadas, de órdenes que llegaban desde tierra e incluso de disparos recibidos por una confusión con fuerzas propias. Otro participante, Pedro Rodríguez Vargas, lo resume sin rodeos: las lanchas estaban a cargo de Finalé y sus hijos.

No se trataba, pues, de la amistad entre un dirigente y un pescador, sino de una familia entera al servicio de las operaciones marítimas más delicadas del Estado. Y era una familia numerosa: el viejo Finalé y su esposa, Esther Águila Gaitán, tuvieron 14 hijos.

Kike Finalé: de tercer grado a contralmirante

De todos ellos, uno llegó mucho más lejos. Se llamaba como su padre, José María Finalé Águila, aunque en el mundo naval todos lo conocían como Kike, o Kiki, Finalé. Nació el 14 de octubre de 1939 en Cárdenas, Matanzas, en una familia grande y pobre. Según la nota necrológica publicada por Granma, solo cursó hasta tercer grado. Desde muy joven pescó junto a su padre para ayudar en casa, y antes de 1959 ya era patrón de barcos.

Tras el triunfo de la Revolución, siempre según la prensa oficial, fue reclutado por la Seguridad del Estado por su confiabilidad y su seriedad. Participó en la lucha contra los alzados del Escambray, la llamada Lucha contra Bandidos, y en los combates de Playa Girón, con apenas 21 años. En 1966 fue nombrado jefe de la Unidad Naval del Norte.

La línea más reveladora de aquella necrológica, que recogió CubaNet al informar de su muerte, es otra: Kike Finalé fue en numerosas ocasiones patrón de las embarcaciones de Fidel Castro. El hijo del hombre que, según Sánchez, le mostró Cayo Piedra al comandante acabó llevando el timón cuando este salía al mar.

La misma nota afirma que cumplió «importantes misiones internacionalistas», sin precisar dónde, cuándo ni de qué tipo. En las biografías oficiales cubanas, ese tipo de silencios suele apuntar a episodios que no se pueden contar. Es una lectura, no un dato comprobado, pero el vacío en la trayectoria de un marino de la Seguridad del Estado resulta elocuente.

El guardián de los barcos del comandante

Juan Reinaldo Sánchez ofrece la mirada de alguien que lo trató de cerca. En 2013 publicó un texto titulado «Varadero, vieja costumbre de la familia Castro», en el que describe a Kike Finalé como jefe de la Marina Gaviota de Punta Francés y como oficial de la Seguridad Personal de Fidel, dentro de su Departamento Naval. Según su relato, estaba directamente vinculado al cuidado y mantenimiento de los barcos del comandante en la Ciénaga de Zapata, precisamente la zona desde la que partían los yates hacia Cayo Piedra.

Sánchez cuenta también que los hijos de Fidel visitaban la marina de Varadero y salían de pesca desde allí. Los Finalé, por tanto, no atendían solo al padre, sino a toda la familia Castro.

Con los años, Kike Finalé alcanzó el grado de contralmirante, equivalente al de general de brigada y por debajo del de vicealmirante. Fue además director general de Marinas Gaviota, la red de puertos deportivos del Grupo Gaviota, el conglomerado turístico controlado por los militares. El muchacho de Cárdenas con tercer grado terminó al frente de los muelles donde atracan los yates de los turistas extranjeros.

La huella de los Finalé en Varadero

EcuRed, la enciclopedia oficial cubana, le atribuye un papel destacado en Varadero, aunque se trata de una versión oficial que no siempre cuenta con una segunda fuente. Según EcuRed, en los años setenta participó en un bojeo a Cuba junto a Antonio Núñez Jiménez, el mismo geógrafo que figuraba entre los invitados más frecuentes de Cayo Piedra. También le atribuye haber impulsado, hacia 1980, las instalaciones para el estudio de delfines y tortugas en Rancho Cangrejo, cerca de Varadero, y haber construido en 1989, con su hija Vilma, un restaurante llamado El Galeón.

La misma fuente sostiene que en 1993 participó, junto a familiares, en la creación del Parque Marino de Cayo Piedras del Norte. No hay que confundirlo con el refugio de Fidel: Cayo Piedras del Norte está en la costa norte, frente a Varadero, mientras que Cayo Piedra está en el sur. Aun así, no deja de ser irónico que el apellido Finalé quede asociado a ambos.

Todavía hoy, en la marina de Varadero, existe un restaurante llamado Kike-Kcho. Según la revista Buen Viaje a Cuba, el nombre une el apodo de Kike Finalé, a quien describe como un experimentado patrón de barcos, con el del artista plástico Alexis Leyva, Kcho, del que era amigo. Kcho fue también un hombre muy próximo a Fidel en sus últimos años.

El apellido deja incluso un rastro en la ciencia. En 2003, la revista Hidrobiológica publicó un estudio sobre los fondos marinos al norte de Matanzas cuyos autores agradecen la colaboración de un coronel José María Finalé y de la tripulación del buque Delfín, de Marina Gaviota. Con los datos disponibles, es imposible saber si se refieren al padre o al hijo.

Honores, una corona de Raúl y un mausoleo reservado

En septiembre de 2013, la Sociedad Cultural José Martí entregó a Kike Finalé la distinción La Utilidad de la Virtud. Cuatro años después, el 4 de junio de 2017, murió en La Habana a los 77 años a causa de una enfermedad cerebrovascular aguda.

Su despedida dice mucho del lugar que ocupaba. Raúl Castro envió una corona de flores y acudieron representantes de la Marina de Guerra, de las Fuerzas Armadas y del Ministerio del Interior. Sus cenizas se expusieron en el Panteón de los Veteranos del cementerio de Colón y estaba previsto trasladarlas después al Mausoleo del Segundo Frente Oriental Frank País, en Santiago de Cuba.

Ese mausoleo no es un lugar cualquiera. Allí descansa Vilma Espín, la esposa de Raúl, y es el sitio que el propio Raúl Castro eligió para su descanso final. Que un marino nacido en Cárdenas termine en ese mismo recinto refleja la cercanía que tuvo con los Castro, en la línea de otros hombres de confianza absoluta como el jefe de escolta que guardaba los secretos de Fidel o el general sin biografía que lleva décadas junto a Raúl.

Del padre, en cambio, apenas queda rastro público. No hay fecha de nacimiento ni de muerte conocidas; solo consta que, cuando se publicó el libro de Fontaine en 2014, ya había fallecido. El hombre que, según el relato de Sánchez, le mostró a Fidel su paraíso privado se marchó sin una necrológica en Granma, al menos que se sepa.

El poder que no sale en el centro de la foto

La historia de los Finalé ilustra una forma de ejercer el poder en Cuba que no aparece en los discursos ni en las tribunas, sino en los márgenes de fotos que salen a la luz décadas después. Una familia de pescadores de Cárdenas, con un padre coronel del MININT y un hijo contralmirante, se encargó durante más de medio siglo de cuidarle el mar a Fidel Castro: le buscaba el pescado, le llevaba el timón, le mantenía los barcos y le trasladaba a los invitados. Como ocurrió con figuras discretas como Juanita Vera, su traductora y coronel de inteligencia, la lealtad silenciosa se convirtió en su principal credencial.

Mientras tanto, a millones de cubanos se les prohibía tener un bote, y salir al mar sin permiso podía terminar en la cárcel. En los discursos, el mar era de todos. En la práctica, tenía dueño, y también guardianes.

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