Ayuda soviética a Cuba: dónde se esfumaron los 65.000 millones de la URSS

Fidel Castro en un cartel soviético

Entre 1960 y 1990, según las estimaciones de los economistas que más han estudiado el tema, la Unión Soviética transfirió a Cuba algo más de 65.000 millones de dólares en ayuda económica. Fueron tres décadas de petróleo, créditos y azúcar comprada muy por encima de su precio real. Y, sin embargo, cuando ese flujo se cortó, la economía de la isla se hundió en menos de cuatro años. Desde entonces muchos cubanos se hacen la misma pregunta: ¿adónde fue a parar todo ese dinero?

La respuesta más repetida —que se lo quedó Fidel Castro— es también la más fácil, y no es la que sostienen los datos. Lo que muestran las cifras es algo distinto y, en cierto modo, más grave: la ayuda soviética no desapareció en un bolsillo, sino dentro de un modelo económico que nunca aprendió a sostenerse por sí mismo.

El derrumbe que puso a prueba tres décadas de ayuda

Para medir lo que significó aquella ayuda conviene empezar por el momento en que dejó de llegar. Según un informe que el propio Gobierno cubano presentó ante Naciones Unidas, entre 1989 y 1993 la economía perdió más de un tercio de su producción. No se trata de cifras de adversarios del régimen, sino de datos oficiales.

El economista José Luis Rodríguez, que llegó a ser ministro de Economía, recoge que en esos mismos años las importaciones cayeron alrededor de tres cuartas partes. La producción de azúcar, emblema nacional, bajó de unos 8 millones de toneladas a poco más de 4. La de cemento se redujo a una cuarta parte.

El coste humano fue igual de contundente. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) informaron de que el Ministerio de Salud Pública cubano había identificado más de 50.000 casos de neuropatía entre 1992 y 1994, según su informe sobre la epidemia de neuropatía en Cuba. Eran personas que perdían visión o sensibilidad en los pies; los investigadores vincularon la epidemia sobre todo a carencias alimentarias, aunque también a otros factores como el tabaco y el alcohol. Es la historia que contamos en detalle en la epidemia de neuropatía y la pastilla amarilla del Período Especial.

Un estudio publicado en la revista médica británica BMJ calculó, además, que durante la crisis de los años noventa los cubanos perdieron de media unos 5 kilos de peso, según recogió HealthDay. Un país entero adelgazó por obligación.

La contradicción es evidente: si durante treinta años entraron decenas de miles de millones, ¿cómo pudo bastar el cierre del grifo soviético para provocar un colapso de esa magnitud?

Qué eran realmente los 65.000 millones

La cifra no es un rumor. Procede de una estimación del economista Carmelo Mesa-Lago, uno de los grandes especialistas en la economía cubana, publicada en 1993 y retomada después por Jorge Pérez-López en un estudio de 1998. Según esos cálculos, la ayuda económica soviética entre 1960 y 1990 superó ligeramente los 65.000 millones de dólares.

Pero esa suma no fue nunca un cheque. No hubo aviones cargados de dólares ni cuentas en Suiza con ese saldo. Lo que hicieron los economistas fue sumar, a lo largo de tres décadas, el valor de todas las ventajas que Cuba obtenía de su relación con Moscú.

Según el desglose de Pérez-López, aproximadamente seis de cada diez partes eran subsidios a través de los precios: dinero que no se entregaba directamente, sino que iba incorporado al comercio. Las otras cuatro eran créditos, tanto para cubrir el déficit comercial como para levantar fábricas.

La ayuda tampoco fue uniforme en el tiempo. En los años sesenta y la primera mitad de los setenta fue relativamente modesta; el grueso llegó en los ochenta, que concentraron dos de cada tres dólares de todo el periodo. Solo entre 1981 y 1985 rondó los 22.000 millones, el equivalente a unos 12 millones de dólares diarios durante cinco años. De ahí que muchos recuerden esa década como la «época dorada» de la carne rusa enlatada, los muñequitos rusos y los Lada. No es una nostalgia inventada: fueron los años en que más ayuda entraba.

El azúcar a precio de oro

El mecanismo se entiende mejor con el azúcar. Moscú compraba la producción cubana a un precio pactado muy superior al del mercado mundial. Pérez-López señala que en 1985, sobre el papel, la Unión Soviética pagaba por cada libra de azúcar cubana unas diez veces lo que costaba en el mercado internacional. Con un matiz técnico: ese precio se fijaba en la contabilidad del comercio socialista, no en dólares utilizables en cualquier parte del mundo.

La diferencia entre el precio real y el pactado era la ayuda. No llegaba en efectivo, sino convertida en petróleo, camiones, conservas o piezas de repuesto.

El petróleo que Cuba revendía

Con el combustible ocurría algo parecido, aunque con matices que pocas veces se cuentan. Moscú garantizaba un suministro estable y, durante muchos años, más barato que el internacional. Pero no siempre: la fórmula soviética tomaba como referencia la media de los cinco años anteriores, de modo que cuando el crudo se abarató en el mundo en 1986, el precio soviético tardó en bajar y durante un tiempo dejó de ser una ventaja. Hablar de treinta años de petróleo regalado es, por tanto, una simplificación.

Uno de los aspectos más llamativos es que Cuba no solo consumía ese petróleo: también lo revendía. Parte del crudo y sus derivados se vendía en mercados occidentales a cambio de divisas. Según un informe del Banco Nacional de Cuba citado por Pérez-López, a mediados de los ochenta esas reventas superaron el 40% de todos los ingresos del país en moneda convertible, aproximadamente el doble de lo que aportaba el azúcar. La gran potencia azucarera vivía, en buena medida, de revender combustible ajeno.

Créditos que eran casi regalos

A todo ello se sumaban préstamos en condiciones excepcionales. Naciones Unidas describe un acuerdo de diciembre de 1972 por el que Moscú aplazaba hasta 1986 el pago de toda la deuda acumulada por Cuba, que después podría devolverse en 25 años y sin intereses. En la práctica, era un regalo con apariencia de préstamo.

Qué obtenía Moscú a cambio

La generosidad soviética no respondía solo al internacionalismo. Moscú recibía bienes reales: un informe de la inteligencia estadounidense de 1984 identificaba el azúcar, el níquel y los cítricos como las principales exportaciones cubanas hacia la URSS. Una parte de lo que llegaba a la isla se pagaba, por tanto, con trabajo cubano.

Lo más valioso, sin embargo, era la geografía. Cuba está a unos 150 kilómetros de Florida, y en plena Guerra Fría esa cercanía no tenía precio. El ejemplo más claro es la base de Lourdes, al sur de La Habana, un gran centro soviético de espionaje electrónico desde el que se interceptaban comunicaciones de Estados Unidos. Un memorando estadounidense de 1979 calculaba que allí trabajaban unos 1.500 militares soviéticos. Cuando Vladímir Putin anunció su cierre en octubre de 2001, alegando motivos económicos, Raúl Castro llegó a afirmar que Moscú obtenía de ella el 75% de su información estratégica militar, una cifra que también recoge GlobalSecurity en su ficha sobre Lourdes. Es una valoración de Raúl Castro, no de un estudio independiente, pero ilustra el valor que La Habana atribuía a la instalación.

Moscú obtenía también presencia militar en otros continentes. Un informe de la CIA de 1984 estimaba en unos 40.000 los militares cubanos desplegados en el extranjero, la mayoría en Angola y varios miles en Etiopía. La URSS ponía las armas y el transporte; Cuba, los hombres y los muertos.

No todo, sin embargo, era obediencia al Kremlin. El historiador Piero Gleijeses, que trabajó con archivos cubanos y soviéticos, demostró que la decisión de enviar tropas a Angola en 1975 la tomó La Habana por su cuenta, sin consultar antes a Moscú, como documenta la colección de documentos del National Security Archive sobre Cuba y Angola. El embajador soviético de la época, Anatoli Dobrynin, lo confirmó.

El tercer beneficio fue político: un aliado con voz en el Tercer Mundo. El 23 de agosto de 1968, Fidel Castro respaldó públicamente la invasión soviética de Checoslovaquia que aplastó la Primavera de Praga. El líder que se presentaba como defensor de la soberanía de los países pequeños aplaudía la entrada de los tanques de una superpotencia en uno de ellos. Las tensiones entre La Habana y Moscú venían de antes, como muestra el choque del Che Guevara con la Unión Soviética.

¿Compensaba todo eso la ayuda recibida? Nadie ha podido hacer esa cuenta con rigor. Lo que sí está claro es que, en términos económicos, Cuba recibía mucho más de lo que entregaba, y que Moscú seguía pagando por razones estratégicas, no comerciales.

En qué se gastó la ayuda soviética

Afirmar que con aquella ayuda no se hizo nada es falso. Según datos cubanos recogidos por Pérez-López, hasta 1986 la Unión Soviética había colaborado en 360 proyectos terminados y en casi 300 más en construcción. Las instalaciones levantadas con apoyo soviético generaban alrededor de siete de cada diez kilovatios del país, con termoeléctricas de tecnología soviética en el Mariel, Santiago de Cuba y Nuevitas. Muchas de las plantas cuyas averías provocan hoy los apagones son, en buena parte, herencia de aquella época.

El azúcar también recibió su parte: en el quinquenio 1976-1980 se modernizaron más de 40 centrales y se inauguraron dos nuevos. Y una porción enorme de la ayuda, simplemente, se consumió en forma de comida, combustible y materias primas. El petróleo que movía las guaguas y encendía los bombillos se quemaba y desaparecía, que es el destino normal de un combustible. Ya en 1969, un documento de la inteligencia estadounidense reconocía que la ayuda exterior permitía a Cuba consumir e invertir más de lo que producía, y que se destinaban grandes sumas a educación, salud y fuerzas armadas.

Hubo resultados sociales visibles. La CEPAL situaba la esperanza de vida en Cuba en 1989 en unos 75 años y la mortalidad infantil en unos 11 por cada 1.000 nacidos vivos, cifras muy favorables para la región en aquel momento. Esos logros no pueden atribuirse solo a Moscú —detrás estuvo el trabajo de miles de maestros y médicos cubanos—, pero tampoco pueden separarse de aquel flujo de recursos.

Hay, sin embargo, un dato que matiza la idea de abundancia: la libreta de abastecimiento se creó por la Ley 1015 del 12 de marzo de 1962. Durante casi todo el periodo de ayuda soviética, los cubanos compraron con cuota. Ni siquiera en la «época dorada» hubo abundancia real: había lo justo, garantizado y subsidiado. La libreta, por cierto, sigue siendo hoy objeto de debate, como explicamos al analizar quién la conserva y qué pasa con las bodegas.

Dónde se esfumó realmente el dinero

Si hubo fábricas, escuelas y hospitales, ¿por qué todo se vino abajo? Porque el dinero no se perdió en un bolsillo, sino en un modelo que no podía funcionar sin el sostén externo. Cuatro ejemplos lo ilustran.

Juraguá, la central nuclear que nunca dio un kilovatio

La central electronuclear de Juraguá, en Cienfuegos, se proyectó con dos reactores soviéticos y llegó a simbolizar el futuro energético de Cuba. Un representante cubano ante el Organismo Internacional de Energía Atómica confirmó que la obra se paralizó el 5 de septiembre de 1992 por razones económicas y financieras, tras la desaparición de la URSS. Un estudio de 1998 calcula que se habían invertido allí unos 1.100 millones de dólares. Nunca produjo electricidad, y hoy es un esqueleto de hormigón. Su historia aparece también en nuestro análisis sobre si Cuba llegó a tener armas nucleares.

La refinería que se quedó sin petróleo

Muy cerca, la refinería de Cienfuegos, construida con apoyo soviético, abrió en 1991 y cerró apenas cuatro años después por falta de crudo, según una investigación histórica sobre la ciudad. Estaba pensada para procesar petróleo soviético y, cuando este dejó de llegar, perdió su razón de ser. No volvió a operar hasta 2007, con petróleo venezolano. Es la clave de toda esta historia: una fábrica puede existir físicamente y no servir para nada si le falta lo que la alimenta.

La zafra de los 10 millones

En 1970, Fidel Castro prometió una cosecha de 10 millones de toneladas de azúcar y movilizó al país entero, incluidos profesionales sacados de sus oficinas para cortar caña. Se alcanzaron unos 8,5 millones: una zafra récord, pero por debajo de la meta, y con el resto de la economía desorganizada por el esfuerzo. El investigador Hagelberg señala que hubo advertencias técnicas sobre los límites del sistema y que apenas una de cada cien cañas se cortó con máquinas. El problema no era la falta de voluntad, sino la distancia entre lo prometido en la tribuna y lo que el país podía hacer.

El cierre de los mercados campesinos

El cuarto ejemplo es el más revelador, porque ocurrió antes del fin de la URSS. En 1980 se abrieron los mercados libres campesinos, donde los productores podían vender parte de su cosecha a precios libres. En 1986, Fidel Castro los cerró dentro del llamado proceso de rectificación de errores y tendencias negativas. El economista Bruno Sovilla ha estudiado cómo la intervención personal de Fidel desordenaba la planificación y cómo, con la rectificación, las decisiones volvieron a concentrarse en la cúpula. Sovilla recoge datos de un instituto oficial cubano según los cuales, tras aquel giro, hacía falta más pienso para producir el mismo kilo de carne y una quinta parte más de combustible para obtener la misma producción.

Atribuir esa caída al sistema político es la tesis de Sovilla. Pero los datos apuntan en una dirección clara: la economía cubana se estaba volviendo menos eficiente justo antes de perder el respaldo de Moscú.

Una dependencia total: cliente, prestamista y proveedor

Según Mesa-Lago, en 1989 unas ocho de cada diez partes del comercio exterior cubano se realizaban con el bloque socialista. Cuando ese bloque desapareció, Cuba no perdió solo una subvención: perdió a la vez a su principal cliente, a su prestamista y a su proveedor.

Cuando alguien paga el azúcar a precio de oro, cualquier central parece rentable. Pero producir mucho para un comprador que te protege no equivale a saber competir. Investigadores rusos que estudiaron el comercio bilateral señalan que las compras preferenciales empujaron a Cuba a concentrarse en el azúcar y el níquel y la hicieron cada vez más dependiente del mercado socialista. La ayuda, en lugar de fortalecer la economía, la acostumbró a depender.

Hay otro factor que también forma parte de la historia: el embargo de Estados Unidos, en vigor desde el 7 de febrero de 1962. El mismo documento estadounidense de 1969 reconocía que la falta de piezas norteamericanas afectaba a los centrales azucareros y obligaba a buscar sustitutos muy caros. Pero ese texto también mencionaba problemas internos de planificación y gestión. El embargo no borra los errores propios, ni los errores propios borran el embargo, y no existe una forma rigurosa de atribuir a cada uno un porcentaje exacto del fracaso.

Taiwán y Corea del Sur: otra forma de usar la ayuda

La comparación con dos economías asiáticas resulta especialmente reveladora. Según una evaluación conservada por la agencia estadounidense USAID, Taiwán recibió unos 1.500 millones de dólares en ayuda económica de Estados Unidos entre 1951 y 1965. En esos años, casi la mitad de la inversión de la isla se financiaba con esos fondos: Taiwán también dependía enormemente de su protector. Pero en 1961 Washington le comunicó que la ayuda terminaría en 1965, y, según un estudio publicado por el Banco Mundial, esa fecha límite empujó al país a reformarse y exportar. Una reforma agraria convirtió a los campesinos en dueños reales de lo que producían, con acceso a riego, almacenes, transporte y compradores. En 1964 Taiwán ya exportaba más de lo que importaba.

Corea del Sur, según la OCDE, recibió unos 13.000 millones de dólares de ayuda entre 1945 y 1995: una quinta parte de lo que obtuvo Cuba, repartida a lo largo de medio siglo. En 2010 pasó a formar parte del grupo de países donantes. Sus exportaciones se multiplicaron por cien entre 1964 y 1977: empezaron con ropa y calzado y acabaron con barcos, acero y electrónica.

Corea no era un paraíso del libre mercado. El Estado intervenía con fuerza, controlaba los bancos y decidía a quién se concedía crédito. La diferencia es que a las empresas se les exigían resultados: quien exportaba seguía recibiendo apoyo; quien no, lo perdía. La ayuda funcionaba como una muleta temporal, no como un soporte permanente.

La comparación tiene límites. Taiwán y Corea tenían acceso al mercado estadounidense, algo que Cuba no tuvo pese a su cercanía, y ambos fueron dictaduras durante esas primeras décadas. Tampoco tiene sentido la idea de que Cuba recibió «cinco planes Marshall», que mezcla cifras de épocas y países distintos. Lo que sí enseñan estos casos es que la ayuda exterior no es buena ni mala en sí misma: depende de lo que se haga con ella. Taiwán y Corea la usaron para aprender a valerse por sí mismos; Cuba, en gran medida, para no tener que hacerlo.

¿Se robó Fidel Castro la ayuda soviética?

Las fuentes serias no demuestran que los 65.000 millones terminaran en una fortuna personal de Fidel Castro. Por la propia naturaleza de la ayuda —precios favorables, petróleo y créditos, mucho más que dinero en efectivo—, habría sido muy difícil. Eso no excluye que hubiera corrupción o desvíos durante tres décadas, pero afirmar un robo de esa magnitud exigiría documentos, cuentas y nombres, y esa prueba no existe para la cifra completa.

Que no hubiera un robo no exime de responsabilidad. El que roba se lleva una parte; el que dirige mal una economía durante treinta años, con un respaldo externo excepcional, malgasta la oportunidad de un país entero. Y Fidel Castro no fue un espectador: decidía las zafras, cerró los mercados campesinos e imponía metas imposibles desde la tribuna.

El epílogo: una deuda que nunca se pagó

Parte de la ayuda llegó como préstamos, y los préstamos generan deuda. En 2014 Rusia ratificó un acuerdo, firmado el año anterior, para condonar el 90% de la deuda cubana de origen soviético, valorada en unos 35.000 millones de dólares. Según explicó entonces el viceministro ruso de Finanzas, aproximadamente la mitad de esa cantidad eran intereses, e incluía también proyectos financiados que nunca se terminaron, como Juraguá. Moscú acabó dando por perdido casi todo lo que había prestado.

Una oportunidad histórica desaprovechada

Los 65.000 millones no se esfumaron en una maleta. Se diluyeron por cuatro vías: una parte se consumió en alimentos, combustible y servicios; otra se invirtió en fábricas y centrales que nunca aprendieron a funcionar sin el petróleo soviético; otra se enterró en proyectos que no llegaron a nada, como la central nuclear; y otra sirvió para sostener una economía que vivía de vender azúcar cara a un solo cliente, en lugar de prepararse para el día en que ese cliente desapareciera.

La ayuda soviética fue, probablemente, la mayor oportunidad económica de la historia de Cuba: tres décadas de un respaldo que ningún otro país de América Latina tuvo. Cuando terminó, lo que quedó no fue una economía capaz de sostenerse, sino apagones, una libreta cada vez más delgada y una población obligada a sobrevivir con casi nada. La pregunta pendiente no es tanto dónde está el dinero, sino por qué, con todo ese dinero, no se construyó un país capaz de caminar solo.

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