La neuropatía epidémica cubana: hambre, política y la pastilla amarilla del Período Especial

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En los primeros años de la década de 1990, mientras Cuba entraba en una de las crisis más duras de su historia reciente, una enfermedad comenzó a avanzar de forma silenciosa. No se manifestaba con explosiones ni con ruinas visibles, sino con una señal íntima y aterradora: la visión de miles de personas empezó a apagarse.

Primero era una mancha borrosa en el centro del campo visual. Después, los colores perdían nitidez. El rojo y el verde podían confundirse. Leer se volvía difícil. Reconocer un rostro, también. Para otros, el sufrimiento se instalaba en las extremidades: hormigueos, calambres, ardor en manos y pies, una sensación persistente de desgaste físico.

Entre 1991 y 1994, más de 50.000 personas en la isla padecieron lo que terminaría siendo conocido como la neuropatía epidémica cubana. Fue una crisis sanitaria, pero también algo más: una grieta en el relato político de un país que se presentaba como potencia médica mientras una parte de su población enfermaba en medio del colapso económico y alimentario.

La historia de aquella epidemia no puede separarse del hambre, de las tensiones dentro del poder, de las discusiones científicas ni de una pequeña pastilla amarilla que quedó grabada en la memoria de quienes vivieron el Período Especial: el Polivit.

Una enfermedad que empezó por los ojos

Los primeros reportes llegaron desde Pinar del Río, la provincia occidental asociada al cultivo del tabaco. A finales de 1991, comenzaron a presentarse pacientes, muchos de ellos hombres trabajadores del campo y fumadores, que acudían alarmados porque estaban perdiendo la visión.

Al inicio, la explicación pareció buscarse en factores asociados a ese perfil: el tabaco, el consumo de alcohol o una posible intoxicación. En la primavera de 1992, los datos iniciales mostraban una tendencia marcada: el 90% de los pacientes eran hombres adultos y el 90% fumadores empedernidos. Muchos también eran bebedores habituales de ron.

La coincidencia con una zona tabacalera llevó a explorar si el tabaco podía contener algún pesticida o tóxico nuevo. Pero los casos no se detuvieron. Dejaron de ser decenas y se convirtieron en cientos. Luego, la enfermedad se desplazó: desde Pinar del Río hacia La Habana y, más tarde, hacia el oriente del país.

La neuropatía tenía dos formas principales. La óptica era la más evidente: los pacientes perdían visión central por la aparición de un escotoma, una especie de punto ciego en el centro del ojo. Podían conservar visión lateral, pero les resultaba imposible enfocar con claridad lo que tenían delante.

La forma periférica provocaba otro tipo de tormento. Se manifestaba con calambres, hormigueos intensos y sensación de quemazón en manos y pies. Algunos pacientes describían el dolor como si caminaran sobre brasas o como si tuvieran las piernas mojadas todo el tiempo. A esto se sumaban fatiga extrema, irritabilidad y dificultades para orinar.

Aquello no era una dolencia menor. Era el sistema nervioso dando señales de agotamiento.

El Período Especial como telón de fondo

Para comprender la magnitud de la epidemia hay que volver a 1991. Con el derrumbe de la Unión Soviética, Cuba perdió el 80% de su comercio exterior. El petróleo subsidiado dejó de llegar, los tractores se detuvieron, los fertilizantes desaparecieron y la industria nacional quedó casi paralizada.

Fidel Castro anunció el inicio del Período Especial en Tiempo de Paz. Para la población, esa fórmula política se tradujo en una realidad concreta: hambre.

La ingesta calórica promedio cayó de unas 3.000 calorías diarias a poco más de 1.800 en cuestión de meses. La carne desapareció de muchas mesas, los lácteos se volvieron un recuerdo y la dieta cotidiana se redujo a arroz cuando había, frijoles en ocasiones y azúcar como recurso para engañar al estómago.

Ese fue el terreno sobre el que avanzó la neuropatía epidémica cubana. La enfermedad no apareció en el vacío. Surgió en una sociedad sometida a una dieta de subsistencia, con estrés extremo y una pérdida abrupta de alimentos esenciales.

La explicación prohibida: el hambre

El gobierno necesitaba una explicación rápida. Pero había una causa que resultaba políticamente difícil de aceptar: la desnutrición.

Reconocer que la epidemia estaba vinculada con el hambre implicaba admitir que el Estado no había podido garantizar algo elemental: alimentar a la población. También suponía reconocer que la estrategia de resistencia del Período Especial estaba teniendo un costo biológico directo.

En ese contexto surgieron otras hipótesis. La que más fuerza adquirió en el discurso oficial fue la viral. Se habló de un virus desconocido o de una mutación extraña del Coxsackie que estaría atacando los nervios de los cubanos.

Desde el punto de vista político, esa explicación resultaba conveniente. Si la causa era un virus, podía presentarse como un agente externo, no como el resultado de una crisis alimentaria interna. Incluso se deslizó la posibilidad de un ataque biológico, asociado a la CIA o introducido desde la Base Naval de Guantánamo.

Fidel Castro mencionó en sus discursos la rareza de la enfermedad y planteó una pregunta que alimentaba esa lectura: por qué, si existían países con más hambre, algo así parecía ocurrir solo en Cuba.

Pero en hospitales y consultas médicas, muchos profesionales observaban otra cosa. Veían pacientes que habían perdido diez, quince o veinte libras en pocos meses. Veían cuerpos consumidos por la falta de alimentos. Y empezaron a encontrar conexiones con otras epidemias históricas, como el beriberi o la llamada Ambliopía del Bloqueo, sufrida en la isla a finales del siglo XIX, en un contexto de dieta forzada de subsistencia y estrés extremo.

La causa comenzaba a perfilarse como tóxico-nutricional.

Cuando el cuerpo se queda sin combustible

La explicación médica que se fue imponiendo tenía una lógica clara. El sistema nervioso necesita energía para funcionar. Esa energía la producen las mitocondrias, presentadas en el guion como las centrales eléctricas de las células. Para cumplir su función requieren nutrientes específicos, entre ellos vitaminas del complejo B, como la tiamina o B1, además de ácido fólico y B12.

En la Cuba de aquellos años, la población había dejado de consumir con regularidad alimentos como carne, huevos y leche, fuentes importantes de esas vitaminas. Al mismo tiempo, muchas personas recurrían a azúcar y carbohidratos para compensar la falta de comida.

Ahí aparecía una trampa metabólica: procesar azúcar consume vitamina B1. La poca vitamina disponible se gastaba en procesar el agua con azúcar que muchos tomaban para obtener energía.

A esa carencia se sumaban los tóxicos. El consumo de tabaco seguía siendo alto, y ante la falta de ron de calidad aparecieron bebidas caseras como la chispa’e tren o el alcohol de reverbero. Según el guion, el tabaco aportaba cianuro y el alcohol casero podía contener metanol. En un cuerpo bien nutrido, el hígado tiene mejores condiciones para procesar y eliminar esos venenos. Pero para esa desintoxicación necesita aminoácidos provenientes de la proteína animal.

Sin proteínas suficientes, el organismo quedaba atrapado entre varias agresiones simultáneas: falta de vitaminas para proteger los nervios, exceso de azúcar que consumía las pocas reservas disponibles y toxinas que el cuerpo no podía eliminar con eficacia.

El resultado fue devastador: las neuronas ópticas y periféricas quedaban sometidas a hambre e intoxicación al mismo tiempo.

Héctor Terry y el costo de contradecir la narrativa oficial

En medio de esa tensión aparece una figura central: el doctor Héctor Terry Molinert, entonces viceministro de Salud Pública de Cuba, encargado de higiene y epidemiología.

Según testimonios mencionados en el guion, Terry sostuvo ante la cúpula del poder que no había un virus ni un ataque biológico, sino un problema de alimentación. Su planteamiento apuntaba a que la dieta basada en sucedáneos e inventos no podía sostener adecuadamente la vida.

La reacción fue dura. Terry fue destituido de su cargo. Quienes vivieron aquella época recuerdan su desaparición de la vida pública y su caída como una advertencia para la comunidad científica: la ciencia no podía contradecir a la política.

El caso de Terry resume una de las tensiones más profundas de la epidemia. No se trataba solo de diagnosticar una enfermedad, sino de nombrar su causa en un sistema donde ciertas explicaciones tenían consecuencias políticas.

La soya, entre solución oficial y miedo popular

Otro símbolo de aquellos años fue la soya. El gobierno la importó masivamente para suplir la falta de carne. El llamado picadillo de soya o picadillo extendido pasó a formar parte de la dieta de emergencia del Período Especial.

El problema, según el guion, era que la soya por sí sola no sustituía todas las funciones de la proteína animal si no estaba bien procesada y suplementada. Además, contenía antinutrientes que podían dificultar la absorción de minerales.

Hubo teorías que vincularon el consumo excesivo de soya, en detrimento de otras proteínas, con la aceleración del daño neuronal. Terry habría defendido esa preocupación en su momento. Aunque estudios posteriores citados en el guion apuntaron a que la soya no era un veneno, sino un alimento incapaz de resolver por sí solo una desnutrición profunda, la percepción social quedó marcada.

Para muchas personas, el picadillo de soya dejó de ser visto como solución y empezó a sentirse como parte del problema.

La llegada de científicos extranjeros y el derrumbe de la hipótesis viral

En mayo de 1993, con 30.000 casos activos y hospitales desbordados, el gobierno cubano pidió ayuda internacional. Se solicitó colaboración a la Organización Panamericana de la Salud y a la Organización Mundial de la Salud.

La paradoja fue evidente: en plena retórica antiimperialista y pese al embargo, llegaron a La Habana científicos de Estados Unidos, incluidos especialistas de los Centros para el Control de Enfermedades y universidades norteamericanas.

Entre ellos estaban el doctor Alfredo Sadún, neurooftalmólogo, y el doctor Carleton Gáidashek, Premio Nobel de Medicina. El gobierno cubano presentó sus hallazgos sobre el supuesto virus Coxsackie, que decía haber aislado en el líquido espinal de casi todos los pacientes. La expectativa era que los expertos extranjeros validaran la tesis viral.

Pero, según el relato recogido en el guion, Gáidashek cuestionó la explicación de forma contundente durante una reunión en el Centro de Biotecnología, con Fidel Castro presente. Su argumento fue que resultaba biológicamente imposible una infección viral masiva en el cerebro sin una respuesta inflamatoria correspondiente en el líquido espinal.

La reacción del auditorio fue significativa. Tras un silencio inicial, los aplausos de científicos cubanos se convirtieron en una ovación. La teoría viral quedaba seriamente dañada.

Sadún, por su parte, confirmó la sospecha de muchos médicos cubanos: el daño estaba en las mitocondrias y se relacionaba con carencias vitamínicas e intoxicación.

El guion también señala que la misión internacional no tuvo inicialmente acceso libre a los pacientes. Se les habría preparado una agenda de visitas a institutos y centros científicos. Sadún y su equipo tuvieron que insistir para examinar enfermos reales en el Hospital Pando Ferrer.

A diferencia de Terry, los científicos extranjeros no podían ser apartados del debate con la misma facilidad. La evidencia terminó imponiéndose, aunque resultara incómoda.

Polivit: la pastilla amarilla que simbolizó una época

Cuando la causa nutricional se volvió imposible de esquivar, la estrategia cambió. Si faltaban vitaminas, había que producirlas y distribuirlas de forma masiva.

Así nació el Polivit, la pastilla amarilla que muchos cubanos todavía asocian con el Período Especial. No era un suplemento cualquiera. Fue formulado para responder a la crisis con dosis altas de vitamina A, complejo B y ácido fólico.

La movilización fue enorme. Se pusieron fábricas a trabajar día y noche. Fidel Castro explicó en julio de 1994 que hubo que adquirir componentes, traerlos en avión, activar plantas de producción y movilizar al país para repartir la vitamina, porque era el único recurso disponible en ese momento.

La lógica era brutalmente pragmática. Si Cuba hubiera tenido ganado, combustible, fertilizantes y alimentos suficientes, la respuesta habría sido dar carne y leche. Pero ante la imposibilidad de hacerlo, la vitamina sintética apareció como la solución más rápida.

Los estudios mencionados en el guion confirmaron que la combinación de vitaminas produjo una recuperación visual dramática en pacientes tratados a tiempo. El Polivit funcionó como combustible para unas mitocondrias agotadas.

Pero su valor simbólico fue más allá de la medicina. La pastilla amarilla se convirtió en un resumen del Período Especial: una respuesta farmacológica a una crisis alimentaria.

Usar vitaminas para pintar el arroz

La tragedia cubana también tuvo expresiones absurdas y dolorosas. Como la comida seguía escaseando, muchas familias utilizaron el Polivit para fines distintos a los previstos.

Por su color amarillo intenso, algunas personas echaban las pastillas en la olla para teñir el arroz blanco y hacerlo parecer arroz con pollo, o para simular que tenía bijol o grasa. Era una ilusión visual para darle apariencia de comida más sustanciosa a un plato pobre.

Otros usaron las vitaminas para alimentar animales. En un contexto en que criar un cerdo en un apartamento podía ser una forma de ahorro familiar, el Polivit se daba a puercos o pollos con la esperanza de que engordaran. Más tarde, cuando la epidemia aguda ya había pasado, también se usó para palomas enfermas.

Esa imagen —la medicina destinada a evitar la ceguera usada para colorear arroz o levantar animales— condensa la mezcla de ingenio, precariedad y desesperación de aquellos años.

El remedio funcionó, pero no todos se recuperaron

La distribución masiva de vitaminas frenó la epidemia. A partir de mediados de 1993, la curva de casos comenzó a caer. Pacientes que estaban perdiendo visión recuperaron nitidez. La fase más aguda de la pesadilla terminó.

Pero no todas las personas se recuperaron por completo. Miles quedaron con secuelas permanentes: visión reducida, dificultades para distinguir colores o dolores crónicos en las piernas. Para muchos, la neuropatía no fue un episodio pasajero, sino una marca de por vida.

El guion los describe como “veteranos de guerra” de una guerra sin bombas, pero con estómagos vacíos. La enfermedad, además, no desapareció totalmente. Se volvió endémica, con casos esporádicos cada vez que empeoraban las condiciones nutricionales en sectores vulnerables.

Una advertencia que vuelve al presente

Recordar la neuropatía epidémica cubana no es solo mirar hacia los años noventa. El guion plantea una conexión directa con el presente: muchos comparan la crisis actual de Cuba con el Período Especial, e incluso la consideran peor.

Los testimonios mencionados hablan de una situación alimentaria crítica. La proteína animal habría vuelto a desaparecer de la mesa de la mayoría. El huevo, la leche y la carne se presentan como lujos inalcanzables para muchas familias. En 2022 y 2023, especialistas en salud pública advirtieron sobre un repunte de neuropatías carenciales.

Las condiciones descritas resultan inquietantes: dietas basadas en carbohidratos, falta de micronutrientes y estrés prolongado. La diferencia, según el guion, es que el sistema de salud está hoy más golpeado que en los noventa y la capacidad de movilización para repartir suplementos no parece ser la misma.

La pregunta que queda abierta es si Cuba podría volver a ver aquellos tiempos oscuros y si el Polivit, o algo parecido, volvería a ocupar un lugar central en la supervivencia cotidiana.

La lección de una enfermedad

La neuropatía epidémica cubana fue más que una crisis sanitaria. Fue una demostración física de que ningún discurso puede sustituir las necesidades básicas del cuerpo humano. El organismo necesita vitaminas, proteínas y nutrientes esenciales. Cuando se le niegan durante demasiado tiempo, empieza a apagarse.

También fue una lección sobre los riesgos de subordinar la ciencia a la política. El intento de privilegiar explicaciones externas, como un virus o un ataque biológico, retrasó el reconocimiento de la causa nutricional. La destitución de Héctor Terry, la resistencia inicial a aceptar la tesis del hambre y la búsqueda de culpables fuera del país forman parte de esa historia.

El Polivit ayudó a detener la epidemia, pero no resolvió el problema de fondo. Curó ojos, alivió cuerpos y salvó a muchos pacientes de daños mayores. Sin embargo, no podía reemplazar una dieta suficiente ni corregir la incapacidad de poner alimentos básicos en la mesa.

Detrás de la cifra de más de 50.000 afectados hubo personas que dejaron de leer, de trabajar con normalidad, de reconocer rostros o de caminar sin dolor. La verdadera dimensión de aquella epidemia no está solo en la estadística, sino en esas vidas atravesadas por una crisis que empezó en la economía, pasó por la política y terminó inscrita en el sistema nervioso de miles de cubanos.

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