El Che Guevara y la Unión Soviética: lo que dicen los documentos sobre su choque con Moscú

El Che Guevara tuvo una relación compleja con la URSS y sus dirigentes

La frase no salió de la boca de un exiliado ni de un agente de la CIA. La pronunció Ernesto Che Guevara la noche del 5 de noviembre de 1962, ante uno de los hombres fuertes del Kremlin: «Estados Unidos quería destruirnos físicamente, pero la Unión Soviética, con la carta de Jrushchov, nos destruyó legalmente». La réplica soviética fue aún más helada: «Vemos vuestra disposición a morir bellamente, pero creemos que no vale la pena morir bellamente».

Aquel intercambio quedó recogido en un memorando soviético clasificado como alto secreto que hoy puede consultarse. Es una pieza de una historia que rara vez se cuenta entera: la de cómo el Che pasó de venerar a Stalin a sospechar que la propia Unión Soviética estaba regresando al capitalismo. Alrededor de ese choque se ha tejido además un relato muy redondo —Argel, la ira de Moscú, el sacrificio decidido por Fidel— que los documentos disponibles no terminan de sostener.

La noche en que el Che le habló claro a Mikoyán

Hacía apenas unos días que Nikita Jrushchov y John F. Kennedy habían pactado el final de la crisis de los misiles. Los cohetes soviéticos iban a salir de Cuba y el Gobierno cubano se había enterado prácticamente por la radio, sin que nadie le consultara. Para apaciguar a unos aliados indignados, Moscú envió a La Habana a Anastás Mikoyán, un veterano del poder soviético.

Frente a él se sentaron el presidente Osvaldo Dorticós, Carlos Rafael Rodríguez y Guevara. Según el memorando soviético de aquella conversación, procedente de los archivos del Ministerio de Exteriores ruso y difundido después por el Wilson Center, el Che reprochó a la URSS haber actuado a espaldas de Cuba y haber hecho concesiones públicas a Washington. Añadió que muchos comunistas latinoamericanos consideraban aquellas decisiones un error.

El fondo de su frase sobre la destrucción «legal» era preciso: al aceptar la retirada de los misiles bajo condiciones estadounidenses, Moscú había admitido en la práctica que Estados Unidos podía decidir qué tenía o no tenía otro país dentro de su territorio.

La respuesta de Mikoyán condensaba dos lógicas opuestas. Para el Kremlin, lo esencial era que Cuba sobreviviera y que no estallase una guerra nuclear. Para Guevara, una retirada negociada sin los cubanos era también una derrota política.

Conviene, sin embargo, leer el documento con justicia. Mikoyán se dirige en plural a toda la dirección cubana, no solo al Che. Y en un encuentro posterior, el 18 de noviembre, Dorticós le aseguró que Guevara era un dirigente disciplinado y no un hombre de facción, mientras Mikoyán insistía en que los consideraba amigos. Había fricción, pero dentro de una alianza que nadie quería romper.

Del juramento ante Stalin al modelo detrás del Telón de Acero

Para entender el enfado de 1962 hay que retroceder casi una década, y ahí aparece el primer dato que desconcierta a muchos: el Che no empezó como crítico de Moscú, sino como admirador.

En diciembre de 1953, mientras recorría Centroamérica, un joven Ernesto Guevara escribió desde Costa Rica a su tía Beatriz. En la carta hablaba de las grandes compañías estadounidenses que dominaban aquellas economías y juraba ante una estampa del «viejo y llorado camarada Stalin», fallecido ese mismo año, que no descansaría hasta ver aniquilados a esos «pulpos capitalistas». Es el texto de un muchacho entusiasta y, por sí solo, no prueba que conociera a fondo el sistema soviético. Pero marca con claridad hacia dónde apuntaba su admiración.

Cuatro años más tarde, ya en la Sierra Maestra, fue todavía más lejos. En diciembre de 1957 escribió a René Ramos Latour, un dirigente del Llano con quien discutía a menudo, que por su formación ideológica pertenecía a quienes creían que la solución de los problemas del mundo estaba detrás de la llamada Cortina de Hierro. Para el Che guerrillero, el bloque soviético no era un socio de conveniencia frente a Estados Unidos: era el modelo.

El matiz importa. Con los años se ha querido fabricar un Che que siempre desconfió de la URSS, un rebelde puro desde el primer día. Su crítica posterior fue, en buena medida, una revisión de lo que él mismo había defendido.

Gobernar cambió su mirada

Lo que le hizo cambiar fue el paso de la teoría a la práctica. Tras 1959, Guevara presidió el Banco Nacional y después el Ministerio de Industrias. Ya no se trataba de imaginar el socialismo desde la trinchera, sino de administrar fábricas, presupuestos, tecnología y productividad.

La historiadora británica Helen Yaffe, que ha estudiado a fondo su etapa como ministro, rescata un detalle revelador. En su visita a la Unión Soviética en 1960, al Che le impresionaron los logros militares y espaciales, pero no la gestión industrial. Según el testimonio de su estrecho colaborador Orlando Borrego, recogido por Yaffe, le sorprendió encontrar métodos de contabilidad más atrasados que los de las empresas estadounidenses instaladas en Cuba antes de la Revolución.

La paradoja es notable: el hombre que rechazaba el capitalismo descubría que, en organización y control, las compañías norteamericanas que acababa de nacionalizar funcionaban mejor que las de la gran potencia socialista. Guevara no despreciaba toda técnica nacida bajo el capitalismo; podía admirar la contabilidad moderna, la automatización o la organización empresarial y querer aplicarlas en una economía planificada. Lo que rechazaba era que el beneficio y la competencia fueran el motor de la sociedad.

Después de octubre de 1962 quedó algo más que un disgusto puntual: una duda de fondo sobre hasta dónde estaba dispuesta la Unión Soviética a arriesgarse por las revoluciones ajenas. Moscú era una superpotencia que buscaba proteger su seguridad y mantener el equilibrio con Washington; el Che aspiraba a extender la revolución por el mundo, aunque eso implicara riesgos enormes.

Esos riesgos no deben endulzarse. En su mensaje a la Tricontinental, publicado en 1967, reprochó a las potencias socialistas no haber defendido a Vietnam con todas sus fuerzas, aunque ello pudiera desembocar en una guerra de alcance mundial. Su internacionalismo tenía mucho de solidaridad, pero también una disposición a la confrontación que, en plena era nuclear, resultaba extremadamente peligrosa. En Moscú lo sabían.

Argel, 1965: «cómplices de la explotación imperial»

El episodio más célebre llegó el 24 de febrero de 1965 en Argel. Argelia acababa de conquistar su independencia tras una guerra brutal contra Francia y se había convertido en punto de encuentro de los movimientos de liberación de África y Asia. Allí se celebraba el Segundo Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática, y Guevara, todavía ministro de Industrias, tomó la palabra.

El contexto multiplicaba el peso de cada frase. El mundo comunista estaba partido: la URSS y la China de Mao se acusaban mutuamente de traicionar la revolución. Moscú defendía la coexistencia pacífica con Estados Unidos para evitar una guerra nuclear; Pekín tachaba a los soviéticos de blandos. Cuba trataba de hacerse un espacio propio en medio de esa pelea, mientras su economía dependía cada vez más de Moscú: tras perder la cuota azucarera y sufrir el embargo estadounidense, la isla tenía en la Unión Soviética a su gran comprador de azúcar y a su proveedor decisivo de petróleo, maquinaria y suministros.

En ese escenario, un ministro cubano afirmó ante un foro internacional que los países socialistas eran, en cierto modo, «cómplices de la explotación imperial». Fue una bomba política.

Un argumento más fino de lo que parece

Guevara cuestionaba que se llamara «beneficio mutuo» a una relación en la que un país pobre vende materias primas y compra maquinaria a los precios del mercado mundial, unos precios que, a su juicio, perpetuaban la desigualdad de siempre. Si un país exporta azúcar para importar máquinas y lo que obtiene de sus zafras nunca le alcanza para romper esa dependencia, ¿basta con que el contrato respete las reglas del mercado para que sea justo? Si los países socialistas reproducían esas reglas con los pueblos pobres, participaban de sus efectos. La acusación dolía porque los medía con sus propios principios.

Hay, además, una parte del discurso que casi nunca se recuerda. El Che reconoció que Cuba había obtenido acuerdos azucareros muy ventajosos con la URSS y con China, y mencionó la venta de cinco millones de toneladas de azúcar a precios superiores a los del llamado mercado libre. Admitió también que no tenía resuelto el problema práctico de fijar precios justos. No negaba la ayuda recibida: la ponía como ejemplo de lo que quería ver extendido a otros pueblos.

Su propuesta era que los países socialistas asumieran parte del costo del desarrollo de las naciones recién liberadas. Una de sus ideas consistía en financiar fábricas que pasaran a ser propiedad del país receptor, que las pagaría entregando durante un tiempo cantidades acordadas de productos a precios fijados. No era un regalo, sino industrialización a cambio de compromisos de entrega. Sobre las armas fue más tajante: no podían ser una mercancía y debían entregarse sin costo a los pueblos que las pidieran, en las cantidades necesarias y posibles, como había ocurrido con la ayuda militar soviética y china a Cuba.

Guevara no fue a Argel a anunciar una ruptura con Moscú. Fue a exigir coherencia al campo socialista. Y dicho por el ministro de un país que dependía de ese campo para comer y para moverse, resultaba muy incómodo.

La leyenda de la expulsión y lo que dicen los papeles

Poco más de un mes después, el Che desapareció de la vida pública cubana. De ahí nace la versión más repetida: habló en Argel, Moscú se enfureció, Fidel lo sacrificó y tuvo que marcharse. Es una historia dramática y fácil de contar, pero los documentos no la sostienen tal cual.

Que un hecho suceda después de otro no demuestra que lo haya provocado. Las discrepancias del Che con la línea soviética venían de antes, igual que su deseo de volver a la guerrilla. Durante su gira africana, entre finales de 1964 y principios de 1965, ya se había reunido con dirigentes y movimientos de liberación, y los preparativos para apoyar a las guerrillas africanas existían cuando habló en Argel. Lo que no está claro es que para entonces tuviera decidido cada detalle de su salida y de su participación personal en el Congo: algunas reconstrucciones sitúan ese acuerdo después de su regreso a Cuba, en marzo.

Tampoco existe una transcripción verificable de una conversación en la que Fidel le ordenara irse por culpa del discurso. Circulan versiones sobre una discusión muy dura entre ambos a su vuelta a La Habana, pero son testimonios y reconstrucciones, no una escena documentada. Un informe de la CIA de octubre de 1965 enmarcó su desaparición en conflictos más amplios dentro de la dirección cubana; eso revela lo que pensaba la agencia, no lo que se dijeron los dos a puerta cerrada.

La otra carta del Che a Fidel

Lo que sí existe es un documento mucho más revelador y que durante décadas permaneció lejos del público: una carta privada del Che a Fidel fechada el 26 de marzo de 1965, pocos días antes de partir. No es la famosa carta de despedida. Un fragmento salió a la luz en 2006 y el texto completo no se publicó hasta 2019, en una recopilación de su correspondencia.

En ella, Guevara habla sin rodeos. Critica lo que llama una «política de bandazos» en la economía, basada según él en un tratamiento superficial y subjetivo de los problemas. Cuestiona inversiones mal concebidas, como la Antillana de Acero o determinadas fábricas de cemento y de conservas, y los errores en el comercio exterior que habían endeudado al país. Le reprocha a Fidel que sus éxitos cuando intervenía personalmente en un proyecto no resolvían los problemas generales de organización. Y rechaza que rasgos de la experiencia soviética se conviertan en supuestas leyes universales del socialismo.

El final de la carta desmonta la idea de una enemistad: el Che dice hacer esas críticas amparado en la vieja amistad y en el aprecio, la admiración y la lealtad sin límites que le profesa. Crítica dura y lealtad personal en el mismo papel.

Ni Fidel obediente ni ruptura total

Tampoco encaja la imagen de un Fidel sumiso a Moscú frente a un Che rebelde. Fidel debía sopesar cosas que a Guevara le importaban menos: de la URSS llegaban el petróleo, las armas y el mercado para el azúcar. Criticar el modelo soviético era una cosa; gestionar la dependencia de Cuba, otra muy distinta. Pero eso no lo convertía en un simple obediente. Un cable de inteligencia de la CIA de octubre de 1967 recoge que, durante la visita a Cuba del primer ministro soviético Alexéi Kosyguin en junio de ese año, los soviéticos le reprocharon su apoyo a la guerrilla boliviana y a grupos latinoamericanos enfrentados con los partidos comunistas fieles a Moscú, y que Fidel defendió su derecho a respaldar esas luchas. Es información de inteligencia y debe tomarse como tal, pero contradice la idea de una obediencia automática.

Otro documento complica la tesis de la expulsión. En junio de 1966, tras el fracaso en el Congo, Fidel escribió al Che para convencerlo de que regresara a Cuba y preparase desde allí su siguiente proyecto, con instalaciones, personal y medios. Después de Argel y de su salida del Gobierno, seguían planificando juntos. Eso no prueba que nunca discutieran; prueba que la ruptura total tantas veces contada no aparece en los papeles.

La carta de despedida, aquella en la que renunciaba a sus cargos, a su grado de comandante y a la ciudadanía cubana, la leyó Fidel en público el 3 de octubre de 1965, durante la presentación del Comité Central del recién rebautizado Partido Comunista de Cuba. Tras meses de rumores, la lectura ofreció una respuesta poderosa: el Che se había ido a cumplir con otros pueblos. Fue también, probablemente, una eficaz operación de control de daños. Pero que la carta sirviera para acallar rumores no demuestra que se escribiera para tapar una expulsión.

¿Qué pensaban de él en Moscú?

En internet abundan las afirmaciones sobre un supuesto expediente secreto soviético que señalaba al Che como un hombre peligroso. Aquí conviene ir con cuidado.

La referencia más citada procede de los historiadores Christopher Andrew y Vasili Mitrojin, que en su libro sobre el archivo Mitrojin y las operaciones del KGB en el mundo mencionan un cable de la embajada soviética en La Habana. Ese cable criticaba las tesis guerrilleras publicadas por Guevara en septiembre de 1963, lo acusaba de ignorar principios básicos del marxismo-leninismo y calificaba su ensayo de «ultrarrevolucionario», al borde del «aventurerismo».

Suena contundente, pero hay un detalle que casi nadie menciona: la nota al pie de ese pasaje no remite a un documento del KGB copiado por Mitrojin, sino a la biografía del Che escrita por el mexicano Jorge Castañeda. Lo correcto, por tanto, es decir que Andrew y Mitrojin recogen una valoración de la embajada soviética, no que un informe desclasificado del KGB lo demuestre.

Sobre el propio archivo también cabe una precisión. Mitrojin fue archivero de la inteligencia exterior soviética; durante años copió a escondidas notas de documentos del KGB y en 1992 salió de Rusia con ese material. Hoy una parte puede consultarse en el Churchill Archives Centre de la Universidad de Cambridge, que advierte de que se trata de material seleccionado y transcrito por Mitrojin y que no puede garantizar por sí mismo su veracidad. Es una fuente valiosa, pero no equivale a tener delante el expediente original, con sus firmas y su contexto.

Lo que sí puede afirmarse es que existen documentos soviéticos y estudios basados en comunicaciones internas que reflejan desconfianza hacia las posiciones del Che y críticas a lo que en Moscú llamaban «aventurerismo». Eso acredita un recelo político real. Lo que no se ha encontrado es un documento verificable en el que el KGB lo declarase enemigo, ordenara neutralizarlo o actuara contra él.

La última herejía: la URSS vuelve al capitalismo

La historia no termina en Argel. Entre 1965 y 1966, en unos apuntes sobre el manual soviético de economía política, Guevara llegó a una conclusión que habría escandalizado al Kremlin: la Unión Soviética estaba regresando al capitalismo.

Su crítica se remontaba a la Nueva Política Económica de Lenin, la etapa de los años veinte en que la Rusia soviética volvió a permitir cierto comercio privado para salir de la ruina. El Che creía que aquella vuelta a las relaciones de mercado había dejado problemas que el sistema nunca superó. Es una lectura muy discutida, porque aquella Rusia salía de una guerra civil devastadora. Pero muestra hasta dónde había llegado quien en 1953 juraba por Stalin: estaba cuestionando los cimientos económicos del país que antes consideraba su modelo. En esos apuntes criticó también el culto a la autoridad y el abandono de la educación comunista.

Ya no era un enfado con Jrushchov por los misiles, sino una discusión de fondo sobre qué es el socialismo. En El socialismo y el hombre en Cuba, de 1965, advertía de que usar la rentabilidad y el interés individual como motores principales podía reproducir comportamientos capitalistas. No excluía todo estímulo material —lo reconocía expresamente—, pero quería que primaran la conciencia y los estímulos morales. De ahí su insistencia en el «hombre nuevo» y en el trabajo voluntario.

Su pregunta era potente: si se educa a la gente para competir y buscar su ventaja personal, ¿cómo esperar que de ahí nazca una sociedad solidaria? Pero abría otra que entiende cualquier cubano que haya hecho trabajo voluntario sin ganas: ¿qué ocurre cuando el trabajador no comparte el entusiasmo de los dirigentes? ¿Puede negarse, puede decidir, o se considera que le falta conciencia y necesita más disciplina y sacrificio? Esa tensión estaba dentro del propio proyecto del Che; no es un invento posterior.

Tampoco acabó convertido en seguidor de China, como a veces se afirma. En su mensaje a la Tricontinental repartió culpas entre las dos grandes potencias socialistas por una pelea que, a su juicio, perjudicaba a Vietnam. Quería que la revolución internacional estuviera por encima de los intereses de cualquier Estado, fuera Moscú o Pekín.

Un dato suele pasarse por alto: esos apuntes críticos sobre la economía soviética no se publicaron como libro hasta 2006, casi cuarenta años después de su muerte en Bolivia. El Che que se convirtió en símbolo de media izquierda del planeta en los años sesenta y setenta no era el pensador económico que se conoce hoy. Millones de personas llevaron su rostro en camisetas y pancartas sin haber leído lo que pensaba de Moscú.

El mito y el debate que sigue abierto

Su muerte, en octubre de 1967, disparó el mito. Pocos meses después, la revista Time ya lo describía como mártir de la llamada Nueva Izquierda. Quedó fijada la imagen del dirigente que abandona el cargo y se juega la vida por lo que defiende, una imagen que conecta con el rechazo al político acomodado que exige sacrificios a los demás sin hacer ninguno. Eso explica buena parte de su prestigio, pero no demuestra que sus decisiones fueran acertadas.

El debate continúa, incluso dentro de la izquierda. Autores como el sociólogo Michael Löwy o la investigadora Janette Habel destacan su evolución, su disposición a discutir y su búsqueda de un socialismo distinto del soviético, y consideran injusto encerrarlo en la etiqueta de estalinista. Otros, como el socialista crítico de origen cubano Samuel Farber, sostienen que el Che nunca cuestionó el partido único ni dio a los trabajadores poder real de decisión en sus centros de trabajo, y que en 1959 y 1960 apoyó sin objeciones la eliminación de la prensa independiente y de las organizaciones autónomas. Para Farber, combatir los privilegios burocráticos con el ejemplo y la conciencia sirve de poco si la gente no puede controlar a sus dirigentes.

Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. Guevara fue lo bastante valiente, o lo bastante radical, como para incomodar a sus propios aliados y decirle a Moscú lo que casi nadie en el bloque se atrevía a decir. Pero criticar a la burocracia soviética no equivale a haber construido una alternativa democrática. La pregunta que lanzó al campo socialista —si se puede liberar a los pueblos mientras se reproducen relaciones de dominación— cabe hacérsela también a él, a su idea del poder y a la Cuba que ayudó a levantar, esa que con los años acabó más atada que nunca a la Unión Soviética.

El balance documental es más matizado que la leyenda: hubo críticas reales, un recelo soviético acreditado y una relación con Fidel hecha de lealtad y desacuerdos. Lo que no aparece en los papeles es ni la orden de Moscú ni el expediente del KGB que tantos dan por hecho.

La figura del Che sigue proyectándose sobre la historia de la isla y de su familia, como recordó la noticia de que murió Camilo Guevara, su hijo mayor. Y el pulso con Moscú en 1962 forma parte del mismo capítulo que otras preguntas recurrentes, como si Cuba llegó a tener armas nucleares, o el de otros comandantes que, como Faure Chomón, se atrevieron a discutirle el poder a Fidel.

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