Jenny Sotolongo y Alberto Polanco: qué fue de los niños que cantaban a Fidel
Tenían ocho o diez años y ya eran algo más que niños: eran un mensaje. A principios de los 2000, Jenny Sotolongo y Alberto Polanco se convirtieron en dos de los rostros más conocidos de la televisión cubana. Cantaban en las plazas, ante multitudes y cámaras, a pocos metros de Fidel Castro. Ella cargaba con el apodo de «la niña favorita de Fidel»; él, con el eco de una canción que toda una generación aún recuerda, «El príncipe enano». Dos décadas después, ninguno de los dos vive en Cuba, y la forma en que cada uno rehízo su vida dice tanto de ellos como del sistema que los fabricó.
El año 2000: una isla agotada y un niño en el centro del conflicto
Para entender por qué dos niños acabaron en el centro de la escena política hay que volver al año 2000. Cuba seguía arrastrando las consecuencias del Período Especial, y tras una década de carencias la sociedad estaba desgastada y con poca esperanza. Ese fue el momento en que estalló el caso del niño Elián González, que tensó las relaciones entre La Habana y Washington hasta un punto que no se veía desde la Guerra Fría.
El gobierno necesitaba movilizar a la población, romper la apatía y, sobre todo, crear nuevos símbolos capaces de reavivar el fervor revolucionario. De esa necesidad nacieron las llamadas Tribunas Abiertas: actos multitudinarios, transmitidos sin interrupción por los canales nacionales, en los que la lealtad se medía en asistencia, en horas bajo el sol y en volumen. Formaban parte de la Batalla de Ideas, la gran campaña política de aquellos años, cuyo auge y caída ya contamos a través de la trayectoria de Otto Rivero, el joven vicepresidente que la dirigió.
Por qué los niños: la voz que nadie se atreve a contradecir
En aquel engranaje, la infancia adquirió un valor estratégico. La razón es sencilla: un niño resulta inatacable. Su inocencia protege cualquier discurso, desarma el análisis crítico y deja sin argumentos tanto a la disidencia como a la prensa internacional. Poner una consigna política en boca de un niño suaviza su dureza y la vuelve emocional.
No fue un fenómeno aislado. Junto a Jenny y Alberto hubo otros pequeños oradores cuyos destinos ya repasamos en los niños de Fidel: qué fue de Lazarito y de los pequeños rostros de la Batalla de Ideas. Pero en el terreno de la música, nadie ocupó tanto espacio como estos dos.
Jenny Sotolongo, «la niña favorita de Fidel»
La aparición de Jenny Sotolongo en las pantallas no fue fruto de un éxito comercial espontáneo. Según el relato del canal Secretos de Cuba, fue el resultado de una selección deliberada dentro del sistema educativo y cultural del país. Se convirtió en la voz cantante de las tribunas abiertas, encargada de encarnar ante las cámaras la imagen de una infancia cubana feliz, sana y agradecida.
El aparato mediático le colocó, además, una etiqueta que la acompañaría durante años: «la niña favorita de Fidel Castro». En la Cuba de entonces, aquello no era un apodo simpático. Sugería una relación casi paternal entre el líder y los niños más talentosos del país, como si el Estado, encarnado en su máximo dirigente, velara personalmente por ellos.
Esa misma etiqueta la dejaba en una posición frágil. Cada actuación funcionaba como una prueba de devoción en la que no cabía el error: había que sonreír siempre y sostener una imagen impecable de lealtad. Y el protagonista de esas escenas no era realmente ella, sino el hombre vestido de verde olivo que la aplaudía desde la primera fila. Años después, la propia Sotolongo resumió aquella etapa en una entrevista con CubaNet con una frase elocuente: «jamás me sentí como la niña comunista».
Alberto Polanco y el secreto de «El príncipe enano»
Mientras Jenny se consolidaba como el rostro femenino de aquella maquinaria, otro niño irrumpió con fuerza en la escena musical y televisiva. Alberto Polanco tenía una voz y una solemnidad poco comunes para su edad, y una gestualidad que mezclaba ternura infantil con un aire marcial. Pronto se convirtió en uno de los estandartes de la Batalla de Ideas.
Su consagración llegó con una sola canción: «El príncipe enano». Lo que pocos recuerdan es su origen. La letra parte de un poema de José Martí incluido en Ismaelillo, el poemario que el Héroe Nacional escribió en 1882 pensando en su hijo ausente. Para Martí, el «príncipe enano» era una metáfora íntima, cargada de melancolía y de dolor paterno, que lo impulsaba a seguir con su lucha en el exilio.
Los responsables de la política cultural tomaron aquellos versos privados y los convirtieron en un himno de masas. Les añadieron frases declamatorias que Martí nunca escribió, como «seguro apriete fuerte las manos y a conquistar el futuro», y transformaron la nostalgia del poeta en una exigencia de lealtad política. La combinación era difícil de cuestionar: la figura venerada de Martí, una música emotiva y la voz de un niño. Polanco aparecía cerca del mandatario, como una encarnación en carne y hueso del «hombre nuevo».
Detrás del telón: la escuela, los ensayos y el miedo a fallar
Cuando se apagaban las cámaras, la vida de estos niños no volvía a ser del todo normal. En un sistema escolar subordinado al Partido Comunista, que no solo enseña sino que también forma ideología, Jenny llevaba una doble existencia: en el aula era una alumna más; en los pasillos, la gran celebridad política del país.
A los exámenes y las tareas se sumaban ensayos agotadores, grabaciones y discursos memorizados para el siguiente acto masivo. Su vida académica quedaba en segundo plano, sacrificada a la necesidad de proyectar un éxito que no se correspondía con la realidad. A Alberto le ocurría lo mismo. Los dos vivían bajo un escrutinio constante en el que cualquier desliz podía interpretarse como una traición al líder y a la patria.
Cuando los niños crecieron, la propaganda los dejó atrás
El tiempo, sin embargo, no obedece consignas. Los niños crecen. La pubertad cambió la voz de Alberto Polanco y convirtió a Jenny Sotolongo en una adolescente con ideas propias. Y la adultez trae consigo pensamiento crítico, autonomía y contradicciones, justo lo que un discurso que exige obediencia total no puede asimilar.
Ese es, según el análisis de Secretos de Cuba, el gran drama de los niños prodigio en los regímenes muy centralizados: el Estado crea los símbolos, los infla y después los descarta cuando ya no encajan en el guion. Los rostros que habían llenado pantallas y carteles desaparecieron de la vida pública casi tan rápido como habían llegado. Para muchos cubanos, el rastro de la «niña favorita» y del «príncipe enano» se perdió sin explicación. ¿Habían sido censurados? ¿Se habían rendido? La respuesta resultó ser otra.
Alberto Polanco: del fagot en el Amadeo Roldán a los escenarios de Madrid
En lugar de aferrarse a la fama de la niñez, Alberto Polanco eligió apartarse del ruido. Se matriculó en el Conservatorio Amadeo Roldán y, lejos del camino fácil del canto popular, se especializó en el fagot, un instrumento de viento madera que exige una enorme disciplina técnica y respiratoria. Las aulas le devolvieron el anonimato: allí se le evaluaba por su talento y no por su valor político.
Después se graduó en el Instituto Superior de Arte (ISA) en 2012. Mientras el público lo daba por desaparecido, estudió actuación y danza contemporánea y participó en producciones como Carmen la cubana y Bésame mucho. También se adentró en la música popular bailable con la agrupación Havana C y fundó su propio proyecto, Clave Tropical, con el que hizo giras internacionales como director general. En 2018 ganó el primer premio de un certamen internacional en Letonia interpretando «Vivir mi vida», un logro que apenas tuvo eco en los medios oficiales, como recoge este repaso de Cubalite a su trayectoria.
En 2019, poco antes de la pandemia, cruzó el Atlántico para establecerse en España. Si el mercado cubano le resultaba asfixiante por su burocracia, el español le planteaba el reto contrario: una competencia feroz. La formación del ISA le sirvió. Fue cantante principal y director artístico de la Orquesta Phoenix, recorrió las temporadas de verbenas y fiestas patronales, compartió escenario en Madrid con Cimafunk y, desde marzo de 2025, es miembro de la Orquesta Diamantes Show de Madrid. Hoy vive de su trabajo, a miles de kilómetros de la plaza donde cantaba de niño.
Jenny Sotolongo: el exilio discreto y una voz propia
Para Jenny Sotolongo, la etiqueta de «niña favorita» pesaba como plomo. ¿Cómo construir una identidad artística propia cuando todo un país asocia tu cara con un líder y un sistema político que divide a los cubanos? Para ella, como para Alberto y como para tantos otros cubanos de su generación, la respuesta fue la emigración. Los dos habían chocado con el techo de cristal del ecosistema cultural de la isla, marcado por la censura velada, la escasez tecnológica y el monopolio del Instituto Cubano de la Música.
Su salida de Cuba fue deliberadamente discreta, sin entrevistas ni anuncios. Mantener un perfil bajo le permitió empezar de cero y cerrar un capítulo que la había acompañado desde la infancia. En Estados Unidos se incorporó al mercado laboral, trabajando, según su perfil profesional, para marcas como Hollister Co.: un paso que exigía dominar otro idioma y demostrar su valía individual, no un historial de lealtad.
No abandonó la música. En las redes sociales, especialmente en TikTok, encontró el canal de distribución libre que su país le negó de adulta. Hoy lanza canciones de corte latino y romántico, como «Eres tú» o «Distancia», colabora con artistas de hip hop y financia su propia carrera. Y la misma voz que cantaba en las tribunas por mandato ahora pide, por voluntad propia, libertad para Cuba: Telemundo 51 la presentó como «la niña de la tribuna» que ahora canta por la libertad de Cuba.
Lo que revelan dos vidas paralelas
Las historias de Jenny Sotolongo y Alberto Polanco no son simples anécdotas de farándula. Muestran, en primer lugar, el peligro de la instrumentalización infantil: lo que puede hacer un Estado con monopolio mediático cuando convierte la identidad de un niño en una herramienta. Durante años, ambos fueron figuras obligadas a sonreír para disimular las grietas de un modelo en crisis.
Revelan también una paradoja institucional. El mismo sistema que invirtió en formarlos al más alto nivel fue incapaz de retenerlos, y acabó empujándolos fuera del país. La fuga de talento artístico es, en palabras del canal, una hemorragia crónica en una isla donde la burocracia prefiere la obediencia al talento libre.
Pero, por encima del éxodo, sus biografías dejan una lección de resiliencia. La simpatía infantil fue efímera; lo que los sostuvo después fue el estudio, la técnica y el esfuerzo propio. De algún modo, los dos tuvieron que deshacerse del personaje para salvar al artista. El niño que cantaba en la Plaza de la Revolución actúa hoy en Madrid; la niña de las tribunas alza la voz desde Estados Unidos por los suyos. Pasaron de ser instrumentos de un discurso ajeno a dueños de su propio destino.
