Los niños de Fidel: qué fue de Lazarito y de los pequeños rostros de la Batalla de Ideas

Lazarito junto a Fidel Castro durante una reunión con pioneros en los años 2000.

El 1 de mayo de 2002, ante más de un millón de personas reunidas en la Plaza de la Revolución de La Habana, un niño de siete años extendió los brazos hacia la multitud y pronunció una frase que todavía hoy se recuerda: «Yo soy el socialismo, y nosotros somos la revolución». No dijo que apoyaba el socialismo ni que creía en él. Dijo que lo era. Aquel niño se llamaba Lázaro Castro, toda Cuba lo conocía como Lazarito, y su historia es la más reveladora de una generación de pequeños a los que el Estado convirtió en rostros de su propaganda: los llamados «niños de Fidel».

Dos décadas después, sus caminos no podrían ser más distintos. Algunos de aquellos oradores precoces ascendieron hasta la diplomacia y hoy disfrutan de una vida inaccesible para el cubano común. Otros, como el propio Lazarito, desaparecieron de la vida pública sin dejar rastro oficial.

La Batalla de Ideas: cuando la propaganda cambió de voz

Para entender el fenómeno hay que situarse a finales de los años noventa y principios de los 2000. Cuba arrastraba las secuelas del Período Especial: hambre, apagones interminables, falta de transporte y una desesperanza cotidiana. El relato épico de los guerrilleros de la Sierra Maestra había perdido fuerza, y las promesas de prosperidad se habían evaporado junto con los subsidios soviéticos.

En ese contexto nació la llamada Batalla de Ideas, una gigantesca campaña política impulsada por Fidel Castro cuyo detonante fue la crisis internacional por el niño balsero Elián González. El Gobierno descubrió entonces un recurso de persuasión extraordinariamente eficaz: la inocencia infantil.

Las plazas del país se llenaron de Tribunas Abiertas y, en ellas, los discursos ya no los pronunciaban los viejos dirigentes, sino niños con uniforme escolar y pañoleta roja. Seleccionados, entrenados y exhibidos en la televisión nacional, recitaban de memoria largos alegatos antiimperialistas que, por su edad, difícilmente podían comprender. Eran una versión infantil del «Hombre Nuevo» guevariano. Quien vivió aquella etapa desde dentro la ha descrito en testimonios como los recuerdos de un niño cubano de la Batalla de Ideas publicados por El Estornudo.

Pero los niños crecen, y la realidad material de la isla termina imponiéndose a cualquier consigna aprendida. La pregunta es qué fue de ellos.

Patricia Flechilla: de las tribunas a la carrera diplomática

Uno de los casos mejor documentados es el de Patricia Flechilla Frómeta. Su rostro se hizo habitual en la televisión cubana a finales de los noventa, cuando participaba en marchas, tribunas y debates organizados para exigir el regreso de Elián desde Estados Unidos. Su mensaje era siempre el mismo: los jóvenes cubanos apoyaban el socialismo «no por imitación ni por herencia, sino por convicción propia».

Esa militancia temprana la hizo escalar con rapidez en las organizaciones estudiantiles. Entre 2006 y 2007 presidió la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM) y, ya en la secundaria y el preuniversitario, integraba delegaciones internacionales. El siguiente paso fue el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), la escuela donde se forma la élite diplomática del país. Hacia 2013 figuraba como presidenta de la FEU en ese centro y fue delegada directa al VIII Congreso de la organización.

El episodio de Panamá

El momento que marcó su carrera llegó en 2015, durante el Foro de Juventud previo a la VII Cumbre de las Américas, celebrada en Panamá. Aquel encuentro se convirtió en un choque abierto entre la delegación oficialista cubana y figuras de la oposición como Guillermo Fariñas y Berta Soler, líder de las Damas de Blanco.

Flechilla fue una de las voces más combativas del lado oficial. Ante la prensa extranjera aseguró hablar en nombre de la «auténtica sociedad cubana», acusó a los disidentes de estar financiados por agencias estadounidenses y negó que representaran la realidad de la isla. Las disputas alcanzaron tal tensión que tuvo que intervenir la policía panameña. Fue, en la práctica, la exportación a un país libre de los mismos métodos de repudio que se emplean contra los opositores en las calles de La Habana.

Ese mismo año fue elegida delegada directa al X Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas en representación del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX). Tras graduarse, se incorporó como diplomática a la Dirección de Asuntos Multilaterales y Derecho Internacional, un destino cargado de ironía para quien había mostrado tan poca tolerancia hacia el derecho a disentir.

Buenos Aires, Tokio y Seúl

A partir de entonces, su vida quedó lejos de las colas, los apagones y la libreta de abastecimiento. En 2017 formaba parte de la comitiva cubana en reuniones celebradas en Buenos Aires dentro de un programa de cooperación entre la Unión Europea y América Latina sobre políticas de drogas. En 2019 ya era segunda secretaria de la Embajada de Cuba en Japón, donde las redes sociales de la sede diplomática la mostraban en actos oficiales junto al embajador.

Hoy reside en Corea del Sur. Es la esposa de Claudio Monzón Baeza, actual embajador de Cuba en Seúl, con quien ya había compartido misión en Japón. Las imágenes de recepciones y eventos diplomáticos que circulan en redes dibujan una existencia muy alejada de la precariedad de la isla que defendía a gritos en Panamá.

Liliam Tápanes: la cara amable del régimen en el exterior

El patrón se repite con Liliam Tápanes Bellas, nacida en La Habana en 1989 y también graduada del ISRI. Hacia 2018 fue destinada a Sudáfrica, donde ejerció como cónsul y tercera secretaria de la embajada, vinculada a la Oficina de Administración y Contabilidad.

Su labor incluía participar en conversatorios y actos académicos y culturales, en espacios como la Universidad de Cape Town, para ensalzar ante públicos extranjeros los sistemas cubanos de educación y salud. El libreto era el conocido: silenciar el deterioro de los hospitales, atribuir los males de la isla al embargo estadounidense y exaltar la figura de Fidel Castro. En julio de 2018 fue una de las funcionarias que intervinieron en los actos por el centenario de Nelson Mandela, reforzando el relato de los lazos históricos entre Cuba y Sudáfrica.

Las fotos disponibles en redes sociales la muestran en Sudáfrica junto a su esposo, cuyo nombre no ha trascendido, en actividades de la embajada. Son funcionarios alejados de los titulares, pero esenciales para sostener la imagen del Gobierno en el extranjero.

Su historia tiene un epílogo reciente. La información más actual la sitúa de vuelta en Cuba, y publicaciones atribuidas a ella en grupos de Revolico hablan de venta de viviendas y de la búsqueda de alguien que repare sus «ecoflows», las estaciones de energía portátiles con las que una minoría consigue esquivar los apagones. Un contraste elocuente en un país donde tantas familias no tienen con qué cocinar cuando se va la corriente.

Lazarito, el niño diseñado para la propaganda

Si la Batalla de Ideas tuvo un rostro infantil capaz de rivalizar con el de Elián González, fue el de Lázaro Castro. Y su historia no fue casual: se construyó sobre un episodio médico real que la maquinaria oficial transformó en un relato casi religioso.

Lazarito nació con graves problemas de visión. Según contó su madre a la prensa, de bebé chocaba constantemente con los muebles y la familia temía que quedara ciego. A los cinco años fue operado por el sistema de salud pública y su vista mejoró de forma notable. El mensaje que se transmitió a la población era emocionalmente irresistible: la Revolución lo había rescatado de la oscuridad y, en sentido figurado, le había permitido «ver la luz». A ello se sumaba el simbolismo de su nombre —Lázaro, el resucitado del relato bíblico— y de su apellido, Castro.

«¡Gracias por todo, Fidel!»

El 2 de junio de 2000, con apenas seis años, Lazarito apareció ante una multitud en La Habana para exigir el regreso de Elián y recitar el poema Canto a Fidel, de Carilda Oliver Labra. Su desenvoltura y su voz, rematadas con el «¡Gracias por todo, Fidel!», impresionaron a todo el país.

También a Fidel Castro. Al terminar el acto, sus ayudantes llevaron al niño y a sus padres —un taxista y un ama de casa de Guanabacoa— a una reunión privada de cinco horas con el Comandante en Jefe. La madre relató después que, en un momento del encuentro, Fidel le puso la mano en la cabeza a su hijo. El niño se negó a lavarse el pelo durante una semana y guardó envuelto en plástico el uniforme de aquel día, convencido de que conservaba las huellas dactilares del líder. Esos detalles figuran en el reportaje que The Dallas Morning News le dedicó en 2004.

La partida de ajedrez

El 1 de mayo de 2002 llegó la frase que lo hizo inolvidable. Y en diciembre de ese mismo año, durante unas simultáneas masivas de ajedrez, Fidel lo invitó a sentarse a su lado para jugar juntos contra el Gran Maestro cubano Silvino García. Las cámaras recogieron cómo ambos se consultaban al oído antes de cada movimiento.

Según las crónicas de la época, recogidas incluso por la prensa oficial cubana, en la jugada 17 el niño propuso un movimiento arriesgado. Silvino García advirtió que les costaría una pieza, pero Fidel mantuvo la jugada del pequeño. La partida terminó en tablas y Fidel pidió a Lazarito que felicitara al maestro por haber empatado una posición que él consideraba ganada. Fue, ante todo, una puesta en escena política: el líder presentado como padre intelectual que transmite su sabiduría a las nuevas generaciones.

Un adolescente convertido en cuadro político

En 2004, con 13 años, Lázaro recorría el país pronunciando discursos contra el presidente George Bush y contra el embargo. Sus intervenciones eran tan elaboradas, con referencias a la geopolítica y al FMI, que muchos cubanos daban por hecho que las redactaban funcionarios del Partido. Su madre, en cambio, aseguraba que las escribía él mismo, que era un lector voraz y que siempre tenía «una respuesta para todo».

De aquella etapa apenas sobreviven imágenes. La más conocida, el «¡Gracias por todo, Fidel!», se ha convertido con los años en un vídeo viral y en un meme que muchos cubanos usan con ironía para «agradecer» las penurias actuales.

La desaparición: el niño borrado de la foto oficial

Después de los años de gloria, Lazarito desapareció por completo de la esfera pública. No aparece en el Granma, ni en los noticieros, ni ocupa cargos visibles en la Unión de Jóvenes Comunistas o en las asambleas municipales. El rastro documental del niño que proclamó «Yo soy el socialismo» se desvanece.

La comparación con Elián González es ilustrativa. Elián, recuperado de Estados Unidos como un trofeo, fue protegido por el Estado: se graduó de ingeniero, recibió cargos y hoy es diputado a la Asamblea Nacional. Lazarito, en cambio, era un producto de consumo interno sin valor internacional. Cuando la Batalla de Ideas perdió impulso y Fidel Castro enfermó y se apartó del poder en 2006, el nuevo Gobierno encabezado por Raúl Castro prescindió de él.

Rumores y mitos

Ante el silencio oficial, han proliferado las versiones. Muchas personas aseguran en redes sociales que vive en Estados Unidos, concretamente en Miami, algo que no ha sido confirmado. De ser cierto, el «hijo ideológico» de Fidel residiría en el corazón del país que fue entrenado para repudiar. No sería extraño que alguien que descubre de adulto el uso que se hizo de su infancia prefiera borrar su pasado y vivir lejos de las cámaras.

Otra teoría viral lo identificaba con Johayron, del dúo de música urbana Charly y Johayron. Ha sido descartada: las diferencias físicas son evidentes y habría exigido un cambio secreto de nombre y apellidos. Es un mito más, alimentado por el vacío informativo.

Con los datos disponibles, solo caben tres hipótesis: que emigrara y cargue con la etiqueta oficial de «desertor»; que se convirtiera en un crítico del sistema, incómodo para la prensa del Partido; o que, cansado de la manipulación, eligiera el anonimato y viva en una suerte de exilio interior dentro de la propia isla.

Los otros hijos: la vida detrás de los muros

Mientras niños de barrio como Lazarito eran puestos a gritar bajo el sol que había que sacrificarlo todo por el socialismo, los hijos biológicos de Fidel Castro vivían otra realidad, uno de los muchos secretos de la vida privada del Comandante.

Antonio «Tony» Castro, cirujano, fue fotografiado en yates por el Mediterráneo, en hoteles de cinco estrellas en Europa, con autos de alta gama y relojes de lujo. Cuando un activista de Miami, haciéndose pasar por una mujer en internet, lo confrontó con esas imágenes, su respuesta fue tajante: «Sí, soy el hijo de Fidel Castro, ¿y qué?».

La otra cara fue la de su hermano mayor, Fidel Castro Díaz-Balart, «Fidelito». Físico nuclear formado con honores en la Unión Soviética, nunca tuvo acceso al poder real y vivió a la sombra de su padre. Tras años de depresión, se quitó la vida en La Habana en febrero de 2018. Ostentación por un lado, vacío existencial por otro: dos retratos de una élite que, lejos de las cámaras, poco tenía que ver con el ideal que predicaba. No es un caso aislado entre los descendientes de los grandes nombres de la Revolución.

Para ocultar esas contradicciones, el poder necesitaba niños ajenos, extraídos del pueblo, como Lazarito o Elián, que sirvieran de escaparate de un sistema que supuestamente funcionaba.

Una generación que despertó

El choque entre el relato aprendido en la infancia y la realidad adulta —apagones, colas interminables y una economía dominada por el conglomerado militar GAESA— ha provocado en muchos de aquellos jóvenes una profunda crisis. No es casual que buena parte de los antiguos dirigentes estudiantiles y de las voces de la Batalla de Ideas hayan elegido el exilio.

Algunos cruzan fronteras de forma irregular por Centroamérica; otros guardan silencio por miedo a represalias contra sus familias en la isla; y otros pasan de la militancia fervorosa a la oposición abierta desde la diáspora. Visto con perspectiva, el gran experimento de adoctrinamiento de principios de los 2000 terminó convertido en un fracaso generacional.

El silencio oficial sobre el destino de Lázaro Castro dice más que cualquier comunicado. El niño de la pañoleta roja que jugó al ajedrez con Fidel quedó congelado en aquellas imágenes, como símbolo de una infancia puesta al servicio de la propaganda y de una fe impuesta que el paso del tiempo no ha podido sostener.

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