El día que Fidel Castro quiso secar la Ciénaga de Zapata para sembrar arroz
A comienzos de la Revolución, Fidel Castro quiso convertir el humedal más grande y complejo de las Antillas en uno de los mayores arrozales del planeta. El plan consistía en drenar decenas de miles de hectáreas de la Ciénaga de Zapata, al sur de Matanzas, y sembrarlas de arroz de forma intensiva y mecanizada. Los científicos, cubanos y extranjeros, advirtieron que aquello era inviable y que podía desatar incendios subterráneos sobre un suelo de turba. No se les escuchó. El proyecto se hundió en el fango, costó millones y desapareció de los periódicos sin una sola explicación oficial.
Lo más llamativo de esta historia es su desenlace: el fracaso del delirio arrocero terminó salvando uno de los ecosistemas más valiosos del Caribe.
La isla olvidada dentro de la isla
Para entender la ambición que el nuevo gobierno proyectó sobre la Ciénaga hay que recordar cómo era la región antes de enero de 1959. Se la consideraba el lugar más pobre, aislado y atrasado del país: una geografía de pantanos intransitables, nubes de mosquitos transmisores de enfermedades y manglares que la mantenían casi desconectada del resto de Cuba. A efectos prácticos, la península de Zapata funcionaba como una isla dentro de la isla.
Sus escasos habitantes, los cenagueros, vivían de talar maderas duras para hacer carbón vegetal, de la caza de cocodrilos y de la pesca. Lo hacían en bohíos de fango y palma, sin electricidad, sin agua potable y sin atención médica.
El contraste con el resto del país era enorme. En los años cincuenta, Cuba tenía indicadores socioeconómicos que la situaban entre las naciones más avanzadas de América Latina, con una clase media sólida y una esperanza de vida elevada para la época, aunque en 1953 todavía alrededor de una cuarta parte de la población era analfabeta. Ese progreso, sin embargo, se concentraba en las ciudades. Las zonas rurales remotas padecían un atraso agudo, y la Ciénaga era el caso extremo: sus pobladores eran prácticamente invisibles para el Estado.
Los carboneros estaban atrapados en un régimen semifeudal. Dependían de intermediarios y dueños de los «cortes» que les compraban el carbón a precios miserables y les vendían los productos básicos con precios de usura. El resultado era un endeudamiento perpetuo: un carbonero no podía salir de la Ciénaga sin antes saldar su deuda con la tienda local, pagando con madera o carbón para que le permitieran subir a la goleta, casi la única vía de comunicación con el resto del país.
La Nochebuena de Soplillar y el nacimiento de un mito
Cuando Fidel Castro visitó la región tras tomar el poder, la miseria le sirvió de argumento moral y político para su plan. La desecación no se presentó como un simple proyecto agrícola, sino como una cruzada de redención humana. En la retórica oficial, la Ciénaga era una «tierra muerta», un «latifundio de la naturaleza» que había que dominar para liberar a los cenagueros de su abandono. La promesa incluía nuevos poblados de mampostería, empleo asalariado en el Estado, carreteras, escuelas, policlínicos y transporte.
El gesto más recordado llegó el 24 de diciembre de 1959. Esa noche, Castro aterrizó de improviso en Soplillar, un caserío remoto y pobre, para cenar lechón asado con familias de carboneros como los Méndez Armengual y los García Montano. Llegó en dos helicópteros, acompañado de Celia Sánchez, del comandante Pedro Miret, entonces ministro de Agricultura, y del capitán Antonio Núñez Jiménez, director del INRA. Adultos y niños que nunca habían visto algo semejante recibieron a la comitiva con asombro.
La escena construyó algo parecido a un mito pastoral: el líder conmovido por el sufrimiento de los más humildes. Pero era también la antesala de una promesa monumental. En las horas previas, Castro había sobrevolado el humedal imaginando su plan maestro: acabar con la pobreza cenaguera sometiendo a la naturaleza por la fuerza.
Una vieja idea convertida en urgencia ideológica
La idea de desecar la Ciénaga no era nueva. Tenía raíces en la República y, en concreto, en el trabajo del ingeniero civil cubano Juan Antonio Cosculluela. En 1912, el gobierno le encargó dirigir el deslinde de los pantanos de la península. Su proyecto perseguía dos fines: sanear la zona, eliminando las aguas estancadas que alimentaban el paludismo, y ganar tierras cultivables, sobre todo para la caña de azúcar, aprovechando la riqueza en nitrógeno de los suelos.
Tras cuatro años de exploración, Cosculluela publicó en 1918 sus hallazgos técnicos, topográficos y arqueológicos en Cuatro años en la Ciénaga de Zapata (Memorias de un ingeniero). La propuesta tuvo eco: durante la Primera Guerra Mundial, el Estado cubano concedió a la empresa privada Zapata Land Co. la potestad de intentar la desecación, una iniciativa que el propio Cosculluela respaldó.
La Revolución retomó la idea, pero la transformó por completo. Lo que para Cosculluela era un plan de décadas se convirtió para Castro en una urgencia ideológica: había que demostrar a Estados Unidos y al mundo la superioridad del modelo socialista sobre la naturaleza.
El «granero de América Latina»
Las cifras que se manejaron desde La Habana eran desmesuradas. Se habló de desecar entre 5.000 y 15.000 caballerías de tierra anegada, es decir, entre unas 60.000 y 200.000 hectáreas de pantano, para sembrar arroz a gran escala. El objetivo declarado era convertir Zapata en el «granero de América Latina» y resolver de un plumazo el histórico déficit alimentario de Cuba. Años después, columnistas como Paulino Alfonso seguirían recordando aquel plan inicial de drenar la Ciénaga para sembrar arroz al hablar de la escasez crónica del grano en la isla.
Para lograrlo se ordenó excavar grandes redes de canales que evacuaran el agua dulce hacia el mar, alterando para siempre la hidrología del lugar. El proyecto incluía nuevos pueblos de trazado en cuadrícula, como Pálpite, para reubicar a los carboneros como asalariados del Estado; carreteras sobre un terreno lodoso e inestable, y la importación de grandes equipos para procesar y secar el arroz. Faltaba, sin embargo, un detalle que la soberbia política prefirió ignorar: la ciencia.
La turba, una bomba de tiempo bajo el pantano
Para una obra de esa magnitud, Cuba recurrió a especialistas de la Unión Soviética y de los Países Bajos, el país con más experiencia del mundo en ganarle tierras al mar. Los holandeses pronto se toparon con una realidad que nada tenía que ver con un estuario europeo de arcilla: la Ciénaga es un humedal tropical asentado sobre enormes depósitos de turba.
La turba es materia orgánica acumulada durante milenios bajo el agua, sin oxígeno. Al drenar el pantano y exponerla al aire, ocurren tres cosas, y ninguna es buena:
- Riesgo de incendio. Seca, bajo el sol del verano cubano y con la amenaza frecuente de los rayos, la turba puede autoinflamarse y provocar incendios subterráneos que arden lentamente durante años, esterilizan el suelo y liberan nubes de humo.
- Hundimiento del terreno. Con el oxígeno, los microorganismos descomponen rápidamente esa materia orgánica; la tierra pierde masa, se encoge y desciende. En la Ciénaga, ese descenso echó por tierra los cálculos topográficos e hidráulicos de los ingenieros holandeses.
- Entrada del mar. El humedal descansa sobre roca caliza kárstica, porosa como una esponja. Al hundirse el terreno cerca de la costa, el agua salada penetró por debajo e inundó las raíces. Para un cultivo tan sensible a la sal como el arroz, la salinización era una condena.
Los especialistas, internacionales y cubanos, coincidieron en el diagnóstico. Pero en la Cuba de aquellos años la racionalidad técnica estaba subordinada al voluntarismo ideológico, y dudar del plan podía tacharse de «conservadurismo burgués» o falta de fe revolucionaria.
El informe que Fidel Castro tiró a la basura
Las primeras advertencias no vinieron de fuera. El ingeniero civil Manuel Ray Rivero, de gran prestigio profesional y vinculado al Movimiento 26 de Julio en la clandestinidad urbana, fue nombrado ministro de Obras Públicas a comienzos de 1959. Castro le encargó en persona evaluar y ejecutar el megaproyecto.
Ray reunió a un equipo de hidrólogos, agrónomos y otros expertos para estudiar el terreno. Las conclusiones del llamado «Informe Ray» fueron demoledoras: el proyecto era inviable, una «insensatez económica» y un grave «atentado ecológico» en una zona de enorme valor natural. El ministro alertó del peligro de los incendios subterráneos y añadió un argumento práctico: no tenía sentido gastar fortunas en «fabricar» tierra firme cuando Cuba ya contaba con zonas arroceras mucho más estables, como la de Bayamo. Fue también Ray quien convocó inicialmente a los técnicos holandeses, franceses y soviéticos que después confirmarían sus conclusiones sobre el terreno.
Castro reaccionó con enfado. Desechó el informe y descalificó a Ray y a sus especialistas como «pesimistas», «poco serios» y «faltos de visión revolucionaria». Aquel choque fue el primer gran roce entre la racionalidad científica y el voluntarismo del líder, y también el primer gesto hostil hacia el ala socialdemócrata del gobierno.
Las diferencias se volvieron irreconciliables. Al giro comunista del régimen se sumó la crisis por el encarcelamiento del comandante Húber Matos, cuya condena Ray se negó a avalar en el Consejo de Ministros. El ingeniero renunció hacia octubre o noviembre de 1959. Su salida abrió paso a una purga que desplazó a otras figuras moderadas, como Elena Mederos y Faustino Pérez, sustituidas por hombres de la línea dura y militantes del antiguo Partido Socialista Popular. Fue el mismo año en que otros dirigentes de aquel primer gabinete, como el presidente Manuel Urrutia, chocaron también con Castro.
Máquinas tragadas por el fango
Con las advertencias archivadas, el plan siguió adelante y el despilfarro fue colosal. Se gastaron decenas de millones en divisas para importar tractores de oruga, excavadoras y bulldozers del bloque soviético y de Occidente. El pantano no perdonó: el fango se tragaba la maquinaria, equipos enteros se hundían para siempre, los motores colapsaban por el sobreesfuerzo y la corrosión liquidaba un capital que el país, ya escaso de recursos, no podía permitirse perder.
Al mismo tiempo, miles de milicianos, soldados y campesinos fueron movilizados para cavar canales a mano, expuestos a enfermedades, plagas y agotamiento. Mientras, la propaganda vendía la obra como una epopeya: los periódicos repetían que la Ciénaga sería «el mayor arrozal del planeta» y exhibían al «hombre nuevo» domando la naturaleza salvaje.
El punto final técnico llegó cuando los expertos extranjeros contratados por el gobierno —holandeses, soviéticos y franceses— trabajaron dos meses sobre el terreno y concluyeron, por unanimidad, lo mismo que ya habían dicho los cubanos: el área era hidrológicamente «indesecable» y el proyecto, un atentado ambiental de proporciones catastróficas.
Un fracaso borrado de los periódicos
Ante la evidencia, el gobierno detuvo las obras de canalización masiva. Lo hizo en silencio, sin explicaciones oficiales, sin disculpas y sin rendir cuentas por el dinero perdido. El gran plan arrocero simplemente dejó de aparecer en la prensa y fue extirpado del discurso oficial. La población lo asimiló con resignación y con ese humor cáustico tan cubano.
Por eso se habla de «delirio»: por la ruptura con la realidad, por la megalomanía de una obra faraónica en busca de validación internacional y por la ausencia de estudios previos que se tomaran en serio.
La victoria ambiental que nadie planeó
Aquí está la gran paradoja. Como las obras se abandonaron antes de llegar a un punto de no retorno, el ecosistema tuvo tiempo de recuperarse. Si se hubieran secado las más de 60.000 hectáreas previstas, los incendios subterráneos habrían convertido los hábitats del humedal en un paisaje lunar.
Hoy la Ciénaga de Zapata sigue siendo el reducto de biodiversidad más representativo del Caribe. Es sitio Ramsar y reserva de la biosfera reconocida por la UNESCO, y alberga especies únicas que la desecación habría aniquilado. El caso más emblemático es el del cocodrilo cubano (Crocodylus rhombifer), endémico de la isla: el delirio arrocero habría supuesto su extinción en estado salvaje.
La naturaleza que se quiso someter resultó ser el recurso más valioso de la región. En la Ciénaga, como han señalado muchos expertos, «no hay oro, plata, ni petróleo»: su riqueza es su naturaleza singular. Lejos de aquella «tierra muerta» de la retórica oficial, esos paisajes intactos permitieron después un turismo de naturaleza de alto nivel, con enclaves que fueron insignia del país, como Guamá en la Laguna del Tesoro, Playa Larga y Playa Girón. Todo eso, claro, antes de la profunda crisis actual.
Lo que sí dejó la movilización del Estado
Sería injusto contar solo el fracaso. La movilización del Estado hacia una región históricamente olvidada dejó también logros sociales y de infraestructura muy reseñables. Al renunciar a destruir el pantano, el gobierno reorientó sus esfuerzos hacia la vida de sus habitantes:
- Carreteras. Se rompió el aislamiento con una red de vías y terraplenes: del Central Australia a Playa Larga, del Central Covadonga a Playa Girón, de Yaguaramas a San Blas, y una carretera costera entre Playa Larga y Playa Girón. En 1961, Castro presumía de unos 100 kilómetros de carreteras y otros 100 de caminos en la zona.
- Fin de la explotación de los carboneros. Se intervinieron los latifundios y se organizaron cooperativas forestales financiadas por el Estado. Según se cuenta, en 1959 los campesinos de la Ciénaga empezaron a cobrar salarios en efectivo por primera vez.
- Nuevos poblados y abastecimiento. Surgieron asentamientos como Buenaventura, con casas de mampostería modestas pero confortables, «Tiendas del Pueblo» conectadas por microondas con el almacén central de Aguada de Pasajeros y un sistema de transporte regular.
- Salud y educación. Llegaron médicos y maestros voluntarios, y se construyeron escuelas, policlínicos y postas médicas. En julio de 1961, el gobierno anunció que el 80 % de los adultos analfabetos ya sabía leer y escribir y que la península era el primer territorio cubano con toda su población vacunada. En diciembre de ese año fue declarada Territorio Libre de Analfabetismo.
El primero de una larga lista de megaproyectos fallidos
La Ciénaga fue solo el experimento fundacional de un patrón que se repetiría durante medio siglo: forzar la naturaleza por decreto. El ejemplo más conocido es la Zafra de los 10 Millones de 1970, el intento desmedido de producir diez millones de toneladas de azúcar. Le siguieron, entre otros:
- El Cordón de La Habana, que llevó a miles de habaneros a sembrar café Caturra alrededor de la capital con la promesa de convertir a Cuba en potencia cafetalera, en suelos y altitudes que no servían para ello.
- Los cruces ganaderos entre cebú local y Holstein canadiense, poco adaptado al clima tropical, con la vaca Ubre Blanca como símbolo. El resultado fue el colapso de la ganadería y la dependencia de la leche en polvo importada.
- El Pastoreo Racional, el riego Microjet para el plátano y la Tarea Álvaro Reynoso: nombres distintos para una misma fórmula de promesas grandilocuentes impuestas desde arriba.
- Las invasiones biológicas: el marabú se adueñó de millones de hectáreas fértiles tras el colapso de las granjas estatales; los búfalos de agua arrasaron la vegetación, y la claria, el pez gato asiático, escapó sin control e invadió ríos y pantanos devorando fauna local.
- La «Voluntad Hidráulica», la construcción frenética de represas desde 1962, al estilo soviético y sin estudios de impacto ambiental, que provocó erosión de playas, intrusión salina en los deltas y la tala de miles de hectáreas de bosque para despejar los embalses.
Una lista que conviene leer junto a otra historia de aquellas décadas: la de la ayuda soviética a Cuba y adónde fue a parar.
Una lección escrita en el pantano
El plan para desecar la Ciénaga de Zapata resume en pequeño la lógica que marcó buena parte de la historia reciente de Cuba: el choque entre un dogma político y las leyes de la naturaleza. El desprecio por los expertos, la sordera ante las advertencias y el uso de miles de ciudadanos como mano de obra para doblegar un ecosistema mostraron muy pronto cómo funcionaba un poder que no admitía contradicción.
Fue un despilfarro que un país con recursos escasos no podía permitirse, y el silencio oficial intentó enterrarlo. Pero, a diferencia de otras aventuras que dejaron cicatrices permanentes, el pantano matancero sobrevivió. Que siga siendo hoy el hogar del cocodrilo cubano es la prueba más visible de que hay leyes que ningún voluntarismo consigue derogar.
