Trump dice que la gasolina a 4,50 es «un precio muy barato»: así afecta al voto cubano
Durante la campaña de 2024, Donald Trump prometió gasolina por debajo de los 2 dólares el galón. Hoy, con el galón rozando los 4,50, el presidente sostiene que pagar ese precio es un sacrificio aceptable. La frase ha caído en mal momento: a pocas semanas de unas elecciones de medio mandato decisivas, el costo de llenar el tanque se ha convertido en un problema político para la Casa Blanca, y el malestar empieza a notarse incluso entre los cubanoamericanos de Florida, el grupo que con más fidelidad lo ha respaldado en todo el país.
Para quien depende del carro para ir al trabajo, hacer entregas o llevar a los hijos a la escuela, no se trata de un debate técnico. Es dinero que desaparece cada semana del presupuesto familiar.
Casi un 50% más cara que antes de la guerra con Irán
Los datos de la Asociación Estadounidense del Automóvil (AAA), que publica a diario el promedio nacional de precios, dibujan una subida difícil de ignorar. El 28 de febrero de 2026, el día en que comenzó la guerra con Irán, el galón de gasolina regular costaba 2,98 dólares. A mediados de septiembre ya rondaba los 4,47, muy cerca del pico de mayo, cuando llegó a superar los 4,53.
En otras palabras, la gasolina cuesta hoy casi la mitad más que antes del conflicto. Y el diésel, el combustible de los camiones que abastecen los supermercados, ha marcado récords históricos en este mismo mes de septiembre, lo que amenaza con trasladar el golpe a la cesta de la compra.
Llevado al bolsillo, el cálculo es sencillo. Un tanque de unos 15 galones que antes de la guerra se llenaba por unos 45 dólares cuesta ahora cerca de 67. Son más de 20 dólares extra en cada parada en la gasolinera. Para quien llena una vez por semana, eso supone unos 90 dólares más al mes.
Por qué el estrecho de Ormuz se nota en la gasolinera del barrio
La explicación está a miles de kilómetros. Por el estrecho de Ormuz, el paso marítimo junto a Irán, circula en tiempos normales cerca de una quinta parte del petróleo mundial. La guerra ha afectado seriamente ese tránsito, y cuando el crudo se encarece en el mercado internacional, el aumento termina llegando a cualquier estación de servicio de Estados Unidos.
El proyecto Costos de la Guerra, de la Universidad de Brown, ha puesto cifra a ese impacto. Según su rastreador del costo energético de la guerra con Irán, los consumidores estadounidenses han pagado unos 100.000 millones de dólares de más en energía desde el inicio del conflicto, lo que equivale a más de 760 dólares por hogar. Florida figura entre los tres estados que más han pagado en total, solo por detrás de Texas y California.
Una promesa electoral que no se ha cumplido
El asunto tiene una dimensión política evidente. En la campaña de 2024, Trump prometió bajar la gasolina de los 2 dólares el galón y reducir a la mitad el costo de la energía en su primer año de mandato. La verificadora PolitiFact ha seguido ambos compromisos y ninguno de los dos se ha cumplido: incluso antes de la guerra, el galón seguía por encima de los 3 dólares.
La contradicción resulta más visible porque, en sus años fuera de la Casa Blanca, el precio de la gasolina fue uno de sus argumentos favoritos contra Joe Biden. Por eso llamaron tanto la atención sus palabras recientes, recogidas por medios como Fortune y The Hill. Trump admitió que la gasolina está «un poco más alta», pero la calificó como «un precio muy barato a pagar por lo que hemos hecho», y añadió que lo seguiría siendo aunque fuera «mucho más».
La justificación de la Casa Blanca y la duda de fondo
El Gobierno sostiene que la guerra era necesaria para impedir que Irán obtenga un arma nuclear, y Trump presenta los ataques contra las instalaciones iraníes como uno de los grandes logros de su mandato. Es una lectura que comparte una parte importante del electorado.
Hay, sin embargo, otra lectura. En mayo, la agencia Reuters informó de que, según la inteligencia estadounidense, Irán seguía necesitando más o menos el mismo tiempo para fabricar el material de una bomba: entre nueve meses y un año, el mismo plazo que se calculaba antes de la guerra. La razón sería que buena parte de su uranio enriquecido, el combustible necesario para un arma atómica, parece seguir guardado en instalaciones subterráneas de muy difícil acceso.
De ahí surge la pregunta que atraviesa todo el debate: si el sacrificio que los estadounidenses hacen en la gasolinera está sirviendo realmente para lo que se prometió.
Un Gobierno que no se pone de acuerdo
A la duda se suma la falta de un mensaje único dentro de la propia Administración. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, llegó a asegurar que el galón podría volver a los 3 dólares durante el verano. El secretario de Energía, Chris Wright, sugirió en abril que quizá no bajaría de esa cifra hasta el año próximo, y Trump lo desautorizó en público al decir que estaba «totalmente equivocado». El verano ya terminó y la gasolina sigue muy lejos de los 3 dólares.
Las encuestas reflejan el golpe en el bolsillo
El desgaste se aprecia con claridad en los sondeos. La encuesta más reciente de Reuters e Ipsos sitúa la aprobación de Trump en el 32%, la más baja de toda su carrera en esa serie. Solo el 17% aprueba su gestión del costo de la vida, menos de uno de cada cinco. Y por primera vez, el 51% de los republicanos desaprueba cómo maneja ese tema. En cuanto a la guerra, apenas el 34% de los estadounidenses respalda los ataques contra Irán.
Estas cifras pesan porque el 3 de noviembre se celebran las elecciones de medio mandato, en las que se renueva toda la Cámara de Representantes y una parte del Senado. Si los republicanos pierden el control del Congreso, a Trump le resultará mucho más difícil sacar adelante su agenda en los dos años que le quedan. Los demócratas, conscientes de ello, han convertido la gasolina en uno de los ejes de su campaña.
El voto cubano: todavía mayoritario, pero con menos margen
La comunidad cubanoamericana ha sido durante años el bastión más fiel de Trump entre los latinos de Estados Unidos. En octubre de 2024, la encuesta Cuba Poll de la Universidad Internacional de Florida (FIU) encontró que el 68% de los votantes cubanoamericanos probables de Miami-Dade pensaba votar por él, la cifra más alta desde que la universidad comenzó ese estudio en 1991.
En abril de 2026, otro estudio de la misma universidad, del Foro de Opinión Pública Latina, situó el apoyo a Trump entre los cubanoamericanos en el 53%. Conviene no restar ambas cifras sin más, porque no se trata de la misma encuesta ni de la misma muestra. Pero la tendencia es clara: el respaldo sigue siendo mayoritario, aunque con bastante menos margen que antes.
El contexto ayuda a medir el fenómeno. Los cubanos siguen siendo el grupo que más apoya a Trump en todo el país. Según ese mismo estudio, Florida es el estado donde los latinos lo ven con mejores ojos, y más del 70% de los cubanos respalda su campaña de deportaciones. Entre los latinos en general, en cambio, unos dos de cada tres lo desaprueban. El director del estudio, Eduardo Gamarra, señaló que en asuntos como el costo de la vida y los métodos migratorios los latinos parecen estar regresando al Partido Demócrata.
Hay un detalle que añade incertidumbre: la encuesta se hizo en abril, cuando la gasolina rondaba los 4 dólares. Desde entonces, el precio ha seguido subiendo. La gran incógnita es cuánto se habrá movido el voto cubano cuando la comunidad acuda a las urnas en noviembre.
Para quien vive del carro, o para quien además envía dinero a su familia en Cuba, cada subida en la gasolinera se nota a fin de mes.
Dos lecturas de un mismo precio
En el fondo, la historia se resume en un giro de discurso. Trump construyó buena parte de su imagen económica sobre la idea de que un buen presidente garantiza gasolina barata. Hoy defiende que pagarla cara es un sacrificio necesario por la seguridad nacional.
Para unos, es un precio razonable frente a la amenaza de un Irán con armas nucleares. Para otros, es una promesa rota que pagan cada semana al llenar el tanque. En noviembre, los votantes, y entre ellos los cubanoamericanos de Florida, dirán cuál de las dos lecturas pesa más.
