Faure Chomón, el comandante que se atrevió a discutirle el poder a Fidel Castro
En enero de 1959, cuando la dictadura de Fulgencio Batista acababa de derrumbarse, el hombre más poderoso de Cuba señaló públicamente a un veterano de la lucha clandestina y le atribuyó, ante una multitud entregada, «pésimas intenciones». Ese hombre había participado en uno de los asaltos más audaces de la historia cubana, había visto morir a sus compañeros más cercanos y había desembarcado armado en la isla para irse a la guerrilla. Se llamaba Faure Chomón. Y la paradoja que hace única su historia es que ese mismo dirigente humillado en público terminaría siendo embajador, ministro y miembro del Comité Central del Partido Comunista hasta su muerte.
Su trayectoria plantea una pregunta que sesenta años después sigue abierta: ¿fue aquello una reconciliación sincera o una rendición disfrazada de unidad? Detrás de la famosa consigna «¿Armas para qué?» se esconde mucho más de lo que suele contarse.
De la universidad a la lucha armada
Faure Chomón Mediavilla nació el 15 de enero de 1929 en Manatí, en la antigua provincia de Oriente, un territorio que hoy pertenece a Las Tunas. Estudiaba en la Universidad de La Habana, vinculado a la Federación Estudiantil Universitaria, cuando el golpe de Estado de Batista, el 10 de marzo de 1952, empujó a toda su generación hacia la insurrección.
En aquel ambiente coincidió con José Antonio Echeverría, Fructuoso Rodríguez, Joe Westbrook y Juan Pedro Carbó Serviá, el núcleo que daría forma al Directorio Revolucionario. La organización surgió alrededor de 1955 como estructura clandestina ligada al movimiento estudiantil y se proclamó públicamente el 24 de febrero de 1956. La fecha no fue casual: conmemora el Grito de Baire, el inicio de la Guerra de Independencia de 1895 encabezada por José Martí. Con ese gesto simbólico, el Directorio se colocaba a sí mismo en la tradición fundacional de la nación.
Una organización con proyecto propio
Aquí está la clave que explica todo lo que vino después: el Directorio no nació como una dependencia del Movimiento 26 de Julio. Era una organización con mando, prestigio, armamento, mártires y un proyecto político propio, que hablaba de libertad política, independencia económica y justicia social. En su lenguaje aparecían la democracia y el socialismo, aunque todavía no el socialismo marxista-leninista que más tarde adoptaría el Estado cubano.
Sus métodos también eran distintos. Mientras el 26 de Julio apostaba por la guerrilla rural con un mando cada vez más concentrado en Fidel Castro, el Directorio confiaba en la acción directa en las ciudades, la insurrección urbana e incluso el magnicidio. La Carta de México, firmada en agosto de 1956 por Echeverría y Fidel, buscó coordinar a ambas fuerzas. Pero coordinar no es fusionar: eran aliados y, al mismo tiempo, competidores, aunque nadie lo dijera en voz alta.
El asalto al Palacio y la sangre del Directorio
El 13 de marzo de 1957, el Directorio ejecutó su operación más arriesgada: el asalto al Palacio Presidencial para dar muerte a Batista, mientras Echeverría tomaba la emisora Radio Reloj para anunciar la caída del dictador y llamar a la insurrección. Faure participó en el ataque y resultó herido. Los asaltantes lograron penetrar en el edificio, pero Batista consiguió mantenerse fuera de su alcance en los pisos superiores, y la operación terminó en un baño de sangre. Echeverría leyó su proclama y murió poco después, en un enfrentamiento cerca de la Universidad.
Semanas más tarde, el 20 de abril de 1957, la policía localizó el apartamento de Humboldt 7 y asesinó a Fructuoso Rodríguez, Joe Westbrook, Juan Pedro Carbó Serviá y José Machado. Con Echeverría y Fructuoso muertos, Faure quedó como secretario general y principal dirigente de lo que quedaba de la organización.
Conviene una aclaración honesta. Algunas publicaciones del exilio han lanzado acusaciones contra Faure por decisiones tácticas de aquellos días, e incluso por presuntas delaciones vinculadas a la masacre de Humboldt 7. Pero en la documentación pública disponible no existe ninguna prueba concluyente que le atribuya responsabilidad en esa delación. Son controversias políticas, no hechos demostrados.
El regreso, el Escambray y el pacto con el Che
Lo que sí está documentado es lo que hizo después. Faure se recuperó, reorganizó al Directorio en el exilio y, el 8 de febrero de 1958, regresó a la isla al frente de una expedición de unos dieciséis hombres que desembarcó por Santa Rita, cerca de Nuevitas, con un importante arsenal. Puede discutirse mucho sobre Faure Chomón, pero no su valor personal.
Su grupo estableció fuerzas guerrilleras en el Escambray, una región donde también operaban el 26 de Julio, el Segundo Frente Nacional dirigido por Eloy Gutiérrez Menoyo y grupos menores, todos compitiendo por territorio, armas, reclutas y legitimidad política. A finales de 1958, la ofensiva rebelde obligó a la coordinación, y el 1 de diciembre Faure y el Che Guevara firmaron el pacto de El Pedrero, por el cual el Directorio y el 26 de Julio acordaban cooperar militarmente contra Batista. Pero aquel documento no convertía a Fidel en jefe de Faure: era unidad operacional para la guerra, no una entrega del mando. Las fuerzas del Directorio combatieron después en operaciones decisivas de la región central, incluida la lucha por Santa Clara.
La desconfianza que se cocinaba en privado
Mientras el Che y Faure peleaban juntos en Las Villas, Fidel escribía cartas. Una de ellas, dirigida al Che y publicada décadas más tarde en un libro del propio Fidel, revela lo que pensaba realmente del Directorio: advertía contra compartir demasiada autoridad, prestigio o fuerza con esa organización y describía a sus dirigentes como gente potencialmente ambiciosa y problemática.
Es decir, mientras en público se hablaba de unidad, en privado ya existía una profunda competencia por el liderazgo de la futura revolución. Y la preocupación no era simple paranoia: el Directorio contaba con una historia de lucha anterior al desembarco del Granma, el prestigio del asalto al Palacio, una base considerable entre los estudiantes, combatientes armados en el centro del país y presencia política en La Habana. Era, en la práctica, el único actor con credenciales suficientes para discutirle algo al 26 de Julio.
Enero de 1959: el Directorio ocupa La Habana
Batista huyó de Cuba, y en cuestión de horas se destapó todo lo que estaba contenido. Al conocerse la caída de la dictadura, miembros del Directorio ocuparon varios lugares simbólicos y estratégicos de la capital: el Palacio Presidencial, el Capitolio Nacional, la Universidad de La Habana e instalaciones militares, entre ellas la base aérea de San Antonio de los Baños.
Vista con justicia, aquella ocupación no era necesariamente un intento de golpe contra Fidel. Desde la perspectiva del Directorio, sus combatientes formaban parte del ejército vencedor y tenían derecho a garantizar la seguridad de los antiguos centros de poder. Ellos habían atacado ese mismo Palacio en 1957 y habían dejado allí a sus muertos.
Pero para Fidel y para el naciente Gobierno Revolucionario, aquello suponía un problema político de primer orden. El nuevo presidente, Manuel Urrutia, necesitaba instalarse en el Palacio Presidencial, y Fidel quería evitar a toda costa la coexistencia de varios ejércitos revolucionarios independientes. Urrutia había jurado como presidente provisional en Santiago de Cuba, donde se había constituido el Gobierno; el reto era trasladar el Ejecutivo a La Habana e instalarlo en su sede oficial, entonces custodiada por el Directorio, una organización que no había participado en su designación y que reclamaba reconocimiento político y militar.
El Gobierno llegó a La Habana el 5 de enero. El Directorio siguió custodiando el Palacio esa noche y lo entregó al día siguiente sin que se disparara un solo tiro. Hasta ahí, la tensión era real pero manejable.
El reparto del poder y la cuestión de las armas
El segundo frente de fricción fue la distribución del poder. Urrutia había hablado públicamente de un gabinete de concentración, de unidad revolucionaria, y el Directorio entendió que las principales organizaciones que habían combatido a Batista tendrían representación propia. Sin embargo, cuando se anunció el gabinete inicial, el Directorio, como organización, no figuraba. Algunos de sus antiguos integrantes accederían más tarde a cargos gubernamentales, pero no como representantes formales de Faure ni de su estructura.
Ahí se abrió la pregunta de fondo: ¿quién tenía derecho a participar en el nuevo poder? Para Fidel, los cargos no debían repartirse como cuotas entre organizaciones. Para el Directorio, excluirlo equivalía a desconocer su sangre derramada y a consolidar el monopolio del 26 de Julio.
Y entonces llegó el punto más delicado: las armas. Combatientes del Directorio retiraron armamento y municiones de las instalaciones de San Antonio de los Baños. Según la denuncia pública que haría Fidel, se habían llevado aproximadamente quinientas armas ligeras, seis ametralladoras y ochenta mil proyectiles. En un contexto en el que la guerra apenas había terminado y nadie sabía todavía qué forma tendría el nuevo poder, que una organización distinta a la de Fidel acumulara armamento era una mecha encendida.
«¿Armas para qué?»: la jugada que cambió la partida
El 8 de enero de 1959, el día de su entrada triunfal en La Habana, Fidel pronunció su célebre discurso en el campamento militar de Columbia. No mencionó inicialmente al Directorio por su nombre, pero todos sabían de quién hablaba. Criticó a quienes ocultaban o trasladaban armas y lanzó la pregunta que se convertiría en una de las consignas más recordadas de la historia cubana: ¿Armas para qué? Fue más allá y sugirió que ciertos dirigentes estaban molestos por no haber recibido varios ministerios y utilizaban el armamento como instrumento de presión.
El movimiento fue una clase magistral de política. Fidel transformó lo que era una negociación entre fuerzas revolucionarias —una discusión legítima entre aliados de guerra sobre el reparto del poder— en un juicio público ante una multitud que lo adoraba como líder máximo de la victoria. En ese escenario, el Directorio no podía ganar: cualquier respuesta lo dejaría como el ambicioso, el divisionista, el que ponía en riesgo la revolución por unos ministerios.
Al día siguiente, el 9 de enero, Fidel fue todavía más lejos. Mencionó expresamente a Faure Chomón, afirmó que no era el primer problema que este creaba y atribuyó pésimas intenciones a algunas de sus declaraciones. Ya no era un mensaje velado contra una organización: era un ataque directo, con nombre y apellidos, contra el máximo dirigente del Directorio.
Conviene reconocer un vacío documental: no se ha localizado en los archivos digitales disponibles la transcripción íntegra y verificable de las declaraciones de Faure que provocaron esa respuesta. Por el contexto se sabe que la controversia giraba en torno a tres asuntos: la representación del Directorio en el Gobierno, la legitimidad de conservar armas propias y el reconocimiento del Directorio como fuerza revolucionaria autónoma.
«No hay mejor aclaración que nuestra unidad»
Faure preparó una respuesta televisada. Según su propio relato posterior, evitó la ruptura abierta porque comprendió que un choque entre el Directorio y Fidel solo beneficiaría a la contrarrevolución. En una de sus intervenciones de aquellos días definió al Directorio como una organización de «izquierda democrática», una expresión reveladora: en enero de 1959, su lenguaje político aún no era el del comunismo oficial que se impondría después.
Hubo conversaciones entre las dos partes. Faure contó que Fidel acudió a la Universidad, se mostró dispuesto a hacer una aclaración pública y que ambos concluyeron con una frase que quedó para la historia: no hay mejor aclaración que nuestra unidad. A mediados de enero, el Directorio devolvió el armamento en disputa y muchos de sus combatientes se incorporaron al Ejército Rebelde o a las nuevas instituciones. La crisis parecía cerrada.
Qué estaba realmente en juego
El enfrentamiento iba mucho más allá de una disputa personal entre dos comandantes. En el fondo se dirimían tres cuestiones.
La primera era el monopolio de las armas. Fidel consideraba indispensable un mando único sobre todas las fuerzas armadas, y el riesgo de choques o incluso de una guerra entre milicias era real. Pero el desarme selectivo tenía otra cara, puramente política: al retirar las armas a los demás movimientos, les quitaba la capacidad material de negociar en igualdad de condiciones. Sin fusiles, el Directorio pasaba de aliado con fuerza propia a grupo de peticionarios.
La segunda era la legitimidad histórica. El 26 de Julio no fue la única organización que combatió a Batista, aunque la historia oficial suela presentarlo así. El Directorio podía reclamar sus mártires, sus acciones militares y sus zonas guerrilleras. La disputa de enero era, en el fondo, sobre quién encarnaba la revolución: si una coalición de organizaciones victoriosas o un proceso dirigido fundamentalmente por Fidel y su movimiento.
La tercera era la distribución del poder. Faure llegó a hablar de una asamblea de fuerzas revolucionarias y de crear un gran instrumento organizativo común. La idea admitía dos lecturas: un mecanismo plural de coordinación entre iguales o el embrión de una organización unificada que terminaría absorbiendo a todos los grupos. La historia mostró cuál se impuso: la unificación se hizo bajo el liderazgo de Fidel y redujo progresivamente la autonomía del Directorio hasta hacerla desaparecer.
Sobre todo ello existen dos interpretaciones opuestas. La versión oficial cubana presenta los hechos como una confusión temporal entre revolucionarios, resuelta mediante el diálogo, con un Directorio que aceptó con responsabilidad la unidad para no dar ventaja a los batistianos ni a Estados Unidos. La lectura crítica, defendida por autores opositores y del exilio, sostiene que Fidel empleó su popularidad, sus discursos y el control creciente del Ejército Rebelde para neutralizar a un competidor, y que aquel «¿Armas para qué?» fue el momento en que dejó claro que ninguna organización podría mantener una fuerza independiente ni exigir cuotas de poder. Ambas contienen elementos atendibles: existía un riesgo real de fragmentación armada, pero también es un hecho que el desenlace fortaleció decisivamente a Fidel y dejó al Directorio sin capacidad de negociar nada.
Del choque a la integración total
¿Qué pasó después con Faure? No fue purgado, ni encarcelado, ni fusilado como otros que discreparon. A finales de septiembre de 1959, por instrucciones de Raúl Castro, encabezó una de las primeras delegaciones militares cubanas que viajaron a la República Popular China y a la Unión Soviética, y poco después fue designado primer embajador de la Revolución cubana en la URSS.
¿Un premio? Es posible. Pero un memorando del Departamento de Estado de Estados Unidos consideraba a Chomón un posible rival de Fidel y sugería que enviarlo a Moscú podía servir precisamente para alejarlo del centro político cubano. Esa era la percepción de funcionarios estadounidenses, no una prueba de que la embajada fuera un destierro. La interpretación más prudente es doble: la designación reconocía su prestigio y le confiaba una misión estratégica de primer nivel y, a la vez, lo apartaba de La Habana durante la etapa más crucial de la consolidación del poder. En la política cubana de aquellos años, las dos cosas solían ser ciertas al mismo tiempo.
Lo que vino después fue la crónica de una integración completa. Faure aceptó plenamente el liderazgo de Fidel y la transformación socialista. Fue embajador en la Unión Soviética, Vietnam y Ecuador; ministro de Comunicaciones y de Transporte durante la década de 1960; primer secretario del Partido en Las Tunas; miembro del Comité Central desde su constitución en 1965 e integrante de su Secretariado; y diputado a la Asamblea Nacional desde 1976, además de asesor de su presidencia. Murió en La Habana el 5 de diciembre de 2019, a los noventa años, con todos los honores del sistema al que terminó sirviendo durante seis décadas.
Sobrevivió el hombre, no la organización
Ahí está el matiz que resume toda su historia: Faure no fue eliminado como otros dirigentes discrepantes, pero su organización sí desapareció. El Directorio dejó de existir como centro autónomo de poder, y toda la trayectoria posterior de Faure se desarrolló dentro de las instituciones encabezadas por Fidel. Conservó cargos, reconocimiento y presencia institucional. El precio fue la desaparición política de todo lo que había construido y de aquello por lo que sus compañeros murieron en el Palacio y en Humboldt 7.
Hay, además, un último papel que pocas veces se analiza: Faure como historiador de su propia causa. Durante décadas contribuyó a construir la memoria oficial del Directorio, escribiendo y hablando sobre Echeverría, el asalto al Palacio, la expedición de 1958, el Escambray y el pacto con el Che. Sus testimonios son imprescindibles porque fue protagonista directo, pero no deben leerse como fuente neutral: después de 1959 tenía sólidas razones políticas para minimizar sus disputas con Fidel y presentar la subordinación del Directorio como una unidad voluntaria. Del mismo modo, las memorias de sus adversarios del exilio pueden exagerar acusaciones para retratarlo como cómplice u oportunista. La única forma fiable de acercarse a la verdad es contrastar todas esas versiones con los documentos de la época.
Una revolución que nació plural
La historia de Faure Chomón deja una lección que trasciende a un solo hombre: la lucha contra Batista no fue al principio un movimiento único, sino una alianza inestable de organizaciones con estrategias y liderazgos propios. Esa pluralidad existió, fue real, tuvo sus mártires, sus expediciones y sus banderas. Y desapareció en cuestión de meses, absorbida por un poder que se centralizó a una velocidad asombrosa en torno a un solo hombre.
La discrepancia de enero terminó sin ruptura porque Faure decidió no desafiar abiertamente a Fidel y porque el Directorio ya no tenía ni la fuerza militar ni el respaldo popular para sostener ese pulso. Preguntarse si hizo bien en ceder para evitar una guerra entre revolucionarios, o si aquella cesión fue el principio del fin de cualquier pluralismo en Cuba, sigue siendo el debate de fondo. Como también lo es imaginar qué habría ocurrido si el Directorio hubiera conservado sus armas, o si aquel «¿Armas para qué?» fue una medida de seguridad necesaria o una jugada maestra para eliminar competidores. Juzgarlo desde la distancia es sencillo; entender lo que estaba en juego aquel enero, con el país en ebullición y las armas todavía calientes, es lo verdaderamente difícil.