Ramón Castro Ruz: el hermano mayor de Fidel que le negó el dinero del Moncada
Tenía el mismo rostro, la misma estatura y el mismo apellido que el hombre más poderoso de Cuba. Pudo haber exigido un ministerio, unas charreteras de general o un asiento en el Buró Político. No lo hizo. Ramón Eusebio Castro Ruz, el hermano mayor de Fidel y Raúl, prefirió el olor de la tierra al de la pólvora, llamaba a la nueva élite del país «ustedes los comunistas» y, aun así, terminó convertido en Héroe del Trabajo de la República de Cuba. Su vida es, probablemente, la contradicción más elocuente de toda la familia Castro.
Durante décadas, los reflectores apuntaron solo a dos hermanos. Pero en la historia del clan de Birán falta casi siempre una pieza: la del primogénito que se negó a financiar el asalto al Moncada, que alimentó a sus hermanos en la cárcel, que vio cómo la Reforma Agraria desmantelaba la finca de su padre y que, cuando llegó la hora de elegir entre su hermana disidente y el poder, eligió sobrevivir.
El heredero de la tierra de Birán
Ramón Castro Ruz nació el 14 de octubre de 1924 en la finca Las Manacas, en Birán, en el oriente de la isla. Era el hijo mayor de Ángel Castro Argiz, un inmigrante gallego que había llegado a Cuba sin dinero y que, a fuerza de trabajo y olfato comercial, levantó un imperio agropecuario. Su madre, Lina Ruz González, era quien imponía la disciplina en casa.
Si Fidel heredó del padre la ambición de dejar huella en la historia y Raúl el sentido de la organización y la jerarquía, Ramón heredó otra cosa: la tierra. Fue, de los tres, el que más se pareció al viejo Ángel.
Como sus hermanos, estudió en el Colegio La Salle de Santiago de Cuba, y ahí aparecen las primeras contradicciones de su carácter. Su hermana Juanita lo recuerda en sus memorias como un niño dócil, que nunca se quejaba de las carencias de la casa de huéspedes donde los internaron, mientras Fidel protestaba sin parar. Otros relatos lo pintan, en cambio, como un alborotador de pasillo, un buscapleitos temido. Las dos imágenes encajan en una sola regla: el propio Fidel contaría años después que, en aquel colegio, Ramón actuaba como escudo de sus hermanos menores. Quien se metía con un Castro se las veía con Mongo.
Los libros nunca fueron lo suyo. Mientras Fidel se preparaba para la política en la Universidad de La Habana, Ramón dejó los estudios y volvió a Birán para ponerse al frente de las tierras familiares. Allí se convirtió en el administrador del feudo y, sobre todo, en un hombre de acción.
El mecánico, el chofer y el sacamuelas
Juanita Castro describe con asombro su talento para la mecánica: lo mismo desmontaba el motor de un tractor que arreglaba el carburador de un coche. Fue el primer chofer de la familia, acompañó a don Ángel a comprar el primer automóvil de Fidel y fue él quien enseñó a conducir al futuro Comandante en Jefe.
Los campesinos de la zona no lo veían como el hijo del millonario, sino como uno de los suyos con recursos. Regalaba madera para cercas, llevaba arroz o un lechón asado a las casas donde había hambre y salía de noche, bajo la lluvia, a sacar del fango los vehículos atascados. Su generosidad con el patrimonio familiar rozaba lo imprudente.
De aquella época se cuenta una anécdota que lo retrata entero. Un amigo campesino al que llamaban «Serrucho» sufría un dolor de muelas insoportable, en un campo donde no había dentistas. Ramón le dio un trago largo de aguardiente, tomó unos alicates de mecánico y le sacó la muela de un tirón, con su hermana pequeña como ayudante. Rudo, práctico, resolviendo con las manos lo que otros resolvían con discursos. Esa manera de ver el mundo iba a chocar de frente con la que estaban a punto de imponer sus hermanos.
El hermano que le negó el dinero a Fidel antes del Moncada
Tras el golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952, Fidel y Raúl pasaron a la conspiración armada. Ramón, mientras tanto, seguía en Birán pagando jornales y mirando al cielo para adivinar la lluvia. Pero la historia fue a buscarlo a la puerta de su casa.
Poco antes del asalto al cuartel Moncada, en julio de 1953, Fidel necesitaba dinero en efectivo para armas, uniformes y transporte. Viajó de noche a la finca y le pidió un préstamo a quien manejaba las cuentas de la familia. Según se ha documentado, la cifra que finalmente solicitó fue de 140 pesos, una cantidad menor para la fortuna de los Castro. Ramón le hizo la pregunta obvia: para qué lo quería. Fidel se negó a revelar sus planes, y Ramón, con la lógica de un administrador, se negó a dárselo. El hombre que regalaba sacos de arroz a desconocidos le cerró la caja a la Revolución en su momento más frágil, sencillamente porque no iba a financiar algo que no entendía.
La sangre, sin embargo, pesó más que las cuentas. El Moncada fracasó, murieron decenas de jóvenes y Fidel y Raúl acabaron presos en Isla de Pinos. Cuando el apellido Castro se había convertido en sinónimo de desgracia, Ramón organizó durante casi dos años el envío regular de comida, provisiones y cajas de puros a la cárcel. No los había apoyado en la aventura, pero no iba a dejarlos pasar hambre. Lo pagó caro: en 1953, solo por llevar ese apellido, las fuerzas de Batista lo detuvieron.
«Fidel está vivo»
En octubre de 1956 murió Ángel Castro. Ramón corrió al hospital, pero llegó tarde. Los testigos recuerdan a aquel hombretón de manos de hierro derrumbado sobre el cuerpo de su padre, repitiendo entre llantos: «Viejo… mi viejo».
Poco después llegó otro golpe. Tras el desembarco del yate Granma y la emboscada de Alegría de Pío, la prensa oficial dio por muerto a Fidel. Con el padre recién enterrado y su hermano supuestamente acribillado, Ramón se plantó ante los periodistas con un razonamiento impecable: si el Gobierno que tanto odiaba a su hermano lo hubiera matado, ya habría exhibido el cadáver. «Fidel está vivo», sentenció. Tenía razón.
A partir de entonces, desde la aparente legalidad de su hacienda, Ramón se jugó la vida a diario. Aprovechando la infraestructura de la finca, montó una red de suministros para el Segundo Frente Oriental de Raúl: escondía municiones, desviaba alimentos y enviaba tractores a las montañas. Fue un general sin uniforme en la retaguardia. Y, sin embargo, el triunfo del 1 de enero de 1959 no le trajo gloria, sino el comienzo de su mayor conflicto.
La Reforma Agraria y el «hermano desnaturalizado»
Una de las primeras promesas de la Revolución fue acabar con el latifundio. Expropiar a los ricos para entregar la tierra a los pobres significaba, también, desmantelar la finca de los Castro en Birán, el imperio que había levantado el viejo Ángel y que Ramón había administrado durante años. Las leyes redactadas por sus propios hermanos destruían el legado de su padre.
Ramón no era marxista. Era un hombre de negocios y no tardó en decirlo. En plena euforia por las expropiaciones concedió una entrevista al periódico independiente Prensa Libre, dirigido por Humberto Medrano y Sergio Carbó, en la que expuso ideas agrícolas que contradecían abiertamente la línea estatista del nuevo Gobierno. Para la cúpula, que el hermano mayor del Comandante cuestionara la Reforma Agraria en un medio considerado burgués era intolerable.
La respuesta llegó desde el diario Revolución, órgano del Movimiento 26 de Julio que dirigía Carlos Franqui. Un artículo lo atacó sin contemplaciones y lo bautizó con un calificativo humillante: el «hermano desnaturalizado». Lo acusaban de estar del lado de los explotadores.
Juanita, indignada, quiso arrastrarlo hasta la redacción para enfrentarse a Franqui. Ramón, lejos de estallar, la frenó con una frase que quedó en la memoria familiar: «No, Juanita. ¿Estás loca? Deja eso. […] Franqui tiene bastante con verse en el espejo todos los días […] Allá él y su conciencia».
«Ustedes los comunistas»
Desde entonces, Ramón optó por una especie de rebeldía pasiva: si no podía cambiar la maquinaria ideológica de sus hermanos, la ignoraría. El biógrafo británico Leycester Coltman, autor de The Real Fidel Castro, recoge que, a puerta cerrada, frente a los altos funcionarios y militares del nuevo poder, Ramón no disimulaba su rechazo y se refería a ellos como «ustedes los comunistas».
Esa negativa a disfrazarse alcanzaba hasta lo social. En 1960, ante la boda de su hermana Enma y la negativa inicial de Fidel a llevarla al altar, la familia le pidió al hermano mayor que cumpliera ese papel vestido de frac. La respuesta fue tajante: «No, no y no. Conmigo sí que no cuenten para esas cosas, porque por nada de este mundo yo me pongo un frac». Ni el verde olivo de los guerrilleros ni la etiqueta de los salones. Pero esa neutralidad estaba a punto de romperse.
La llamada de Juanita y el precio del miedo
A mediados de los años sesenta, con la Guerra Fría en su punto más caliente, la vigilancia del Estado había llegado a cada cuadra. Y la paranoia terminó por atravesar los muros de la propia familia Castro.
Juanita, horrorizada por los fusilamientos y la persecución política, había empezado a colaborar en secreto con la CIA bajo el nombre en clave de «Donna». En 1964, sintiendo que el cerco se cerraba sobre ella, abandonó Cuba rumbo a México y desde allí denunció públicamente a Fidel y a Raúl. El régimen la convirtió en una «no persona»: desapareció de las fotos, de los libros y de la televisión.
La prueba moral recaía ahora sobre Ramón. ¿Defendería a la hermana que había salido en su defensa frente a Franqui, o se plegaría al poder?
La respuesta llegó en forma de una escena que la propia Juanita recoge en sus memorias. Ramón estaba de visita en La Habana en casa de una amiga de la familia, Nadina Sánchez, cuando sonó el teléfono. Era Juanita, llamando desde México. Según le contaron a ella, fue «como si Ramón hubiera visto al mismísimo diablo». Sin acercarse al auricular, sin decir palabra, salió corriendo de la casa para no verse relacionado con la hermana que ya era oficialmente una traidora.
Poco después se alineó en público con Fidel y Raúl: «No estoy de acuerdo con lo que hizo Juanita. Pienso que no era necesario llegar tan lejos». La ruptura fue total. Entre sus convicciones privadas y el poder de sus hermanos, Ramón eligió la supervivencia, agachó la cabeza y buscó refugio en el único terreno donde se sentía dueño de sí mismo: el campo.
Valle de Picadura: el sueño lechero del hermano mayor
Si ya no podía ser propietario, sería el gran administrador de los sueños agropecuarios del nuevo Estado. Fue asesor de los ministerios de la Agricultura y del Azúcar, aunque las oficinas nunca fueron su hábitat natural. Su obra más recordada fue el Plan Especial Genético Valle de Picadura, en Mayabeque, al este de La Habana.
A finales de los sesenta y comienzos de los setenta, con el respaldo económico que llegaba de la Unión Soviética, Ramón se propuso algo casi faraónico: mediante el cruce de razas, convertir un país tropical y caluroso en una potencia productora de leche y carne. En Picadura era el rey. Los trabajadores de la época lo recuerdan manejando él mismo un buldócer un domingo por la tarde de 1972, cubierto de polvo y grasa, con su viejo traje de miliciano. Dirigía flotas de camiones para la caña, fundaba empresas estatales de cítricos, cruzaba potreros a pie y supervisaba personalmente los partos de las vacas.
Conservaba, además, la vieja costumbre de Birán de cuidar a su gente. Se cuenta que visitaba a diario en el hospital a los trabajadores accidentados, e incluso a combatientes heridos en Angola, para asegurarse de que no les faltara nada. «Hablar de Ramón en esta zona era como hablar de Dios», repiten todavía los viejos guajiros de Picadura.
El régimen supo aprovechar el peso simbólico de aquel hermano que humanizaba el apellido. Ramón figuró entre los fundadores del Partido Comunista de Cuba, fue diputado a la Asamblea Nacional y en 1987 recibió el título de Héroe del Trabajo de la República de Cuba.
El derrumbe
La caída del Muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la Unión Soviética cortaron de golpe los subsidios que sostenían aquel modelo. Dejaron de llegar el pienso, los fertilizantes y el petróleo. Las vacas de alto rendimiento, que necesitaban una alimentación especializada, murieron por miles o dejaron de dar leche; la maquinaria se oxidó sin piezas de repuesto y el marabú devoró los campos de cítricos. El espejismo de abundancia que Ramón había administrado se vino abajo porque descansaba sobre bases artificiales.
El ocaso del patriarca
Sus últimos años transcurrieron lejos de los focos, en una modesta finca a las afueras de La Habana, cuidando un huerto y sus animales, como si nunca hubiera querido salir de Birán. Tuvo una descendencia numerosa de sus dos matrimonios, con Sully Castillo y Alicia Rodríguez. En otra de las ironías de esta familia, buena parte de sus nietos y sobrinos vive hoy lejos de Cuba, en lugares como Canarias, la península española o República Dominicana.
Ramón Castro murió en La Habana la mañana del martes 23 de febrero de 2016, a los 91 años, apenas nueve meses antes que Fidel. Sus restos fueron cremados y sus cenizas descansan en el panteón familiar de Birán, junto a las de sus padres, Ángel y Lina. El círculo volvía a cerrarse en la tierra donde había empezado todo.
¿Quién fue, en definitiva? Para los campesinos que trabajaron a su lado, un hombre bueno y apacible, con las manos manchadas de grasa, que merecía de sobra su medalla. Para otros, un superviviente astuto: un terrateniente expropiado que cambió su silencio ideológico, y la ruptura con su hermana, por un espacio propio bajo el paraguas de la familia en el poder. Probablemente fue las dos cosas a la vez. Un hombre que despreciaba el comunismo en privado y obedecía a sus hermanos comunistas en público; un patriarca atrapado en la telaraña de su propio apellido.
Su historia se suma a otros capítulos poco contados del clan, como el secreto de Estado que rodeó la salud de Fidel, las críticas de Alexi Castro, uno de los hijos del Comandante, o los rumores recurrentes sobre la muerte de Raúl Castro. Todos recuerdan lo mismo que la vida de Ramón: que detrás del bronce oficial hubo siempre carne, dudas y miedo.
