Osmany Cienfuegos: la rastra de Girón y el silencio sobre Camilo
En las fotos de los primeros días de la Revolución, la mirada se va siempre al mismo sitio: al sombrero alón y la barba de Camilo Cienfuegos, el héroe más querido del proceso, el rostro que acabó estampado en el billete de 20 pesos. Pero a su lado, en más de una imagen, aparece otro hombre de la familia, un año mayor, del que casi nadie se acuerda. Se llamaba Osmany Cienfuegos Gorriarán y su historia es, en buena medida, la contraria de la de su hermano.
Camilo desapareció el 28 de octubre de 1959 a bordo de una avioneta que había despegado de Camagüey rumbo a La Habana. Nunca se encontró el aparato ni un solo resto. Osmany, en cambio, permaneció 65 años más dentro del poder: fue ministro, vicepresidente del Gobierno, miembro del Buró Político y hombre de confianza personal de Fidel Castro. En todo ese tiempo no se le conoce una sola declaración pública que cuestionara la versión oficial sobre la muerte de su hermano.
Ese silencio ha alimentado durante décadas sospechas que nunca se han demostrado. Pero sobre Osmany pesa también una acusación que no nace del rumor, sino del testimonio de supervivientes con nombre y apellido: la de haber encerrado a más de un centenar de prisioneros de Playa Girón en un camión sin ventilación, en el que nueve de ellos murieron asfixiados. Separar lo probado de lo especulado es la única manera honesta de contar quién fue.
Un arquitecto comunista entre dos orillas
Osmany nació en La Habana el 4 de febrero de 1931, hijo de dos inmigrantes españoles, Ramón Cienfuegos y Emilia Gorriarán. En aquella casa se respiraba un ambiente obrero y de izquierda, con una notable influencia anarquista. Eran tres hermanos: Humberto, Osmany y Camilo, el menor.
Las trayectorias de los dos más jóvenes se separaron pronto. Mientras Camilo terminaría convertido en guerrillero de la Sierra Maestra, Osmany se graduó como arquitecto en la Universidad de La Habana en 1954 y trabajó en el proyecto de las Cabañas del Sol de Varadero. Era, además, comunista de carnet: venía de la juventud del Partido Socialista Popular, el viejo partido comunista que durante buena parte de la lucha contra Batista miró con recelo a Fidel Castro antes de acercarse al Movimiento 26 de Julio.
Ese pie en cada orilla resultaría decisivo. Después de 1959, el nuevo poder necesitaba figuras capaces de tender puentes entre los viejos comunistas y los barbudos, y Osmany encajaba en ese papel.
En su vida de aquellos años aparece también la arquitecta Selma Díaz. Según contó ella misma, se conocieron en 1954, cuando ella empezaba la carrera y él terminaba la tesis y pasaba una y otra vez junto a su mesa de dibujo. Aquel noviazgo la llevó muy lejos de las aulas. Osmany cayó preso y fue torturado; Selma buscó abogados, presentó recursos de habeas corpus, lo visitó en el Castillo del Príncipe y llegó a hablar cara a cara con Esteban Ventura, uno de los policías más temidos de Batista, cuando lo tenían detenido en la Quinta Estación. De acuerdo con su relato, fue el miedo a perderlo lo que los empujó a casarse, el 28 de enero de 1958.
Llegó después el exilio en México, donde se preparaba una expedición en apoyo de los rebeldes que nunca llegó a zarpar porque Batista huyó antes. Así que, en enero de 1959, Osmany no bajó de las montañas con un fusil al hombro como su hermano. Llegó al nuevo poder por otro camino, y esa diferencia marcaría todo lo que vino después.
El primer cargo y el nacimiento del cine revolucionario
En 1959 recibió el grado de capitán y quedó al frente de la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde. Es un capítulo poco conocido: el cineasta Tomás Gutiérrez Alea, director de Fresa y chocolate, recordó que a comienzos de ese año él y Julio García Espinosa organizaron la sección de cine de esa dirección, la que atendía Osmany, y que de allí salió el documental Esta tierra nuestra. Los primeros pasos del cine de la Revolución se dieron, por tanto, bajo el ala del hermano de Camilo.
Octubre de 1959: Camilo desaparece, Osmany asciende
Según el historiador René González Barrios, el 26 de septiembre de 1959 Osmany escribió a Raúl Castro y a Camilo para poner sus grados de capitán a disposición. Un mes más tarde, Camilo desaparecía.
Sobre lo que hizo Osmany en aquellos días se repite con frecuencia que no movió un dedo por buscar a su hermano. La afirmación merece cautela: la narrativa oficial lo sitúa entre quienes recibieron la noticia del retraso del avión, y la prensa de la época lo muestra relacionado con la búsqueda. Lo que sí está fuera de discusión es que muy poco después, a finales de 1959, ya era ministro de Obras Públicas, aunque las fuentes ni siquiera coinciden en el día exacto del nombramiento. El hermano del héroe desaparecido entraba en el Consejo de Ministros.
Para sus críticos, esa secuencia lo explica todo. El escritor Esteban Fernández llega a acusarlo abiertamente de cobardía. Sin embargo, conviene mirar con atención el razonamiento. Que Camilo desapareció está documentado; que Osmany ascendió, también. Lo que nadie ha demostrado es que entre un hecho y otro existiera un pacto. Dos hechos ciertos, uno detrás del otro, no constituyen una prueba. Del mismo modo que algunos sostienen que subió por guardar un supuesto secreto, otros podrían argumentar que lo hizo por méritos propios o como una suerte de compensación de la dirección revolucionaria tras la pérdida de su hermano. Sin evidencias, todas las hipótesis caben.
Con el ministerio llegó también la firma. El 14 de octubre de 1960 se publicó la Ley de Reforma Urbana, que despojó a los propietarios de sus viviendas de alquiler y alteró para siempre el mapa de la propiedad en Cuba. Entre los ministros que la suscriben figura Osmany Cienfuegos. No era un simple apellido famoso ocupando una silla.
La rastra de Girón: nueve muertos en un camión cerrado
En abril de 1961, la Brigada 2506 desembarcó por Playa Girón, en la Ciénaga de Zapata. En tres días la invasión estaba derrotada y cientos de brigadistas habían caído prisioneros. Había que trasladarlos a La Habana. El 22 de abril, a mediodía, un grupo de ellos fue introducido en una rastra: un remolque de camión cerrado, de metal y sin ventilación.
Los supervivientes calculan que dentro viajaban entre 100 y 160 hombres, de pie, hacinados unos contra otros, muchos de ellos heridos. Según el testimonio del brigadista Johnny López de la Cruz, recogido en sus memorias, mientras cargaban el vehículo uno de los prisioneros heridos, Máximo Cruz, advirtió de que allí dentro morirían todos asfixiados. Los supervivientes atribuyen al capitán Osmany Cienfuegos, que supervisaba la operación, una respuesta que todavía se repite en el exilio: que no importaba, porque de todas formas los iban a fusilar y así se ahorraban las balas.
La frase circula en varias versiones y no hay forma de establecer cuál fue la literal. Lo que coincide en todos los relatos es el fondo: alguien advirtió del peligro y el camión se cerró de todos modos.
Lo que sucedió dentro lo contó años después otro superviviente, Emilio Valdés Calderón. Oscuridad absoluta. Un calor húmedo e insoportable. Hombres que golpeaban las paredes y otros que usaban la hebilla del cinturón para intentar abrir un agujero en el metal. Se turnaban para acercar a quienes se desmayaban a las escasas rendijas por las que entraba un hilo de aire. Valdés recordaba unas naranjas que les aliviaron la sed y recordaba, sobre todo, los cuerpos que en algún momento del viaje ya no volvieron a levantarse.
A su lado viajaba José Santos Millán, Pepe, jugador de jai alai y padre de tres hijos. Según el recuerdo de Valdés, recogido por el Archivo Cuba, Millán le dijo su nombre y le pidió que, si lograba salir con vida, contara a su familia cómo había muerto. Pepe Millán no sobrevivió.
El trayecto duró entre ocho y nueve horas. Cuando por fin se abrieron las puertas, en el Palacio de los Deportes de La Habana, había nueve hombres muertos por asfixia: Alfredo José Cervantes Lago, José Daniel Vilarello Tabares, José Santos Millán Velasco, Hermilio Benjamín Quintana Pereda, José Ignacio Macía del Monte, Santos Ramos Álvarez, Pedro Rojas Mir, René Silva Soublette y Moisés Santana González. Algunos relatos mencionan incluso un décimo fallecido posteriormente.
La denuncia no es una reconstrucción tardía. Un informe de la policía del condado de Dade, en Miami, fechado el 29 de mayo de 1961, apenas cinco semanas después de los hechos, recoge lo que contaron prisioneros enviados a Estados Unidos para negociar su canje. En él ya aparecen Osmany, el camión sin ventilación y los nueve muertos. No es una sentencia, pero demuestra que la acusación existía desde el primer momento.
«No di la orden, pero el camión era de mi ministerio»
Cuatro décadas después, Osmany tuvo que responder en persona. En 2001, con motivo del 40 aniversario de Girón, se celebró en La Habana una conferencia que reunió a antiguos brigadistas con dirigentes cubanos. Allí, frente a frente, un superviviente llamado José Luis Hernández le preguntó directamente por la rastra.
Según recoge el informe Cuba, la reconciliación nacional, del Grupo de Trabajo Memoria, Verdad y Justicia, Osmany negó haber dado la orden de cerrar el camión, pero aceptó su responsabilidad en lo ocurrido, porque entonces era ministro de Obras Públicas y la rastra pertenecía a su ministerio.
La diferencia es enorme. No se trata de una confesión de haber mandado matar a nadie, sino de algo más ambiguo: no di la orden, pero el vehículo era mío. Esa negativa, por otra parte, no borra lo que relataron los supervivientes. Ambas versiones quedan sobre la mesa.
En febrero de 2007, un grupo de supervivientes presentó en Madrid una querella ante la Audiencia Nacional española contra Fidel Castro y contra Osmany Cienfuegos. No hay constancia de condena alguna. Osmany murió sin haber sido juzgado por aquel camión.
Humboldt 7: sospechas sin pruebas
El nombre del hermano de Camilo aparece también en otro de los episodios más oscuros de los primeros años revolucionarios: el caso de Marcos Rodríguez, Marquitos, el delator de Humboldt 7. En abril de 1957, cuatro jóvenes del Directorio Revolucionario fueron asesinados por la policía de Batista en un apartamento de esa calle habanera, y años más tarde Marquitos fue condenado y fusilado como el hombre que los había entregado. Es una historia estrechamente ligada a la de Faure Chomón y el Directorio Revolucionario.
En la versión más crítica, Osmany aparece vinculado a la liberación temprana de Marquitos en 1959, e incluso hay quien lo acusa de haber eliminado a posibles testigos para protegerlo. El historiador Newton Briones sostiene otra cosa: que fue Camilo quien ordenó investigar y que a Marquitos lo soltaron porque en aquel momento no se había probado su culpabilidad. Es legítimo preguntarse por el papel que desempeñó Osmany, pero nadie ha demostrado que ordenara fusilar testigos para salvar a nadie.
El emisario de las misiones secretas
A mediados de los años sesenta, Osmany llevaba las relaciones exteriores del Partido y mantenía contacto con guerrillas de medio mundo. En 1965, el comandante Víctor Dreke se preparaba para encabezar una compañía destinada a combatir en África cuando Osmany le comunicó que el jefe sería otro: un tal comandante Ramón. Dreke no sabía de quién se trataba. Ramón era el Che Guevara.
El propio Che dejó constancia de una escena insólita en su diario del Congo. El 22 de mayo de 1965, en plena selva africana, le avisaron de que un ministro cubano subía hacia el campamento. Le pareció tan absurdo que bajó un trecho del sendero para comprobarlo, y se encontró con Osmany Cienfuegos, que había viajado a Tanzania para reunirse con sus dirigentes y había pedido permiso para visitar a los combatientes. Con su humor habitual, el Che anotó que al principio no querían autorizar la visita, porque después todos los ministros querrían hacer lo mismo.
En 1966 Osmany se convirtió en secretario general de la OSPAAAL, la organización surgida de la Conferencia Tricontinental para respaldar a las guerrillas de Asia, África y América Latina. De ella salieron los célebres carteles que hoy se exhiben incluso en el museo Victoria and Albert de Londres. Los diseñaron otros, no él, aunque el investigador Alberto García Molinero sostiene que les concedió bastante libertad para experimentar.
Mecenas y censor: las contradicciones del poder cultural
La palabra libertad conduce precisamente a una de sus grandes contradicciones. Las Escuelas Nacionales de Arte de Cubanacán, con sus cúpulas de ladrillo que parecen salidas de un sueño, quedaron paralizadas a mitad de obra, y el historiador Roberto Segre culpó de ello directamente a Osmany.
Uno de los arquitectos del conjunto, Roberto Gottardi, matizó esa versión en 2006. Contó que Osmany visitaba la obra y se interesaba por su marcha, pero no intervenía en el diseño, y lo resumió con una frase muy cubana: «yo lo hice como me dio la gana». Según Gottardi, trabajaban sin presupuesto fijo y hacia 1965 el proyecto costaba más de lo que el país podía pagar, aunque admitía que las escuelas también recibieron críticas por no parecer lo bastante socialistas.
El investigador John Loomis y los biógrafos del pintor Guido Llinás documentan, por su parte, cómo el mural abstracto que este realizó en el Parque Maceo terminó atacado como «contrarrevolucionario» y finalmente destruido. Es el retrato de aquellos primeros años: mecenazgo oficial para unos proyectos y censura implacable para otros.
Un despacho que la CIA quería escuchar
La biografía de Osmany tiene también un capítulo digno de novela de espías. El 15 de octubre de 1976, durante el sepelio de las víctimas del avión de Cubana derribado en Barbados, Fidel Castro reveló públicamente que la CIA creía haber instalado un micrófono en el despacho de Osmany Cienfuegos, y que el agente encargado de la operación llevaba diez años trabajando en realidad para Cuba. La reconstrucción procede de fuentes cubanas y no existe un expediente estadounidense que la confirme. Pero el detalle revela algo: de todos los despachos de La Habana, el que la CIA quería escuchar era el suyo.
Osmany estaba presente en las conversaciones que importaban. En abril de 1977 figura entre los asistentes a una reunión reservada de Fidel con el líder de Alemania Oriental, Erich Honecker, en la que se habló largamente de África. En 1980 fue nombrado vicepresidente del Consejo de Ministros. Su poder, sin embargo, no dependía tanto de los cargos como de algo más elemental: Fidel confiaba en él y él cumplía los encargos. Según González Barrios, en privado Osmany se refería a Fidel como «Padre de la Patria».
Privilegios: tres historias sin confirmar
Como ocurre con casi todos los hombres de confianza, a su alrededor circularon relatos sobre privilegios. Ninguno está probado.
- El investigador Ricardo Puerta atribuye a José Luis Llovió-Menéndez, autor del libro Insider, la versión de que en enero de 1966, en plena campaña oficial contra la «dolce vita» de algunos dirigentes, Osmany fue hallado semiinconsciente dentro de un automóvil en Malecón y G, bajo los efectos de la marihuana, sin que sufriera consecuencia alguna. No hay forma de confirmarlo.
- Dariel Alarcón, Benigno, compañero del Che en Bolivia que después se exilió, asegura en sus memorias que Osmany tenía negocios con empresas extranjeras y que habría invertido más de 150.000 dólares, pero no aporta contratos, cuentas ni nombres.
- Juan Reinaldo Sánchez, que fue escolta de Fidel, afirma en su libro que el puente de unos 215 metros que une las dos partes de Cayo Piedra, el islote privado donde descansaba el Comandante, lo diseñó Osmany. El arquitecto de la Revolución, trazando planos para el refugio particular de Fidel.
Las Terrazas, la otra cara
Existió también un Osmany distinto. A finales de los años sesenta comenzó en la Sierra del Rosario un plan para reforestar las lomas peladas, y de él nació la comunidad de Las Terrazas. Su compañera de entonces, Marcia Leiseca, contó que vivió cinco años en tiendas de campaña en aquellas lomas, con tractores trabajando de noche y accidentes, algunos mortales.
González Barrios relata que Osmany escribía allí un pequeño periódico, El Terracero, en el que criticaba problemas concretos con nombres y apellidos bajo un seudónimo muy criollo: «Elpidio Varona», mezcla de Elpidio Valdés y del pensador Enrique José Varona. En 1984 la Sierra del Rosario fue declarada reserva de la biosfera, aunque el geógrafo Armando Portela sostiene que el plan cafetalero original resultó carísimo y fracasó por las condiciones del suelo.
La trampa del ascensor
La historia más fría de su biografía se sitúa en 1989. El general José Abrantes, que había sido ministro del Interior, acababa de caer en desgracia en medio del terremoto político del caso Ochoa. Según el periodista Wilfredo Cancio Isla, Osmany, que era su excuñado, fue a buscarlo con una invitación: Fidel quería ir de pesca con ellos.
Por el camino, Osmany le propuso detenerse un momento en el Consejo de Estado. Entraron juntos y subieron a un ascensor, donde la detención estaba preparada. Una trampa construida con la confianza familiar. Cancio atribuye el relato a personas que conocían lo ocurrido, sin identificarlas, por lo que los detalles no han sido confirmados de forma independiente. Lo que le ocurrió después al exministro es otra historia: la de la muerte de José Abrantes.
Turismo, Cubamor y una salida sin explicaciones
En los años noventa, en pleno Período Especial, Cuba necesitaba dólares a cualquier precio. En 1994 se creó el Ministerio de Turismo y su primer titular fue Osmany Cienfuegos.
En 1997 abandonó el Buró Político. Hubo sanciones en empresas turísticas y circuló el escándalo de Cubamor, una empresa mexicana que vendía viajes a Cuba con acompañantes femeninas incluidas. El Gobierno negó la existencia de corrupción, pero reconoció medidas disciplinarias. El 28 de agosto de 1999 Osmany fue sustituido mediante un comunicado repleto de elogios y sin explicación alguna.
Nada de ello prueba que organizara esas ofertas ni que fuera sancionado por nada. Pero es exactamente el tipo de silencio oficial que alimenta los rumores.
2009: Fidel sale en su defensa
En marzo de 2009 se formalizó su salida de la vicepresidencia del Consejo de Ministros, y algunas agencias la calificaron de destitución. Entonces ocurrió algo poco habitual: Fidel Castro, ya retirado, salió a defenderlo por escrito. Afirmó que Osmany había ido dejando sus funciones desde antes de su enfermedad, que había cumplido instrucciones suyas y que Raúl no tenía nada que ver.
Que el Comandante dedicara un texto a limpiar en público el nombre de un solo hombre dice mucho del peso que Osmany tenía para él.
Pasó sus últimos años en Las Terrazas. Todavía en diciembre de 2023, un investigador que conversó con él lo encontró defendiendo el internacionalismo cubano de siempre, sin arrepentimientos ni confesiones de última hora. Murió allí el 17 de mayo de 2025, con 94 años, aunque Granma publicó que tenía 95. Ni en la nota oficial le cuadraron la edad.
Una muerte que reabrió las preguntas sobre Camilo
Su fallecimiento devolvió a la conversación la vieja incógnita de su hermano, que ya había vivido episodios de desinformación como el día en que Cuba creyó que Camilo había aparecido. Dos relatos volvieron a circular con fuerza.
El primero es el de la pareja de Casilda. Lo publicó Pedro Corzo a partir de lo que le contó el excomandante Lázaro Asencio. Según esa versión, un matrimonio que vivía cerca de Casilda, en Trinidad, habría oído una explosión y visto caer una bola de fuego el día de la desaparición de Camilo; Osmany habría ido a buscarlos, se los habría llevado a La Habana y nunca más se habría sabido de ellos. Pero la cadena de transmisión es larga: la pareja se lo habría contado a un funcionario de la Cruz Roja, este a Asencio y Asencio a Corzo. Nadie conoce el nombre de aquel matrimonio ni existe un solo documento sobre su desaparición. Es una teoría, no un hecho.
El segundo es el de los vídeos sobre el ADN. Tras la muerte de Osmany se viralizaron publicaciones que aseguraban que un esqueleto hallado en la Ciénaga de Zapata, comparado con el ADN de Osmany, había resultado ser el de Camilo. El escritor Yunior García Aguilera rastreó el origen de la historia y encontró contenido generado con inteligencia artificial en torno a las páginas que la difundían. No hay laboratorio, ni informe, ni nada comprobable. Es un bulo.
Lo probado y lo que se llevó a la tumba
¿Quién fue, entonces, Osmany Cienfuegos? El arquitecto bajo cuyo amparo nació el cine de la Revolución. El ministro que subió una montaña del Congo para visitar al Che. El dirigente que dio libertad a unos creadores mientras otros eran censurados. Y, por encima de todo, el hombre al que los supervivientes de Girón señalan por un camión en el que murieron nueve personas; un camión del que dijo no haber ordenado el cierre, pero del que aceptó ser responsable.
Lo que no fue, al menos con las pruebas disponibles, es el hombre que vendió a su hermano. Esa acusación sigue siendo una sospecha. Y si sabía algo más sobre aquel 28 de octubre de 1959, se lo llevó consigo.
