Antonio Becali: la caída sin explicaciones del hombre que dirigió el deporte cubano

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El 23 de febrero de 2019, el periódico Granma informaba que Antonio Becali, presidente del INDER, acababa de ser elegido vicetitular del Consejo Iberoamericano del Deporte en una reunión celebrada en Punta del Este, Uruguay. Una distinción internacional de ese calibre no suele concederse a un funcionario cubano sin el respaldo de las máximas autoridades del país. Doce días después, una nota de apenas dos líneas del Consejo de Estado lo destituía sin más explicación que una fórmula genérica: «deficiencias afrontadas en su trabajo».

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Lo más revelador de aquella nota no fue lo que decía, sino lo que omitía. Y esa omisión, junto a las auditorías, los rumores y el destino posterior de su sucesor, convierte el caso Becali en una radiografía de cómo funciona —o no funciona— la rendición de cuentas en Cuba.

Un dirigente que no salió de un despacho político

Antonio Eduardo Becali Garrido, nacido en La Habana en 1964, fue el primer presidente en la historia del INDER que no era un cuadro esencialmente político, sino un hombre formado en el deporte de alto rendimiento. Licenciado en Cultura Física, máster en Judo de Alto Rendimiento y Doctor en Ciencias de la Cultura Física, alcanzó en el judo el grado de cinturón blanco y rojo, séptimo dan, un nivel al que muy pocos llegan en el mundo.

Su prestigio se forjó en el tatami. Durante aproximadamente una década, entre mediados de los años noventa y 2005, fue entrenador de la selección nacional femenina de judo dentro del cuerpo técnico dirigido por Ronaldo Veitía, la máquina de medallas más confiable que tuvo Cuba en aquellos años. En los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, aquellas judocas se coronaron campeonas por países, con Becali en la esquina.

Después llegó la etapa académica: vicerrector de la Universidad de las Ciencias de la Cultura Física y el Deporte «Manuel Fajardo» en 2009, rector desde 2010, autor de libros y trabajos sobre la preparación de fuerza en el judo. Un tecnócrata del deporte, en el sentido más completo del término.

Por eso, cuando el 15 de octubre de 2014 Raúl Castro lo designó presidente del INDER en sustitución de Julio Christian Jiménez Molina —quien llevaba nueve años en el cargo y salió bajo la fórmula de «liberación por renovación»—, el ambiente en los foros deportivos era de esperanza. Por fin llegaba alguien que conocía el alto rendimiento desde adentro, y las expectativas apuntaban a una modernización técnica del deporte cubano.

Cuatro años de descensos históricos

La realidad fue otra. La gestión de Becali duró cuatro años y cinco meses, y coincidió con una caída sin precedentes del deporte cubano en las grandes citas internacionales.

En los Juegos Panamericanos de Toronto 2015, Cuba perdió por primera vez en casi cinco décadas su histórico segundo lugar continental y cayó al cuarto puesto, por detrás de Estados Unidos, Canadá y Brasil, con 97 medallas. En los Juegos Olímpicos de Río 2016, la delegación cubana se hundió hasta el puesto dieciocho del medallero, con once medallas y cinco títulos. Y en 2018 llegó el golpe más simbólico: en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Barranquilla, México desplazó a Cuba de la cima regional después de cuarenta y ocho años de dominio absoluto en la zona.

A los resultados se sumaron las deserciones de atletas en el béisbol, el boxeo y el ajedrez —atribuidas en buena parte a desavenencias con la dirección del INDER—, una política de contratación de atletas en el extranjero que avanzaba con lentitud casi cosmética, la falta de una estructura que armonizara las series nacionales de béisbol con los compromisos internacionales y un discurso triunfalista que prometía cosechas de medallas que nunca llegaban.

Con ese expediente, la destitución podría parecer previsible. Pero nada indica que lo fuera. Ni siquiera para el propio Becali.

La mañana del 6 de marzo de 2019 y la frase que faltó

Aquella mañana, Becali ejercía su cargo con absoluta normalidad: felicitó públicamente a la Federación Cubana de Béisbol por la firma de un memorando con las Pequeñas Ligas y siguió publicando en Twitter horas antes del anuncio. Horas después, el Consejo de Estado, a propuesta de Miguel Díaz-Canel, lo demovía del cargo y designaba en su lugar a Osvaldo Vento Montiller, quien llevaba dieciocho años como vicepresidente del organismo.

El periodista Yariel Valdés subrayó entonces el detalle decisivo. En casi todas las destituciones de dirigentes cubanos, la nota oficial incluye una fórmula de cortesía: que el funcionario «pasará a otras responsabilidades» o que «se le asignarán nuevas tareas». Es el paracaídas ritual del sistema, la señal de que el caído sigue perteneciendo a la familia. En el caso de Becali, esa frase no apareció. Ni nuevas tareas, ni agradecimiento por los servicios prestados. En el lenguaje cifrado del poder cubano, aquel silencio se leyó como lo que probablemente era: una caída en desgracia en toda regla.

Auditorías, desvío de fondos y el círculo de confianza

Ante el mutismo oficial, la información llegó por otras vías, y conviene distinguir sus niveles de solidez.

En el terreno de lo reportado con fuentes, medios como OnCubaNews y Periódico Cubano vincularon el cese con los malos resultados del INDER en una inspección de la Contraloría General de la República. Esos mismos medios revelaron que, desde septiembre de 2018 —medio año antes de la destitución—, fuentes internas del organismo venían señalando bajo anonimato que varios miembros del INDER estaban bajo investigación por desvío de fondos, incluidos pesos pesados de la vicepresidencia económica. El dato más sensible: entre los señalados habría personas cercanas a Becali, cuadros que lo acompañaban desde su etapa como rector de la Universidad Manuel Fajardo. Su propio círculo de confianza.

Tras su salida, el panorama se agravó. En un balance del INDER afloraron señalamientos que el medio CubaNet resumió sin rodeos: un organismo colmado de corrupción e ilegalidades, calificaciones de «mal» en los controles de la Contraloría y una dirección anterior que había descuidado el mantenimiento de instalaciones emblemáticas, incluidas las construidas para los Juegos Panamericanos de 1991.

En un tercer nivel, el de los rumores sin confirmación oficial ni prueba judicial pública, circularon versiones en blogs deportivos y prensa opositora: una auditoría de finales de 2018 que habría destapado las irregularidades, un reparto de casas en Miramar entre ejecutivos del INDER —una de las cuales se habría quedado el propio Becali—, irregularidades en el cierre de la Escuela Nacional de Natación e incluso la especulación de que la caída se habría precipitado por un chivatazo de última hora en el propio Consejo de Estado, atribuido a la comisionada de atletismo Yipsi Moreno. Son versiones sin prueba. Pero ante una destitución sin explicaciones, la especulación ocupó todo el vacío informativo.

El caso Falcón y la Escuela Marcelo Salado

De todos los episodios de la era Becali, uno tiene nombre, apellido y una medalla olímpica de por medio: el de Rodolfo Falcón.

Nacido en La Habana en 1972, Falcón es considerado el mejor nadador cubano de la historia. Compitió en tres Juegos Olímpicos y ganó la plata en los cien metros espalda en Atlanta 1996, una de las dos únicas medallas olímpicas que ha conseguido la natación cubana; la otra fue el bronce de Neisser Bent. Ambos se formaron en el mismo lugar: la Escuela Nacional de Natación Marcelo Salado, fundada en 1980 en el municipio Playa, la única institución de la Isla que había producido medallistas olímpicos en ese deporte.

Para 2015, aquella cuna estaba en ruinas: de sus cuatro piscinas solo funcionaba una, más un estanque infantil, y la matrícula había caído a unos ochenta estudiantes. Hacia 2018, la prensa independiente la describía ya cerrada y convertida en un solar de escombros. Falcón, Comisionado Nacional de Deportes Acuáticos desde 2006, supo que la dirección del INDER planeaba cerrar definitivamente la escuela al terminar el curso 2016-2017 y trasladar la natación al complejo de piscinas Baraguá, en la Villa Panamericana. Según reportó el medio Cuba Sindical, citando una fuente cercana al federativo, Falcón entró en disputa directa con Becali por ese cierre.

Y no lo hizo en la discreción de un despacho. Apareció en el programa matutino Buenos Días, en la televisión nacional, y afirmó ante todo el país que cerrar aquel centro sería un error. Pocos días después, en abril de 2017, fue destituido como comisionado. La prensa oficial ni siquiera publicó la medida: el mejor nadador de la historia de Cuba salió por la puerta de atrás, en silencio.

El episodio admite dos lecturas. La crítica: Becali castigó la disidencia de un federativo prestigioso que se atrevió a contradecir públicamente una decisión de la dirección. La matizada: la escuela estaba objetivamente destruida, el traslado a Baraguá podía defenderse como una decisión pragmática, y lo que detonó la salida de Falcón no fue discrepar, sino hacerlo en televisión nacional, algo que el sistema cubano rara vez perdona. En cualquiera de los dos casos, el episodio encaja con el patrón que se le atribuyó a Becali durante su mandato: mano dura con quienes resistían sus decisiones.

¿Corrupto o chivo expiatorio?

No todas las voces pintaron a Becali como el arquitecto de la corrupción del INDER. En los comentarios de medios como OnCubaNews hubo quienes lo describieron como un hombre decente y trabajador cuyo verdadero error fue no «limpiar la casa» al llegar: no removió a los cuadros heredados de la administración anterior y quedó rodeado de una estructura que no era suya y que, cuando vinieron las vacas flacas, lo dejó caer. Bajo esta lectura, Becali no sería el responsable del deterioro, sino su chivo expiatorio: el outsider académico que llegó con ideas de entrenador y terminó atrapado en una maquinaria que lo devoró.

Su destino posterior siguió el guion clásico del funcionario cubano caído en desgracia. Desapareció de los grandes cargos públicos y del primer plano mediático, aunque luego se le ubicó en funciones técnicas y académicas vinculadas al judo. No consta que se le haya seguido un proceso penal ni hay noticia de condena alguna, pero tampoco reapareció jamás en un puesto de relevancia. Como resumió CubaNet, tras la versión oficial solo quedan las especulaciones, porque no existe una prensa que pueda recoger la versión del propio acusado. Ni siquiera se sabe qué piensa Becali de su propia caída.

Un sucesor con peores resultados que sigue en el cargo

Si a Becali lo destituyeron por los malos resultados, cabría esperar que su sucesor respondiera por los suyos. Ha ocurrido lo contrario.

Bajo la presidencia de Osvaldo Vento, Cuba cayó al sexto lugar en los Panamericanos de Lima 2019, su peor puesto en ese evento desde 1967. Hubo un respiro relativo en Tokio, con un decoroso puesto catorce y siete títulos olímpicos, pero después llegó el derrumbe: tercer lugar en los Centroamericanos de San Salvador 2023, la peor actuación cubana en sesenta años en esa competencia; quinto lugar en los Panamericanos de Santiago 2023, donde además once atletas cubanos desertaron y se quedaron en Chile; y el fondo del abismo en los Juegos Olímpicos de París 2024, donde Cuba terminó en el puesto treinta y dos con apenas nueve medallas, su peor cosecha en cuarenta y ocho años y su primera salida del top veinte en más de medio siglo, sin contar los años de los boicots.

Osvaldo Vento, Cuba

En esos mismos Juegos de París, veintiún atletas nacidos en Cuba compitieron bajo otras banderas y ganaron nueve medallas, las mismas que la delegación oficial. El podio completo del triple salto masculino lo ocuparon tres cubanos que competían por España, Portugal e Italia: la Cuba de afuera empatando a la Cuba de adentro ante el mundo entero.

A ello se suma el éxodo sin precedentes de la era Vento: los once peloteros que se fugaron en México durante el Mundial Sub-23 de 2021, a quienes el INDER acusó oficialmente de «debilidad moral y ética»; los aproximadamente ciento ochenta y siete atletas de alto rendimiento que emigraron entre 2022 y finales de 2023; y el llamado «libro de la dignidad» que se hacía firmar a los deportistas como compromiso ideológico antes de viajar.

Y sin embargo, Vento sigue en el cargo: en julio de 2025 presentaba la rendición de cuentas del INDER ante la Asamblea Nacional.

Tres claves de una asimetría

¿Por qué Becali cayó con resultados mejores y Vento sobrevive con resultados peores? La respuesta se resume en tres claves.

La primera es el relato. Con Vento, la narrativa oficial trasladó la culpa hacia afuera: la crisis económica, el recrudecimiento del embargo, la supuesta guerra de otros países por llevarse a los atletas cubanos. Las deserciones dejaron de ser un fracaso de gestión para convertirse en una agresión externa.

La segunda es el perfil. Becali era un outsider traído de la academia, sin raíces profundas en el aparato. Vento es un hombre del sistema, con dieciocho años como vicepresidente, tejido dentro de la estructura.

La tercera, la más irónica, es la continuidad. Vento formaba parte de la misma cúpula que Becali: era su vicepresidente. Su ascenso no fue una renovación, sino continuidad con otro nombre. La misma casa, el mismo mobiliario; solo cambió la placa de la puerta.

Una radiografía del poder

La historia de Antonio Becali trasciende la biografía de un funcionario caído. Es un retrato de cómo opera la rendición de cuentas en Cuba: destituciones sin explicación, rumores que sustituyen a la información, chivos expiatorios que cargan con culpas colectivas y un sistema que parece castigar más la deslealtad y la mala suerte que la incompetencia. El entrenador que ayudó a coronar campeonas olímpicas terminó borrado de la historia oficial, mientras el deporte que un día fue orgullo nacional sigue cayendo, año tras año, medalla tras medalla, deserción tras deserción.

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