Por qué el sistema eléctrico de Cuba colapsó dos veces en una semana
Dos veces en la misma semana, Cuba entera se quedó sin electricidad. No se trató de cortes por barrios ni de apagones prolongados en algunas provincias, sino del colapso completo del Sistema Electroenergético Nacional (SEN): el 6 de julio de 2026 se produjo el octavo apagón general del país, y apenas cuatro días después, el 10 de julio, llegó el noveno. Son dos caídas totales de la red en menos de una semana, el noveno colapso nacional en menos de dos años y el cuarto solo en lo que va de 2026.
Detrás de esas cifras hay una distinción que suele pasarse por alto, pero que resulta esencial para entender la verdadera dimensión de la crisis: una cosa es quedarse sin corriente durante muchas horas y otra, muy distinta, es que se desplome el sistema eléctrico completo.
Qué es el SEN y por qué no es «una planta más»
El SEN no es una central concreta. Es el conjunto de las plantas que producen electricidad, las líneas que la transportan por todo el país, las subestaciones que la distribuyen y los centros de control que coordinan la operación. Todo funciona como una gran red en la que cada planta y cada línea deben trabajar juntas y al mismo ritmo.
Un apagón por déficit ocurre cuando la electricidad disponible no alcanza para todos. La Unión Eléctrica desconecta entonces determinados barrios o provincias por turnos, de modo que el resto del sistema pueda seguir operando. Es como repartir comida para seis entre diez comensales: hay turnos y escasez, pero la cocina sigue encendida.
Una caída del SEN es un fenómeno diferente. Sucede cuando la red nacional pierde el equilibrio y las centrales comienzan a desconectarse unas detrás de otras. Ya no se trata de apagar zonas para administrar la escasez: el sistema completo se desarma. Siguiendo la misma imagen, no es que falte comida; es que la cocina se apaga, el fogón se rompe y hay que volver a encenderlo todo desde el principio.
Cómo se derrumba una red eléctrica
La electricidad tiene una particularidad: debe producirse y consumirse casi al mismo tiempo. Lo que entra en la red tiene que corresponder, prácticamente en cada instante, con lo que consumen viviendas, fábricas, hospitales y comercios. Funciona como una balanza con la generación en un platillo y el consumo en el otro.
Cuando una central grande se avería o falla una línea importante, desaparece de golpe una parte de la electricidad mientras la población sigue consumiendo. La balanza se desnivela y la frecuencia eléctrica cae. Si baja demasiado, las protecciones automáticas desconectan centrales y equipos para evitar daños, pero cada planta que sale de servicio reduce aún más la generación y provoca nuevas desconexiones. Es el llamado efecto en cascada: una fila de fichas de dominó en la que una avería que una red robusta podría contener termina tumbando todo un sistema que ya opera al límite.
Lo que ocurrió el 6 y el 10 de julio
Del colapso del 6 de julio, las autoridades no habían explicado públicamente la causa inmediata cuando ya estaban en marcha las labores de recuperación. Lo que sí se conoce es que, antes de la caída, casi dos tercios del país ya sufrían apagones derivados del déficit de generación.
El apagón del 10 de julio sí recibió una explicación oficial. Cerca de las cuatro de la tarde falló la línea de 220 kilovoltios entre Santa Clara y Sancti Spíritus. Esa avería dividió el sistema, sacó de servicio varias unidades térmicas y provocó oscilaciones hasta la desconexión total, registrada a las 16:30. El detalle es revelador: una sola línea bastó para que, en apenas 35 minutos, un país entero se quedara sin electricidad.
El detonante no es la causa
Aquí está la clave del asunto: hay que distinguir entre el detonante y la causa profunda. La línea entre Santa Clara y Sancti Spíritus disparó el segundo colapso, pero no explica por sí sola la magnitud del desastre. Una avería localizada pudo derribar toda la red porque esa red operaba con muy poca generación, escasa reserva y numerosos equipos fuera de servicio. En el momento del segundo colapso, 11 de las 16 unidades termoeléctricas del país estaban paradas por averías o mantenimiento, y los especialistas sostienen que Cuba no dispone de los 300 a 400 megavatios de reserva operativa que necesitaría para absorber la salida inesperada de una unidad importante.
La situación puede compararse con la de un hombre agotado que camina con diez cajas apiladas. Un pequeño tropiezo le hace perder una caja, al intentar sujetarla se le caen otras dos y finalmente se derrumba toda la pila. El tropiezo fue el detonante, pero la verdadera razón del desastre es que ya cargaba demasiado peso y no tenía margen para reaccionar.
No es la primera vez que ocurre. La salida de la termoeléctrica Antonio Guiteras, una avería en la subestación del Diezmero y la desconexión de una unidad de Nuevitas han sido detonantes de colapsos anteriores. En marzo de 2026, la propia Unión Eléctrica describió un efecto en cascada tras la salida de la unidad 6 de Nuevitas. La chispa cambia; la fragilidad permanece.
Tres problemas que se alimentan entre sí
La vulnerabilidad del sistema cubano descansa sobre tres factores que se refuerzan mutuamente.
El primero es la infraestructura envejecida. Buena parte de las termoeléctricas acumula varias décadas de explotación: algunas centrales superan los 30 años de funcionamiento y hay unidades con más de cuatro décadas. Y el deterioro no avanza de forma lineal: llega una etapa en la que los fallos se multiplican porque numerosas piezas alcanzan el final de su vida útil al mismo tiempo.
El segundo es la falta de combustible. Los motores de generación distribuida que deberían apoyar durante las emergencias están prácticamente paralizados. Cuba produce aproximadamente el 40 % del combustible que necesita, y las restricciones estadounidenses al suministro de petróleo han agravado esa escasez, aunque no son la única causa de la crisis. Es como disponer de varios carros de bomberos sin gasolina: los vehículos existen, pero no pueden acudir al incendio.
El tercero es la escasa capacidad disponible. Con 11 de 16 unidades termoeléctricas fuera de servicio, cualquier falla importante puede desestabilizarlo todo. Por eso, reducir el problema únicamente al embargo o únicamente al deterioro interno resulta incompleto: las limitaciones externas empeoran la disponibilidad de combustible, mientras que el envejecimiento de las plantas, las averías y la falta de reserva impiden que el sistema resista incidentes que una red más sólida podría contener.
De la escasez administrada a la pérdida de control
Los apagones programados, paradójicamente, buscan evitar algo peor. Cuando la electricidad no alcanza, se desconectan circuitos para reducir el consumo y recuperar el equilibrio. La técnica se llama deslastre de carga y equivale a apagar algunos electrodomésticos de una casa para que no salte el interruptor general. Un barrio puede pasar 15 o 20 horas sin corriente precisamente porque fue sacrificado para proteger el resto de la red.
Durante muchos años, los apagones en Cuba fueron sobre todo la consecuencia de una escasez administrada: faltaba electricidad, se desconectaban circuitos, bajaba el consumo y el SEN seguía funcionando. En las condiciones actuales, esa secuencia puede transformarse en otra: falta electricidad, se desconectan circuitos, falla una planta o una línea, cae la frecuencia, salen otras plantas y el SEN colapsa. Antes se apagaban grandes zonas del país para mantener vivo el sistema; ahora, en ocasiones, ni siquiera eso basta para estabilizarlo. El apagón era parte del control; hoy el control puede perderse. No es que antes el sistema estuviera sano: es que todavía conservaba más capacidad para administrar su enfermedad.
Por qué cuesta tanto levantar el sistema
Reconstruir la red después de un colapso es una operación delicada. Muchas centrales grandes necesitan electricidad para arrancar sus bombas, sus controles y sus calderas, pero tras una caída nacional no hay corriente disponible. Ocurre lo mismo que con un automóvil de batería descargada: el motor podría funcionar, pero primero necesita que otra fuente le dé energía.
Los técnicos crean entonces pequeñas islas eléctricas: encienden motores capaces de arrancar de manera independiente, alimentan hospitales, bombeo de agua y otros servicios esenciales, y llevan electricidad hasta las grandes centrales. Después deben conectar cada planta cuidadosamente, asegurándose de que todas estén sincronizadas. El país no puede encenderse de golpe.
Reconectar no es reparar
El Gobierno informó que el sistema volvió a quedar conectado el domingo 12 de julio. Pero ese mismo día pronosticó una disponibilidad de 1.473 megavatios frente a una demanda máxima de 3.200: un déficit de 1.727 megavatios, con una afectación prevista de 1.757. Faltaba capacidad para cubrir más de la mitad de la demanda nacional. Ese día seguían averiadas unidades de Mariel y Felton, otras de La Habana, Nuevitas y Renté permanecían en mantenimiento, y la generación térmica acumulaba 667 megavatios de limitaciones.
La diferencia es clave. Con el SEN desconectado, el país pierde la red nacional y hay que reconstruirla desde cero; con el SEN restablecido pero deficitario, la red funciona, pero la electricidad no alcanza para todos al mismo tiempo. Volviendo a la imagen del hombre de las cajas: levantarlo y devolverle casi toda la carga no lo cura del agotamiento; cualquier tropiezo puede tumbarlo de nuevo. Que el sistema haya colapsado dos veces en cuatro días demuestra exactamente eso: fue restablecido, pero no estabilizado.
Qué puede venir ahora
El panorama inmediato puede resumirse así: los apagones cotidianos son prácticamente seguros; otra caída del SEN es posible, aunque no pueda pronosticarse con fecha y hora. Los escenarios son básicamente tres. El más probable: continúan los apagones extensos, con días mejores cuando entren unidades o haya combustible, y peores cuando ocurran averías. Un escenario de alivio parcial: llegan suministros de petróleo, regresan varias plantas y los cortes disminuyen durante un tiempo, sin desaparecer. Y el escenario más grave: coinciden la escasez de combustible, varias centrales averiadas y una falla importante, y se repite una desconexión regional o una nueva caída total.
¿Pueden los parques solares salvar la situación?
La energía solar puede ayudar, sobre todo durante las horas de sol, porque reduce el combustible necesario durante el día y alivia la carga de las termoeléctricas. Pero no es, por sí sola, una solución inmediata: la generación disminuye con las nubes, desaparece por la noche, necesita una red estable y requiere baterías para almacenar lo producido.
Cuba ha comenzado a instalar sistemas de almacenamiento, y uno de los proyectos cuenta con 50 megavatios diseñados, entre otras funciones, para responder a fluctuaciones de frecuencia. Puestos en perspectiva, sin embargo, 50 megavatios de respuesta no cubren un déficit cercano a los 1.700 en el horario pico. Además, los parques solares instalados en la isla son seguidores de red, no formadores de red: necesitan una frecuencia y un voltaje ya existentes para funcionar y no pueden realizar por sí solos un arranque en negro tras un colapso. Son parte de una solución a medio plazo, no una garantía de electricidad continua en los próximos meses.
Para que los apagones disminuyeran de verdad haría falta una combinación de cambios: entrada estable de combustible, recuperación de varias unidades termoeléctricas, mantenimiento profundo de centrales y líneas, retorno de la generación distribuida, más baterías y una reserva suficiente para soportar la pérdida inesperada de una planta. Una sola mejora, como la llegada de un barco con combustible, puede traer alivio temporal, pero no resolvería la crisis estructural.
¿Islas eléctricas o paneles para cada familia?
Frente a este panorama circulan dos propuestas. La primera: dividir el país en islas eléctricas independientes. La fragmentación podría impedir un colapso nacional, porque una falla quedaría aislada sin propagarse, como los compartimentos estancos de un barco. Pero dividir el sistema no crea electricidad: partir una pizza pequeña en diez pedazos no la convierte en una pizza más grande. Si el país necesita 3.000 megavatios y solo dispone de 1.500, cada isla tendría que decidir qué deja apagado, y una región con poca generación no podría recibir ayuda de otra con excedentes. La opción más defendible sería una red celular: una columna vertebral nacional rodeada de microredes municipales, subsistemas regionales capaces de separarse ante una perturbación y servicios esenciales autónomos. Cuba no necesita elegir entre un solo SEN o muchas islas aisladas; necesita un SEN construido con islas que puedan separarse sin morir y reconectarse sin tumbarse.
La segunda propuesta es la vía familiar: que cada hogar compre sus paneles y baterías. Para quien pueda permitírselo, es un consejo racional: no conviene organizar la vida esperando que el servicio estatal vuelva pronto a ser estable, y un sistema solar completo resulta más sostenible que depender de un generador cuando no hay gasolina. Pero la autonomía doméstica no es una política energética para toda la población. Aunque todas las familias tuvieran paneles, seguirían necesitando el acueducto, los hospitales, la cadena de frío de los alimentos y las telecomunicaciones, que ninguna instalación casera puede sostener. Y en la práctica podría producir dos Cubas eléctricas: la de quienes tienen remesas, paneles y baterías, y la de quienes continúan expuestos a los apagones —ancianos solos, personas con bajos ingresos, enfermos que dependen de equipos eléctricos y familias en apartamentos sin techo disponible—. Un sistema solar familiar puede ser un salvavidas, pero no sustituye al barco.
Una advertencia que va más allá de los apagones
La conclusión es incómoda pero necesaria: Cuba ya no enfrenta solamente apagones largos. Enfrenta una red tan debilitada que una avería concreta puede convertir la crisis diaria de generación en un colapso nacional. La red es vieja, tiene poca generación, poco combustible y casi ninguna reserva. Cuando se rompe una planta o una línea importante, las demás no tienen fuerza para cubrirla, se desconectan automáticamente para protegerse y se produce una reacción en cadena que apaga al país entero.
Los fallos concretos pueden variar, pero el problema de fondo se repite. Y la mejoría verdadera no llegará simplemente cuando el país sea reconectado tras un colapso: llegará cuando Cuba pueda producir electricidad suficiente, mantener una reserva y soportar la avería de una central sin que se derrumbe toda la red.