Max Marambio: el amigo de Fidel que acabó condenado a 20 años en Cuba

Max Marambio, empresario chileno amigo de Fidel Castro y socio de Río Zaza

En plena década de los 90, cuando la mayoría de los cubanos pasaba las noches a oscuras y cada día era una batalla por conseguir algo que comer, un hombre producía foie gras en la isla y, según contaría él mismo, se lo llevaba a Fidel Castro, que lo disfrutaba. Ese hombre era Max Marambio, un chileno que llegó a Cuba como exiliado y acabó convertido en uno de los empresarios más ricos del país, amigo íntimo del Comandante y, finalmente, condenado en ausencia a 20 años de cárcel por la justicia cubana.

Su trayectoria —de guardaespaldas de Salvador Allende a magnate bajo un régimen comunista, y de ahí a prófugo— no es solo la biografía de un hombre de negocios caído en desgracia. Es un retrato de cómo funcionaba el poder en la Cuba de Fidel y de cómo cambiaron las reglas cuando Raúl Castro tomó el mando.

Del palacio de Allende a las Tropas Especiales del MININT

Joel Max Marambio Rodríguez militaba a principios de los años 70 en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile. Su compromiso lo llevó a dirigir el Grupo de Amigos Personales, el GAP, la escolta que velaba por la vida del presidente Salvador Allende. Era un puesto que exigía lealtad absoluta, disciplina férrea y una resistencia física y mental fuera de lo común.

El golpe de Augusto Pinochet del 11 de septiembre de 1973 lo obligó a huir. Llegó a Cuba en 1974, pero no como un refugiado más a la espera de destino: fue recibido como un cuadro valioso. Su experiencia protegiendo a Allende funcionó como carta de presentación, y lo integraron de inmediato en las Tropas Especiales del Ministerio del Interior, el núcleo más selecto del aparato de seguridad cubano.

Su ascenso tuvo además un acelerador personal: la amistad con los hermanos Tony y Patricio de la Guardia, a quienes había conocido en Chile y que en Cuba figuraban entre los hombres más influyentes del MININT. Los De la Guardia dirigían, entre otras cosas, el Departamento MC (Moneda Convertible), una unidad secreta dedicada a conseguir divisas para el Estado, a menudo mediante empresas fachada que esquivaban el embargo estadounidense. Entrar en ese círculo significó para Marambio situarse justo donde se cruzaban la seguridad del Estado, la inteligencia y el comercio exterior. Su carrera empresarial no surgió de la nada: fue la prolongación natural de su papel como hombre de confianza en una estructura que ya usaba los negocios como herramienta de la Revolución.

«El Guatón», amigo de Fidel

Por encima de cualquier otro vínculo estaba su relación directa con Fidel Castro. Con los años, Marambio pasó a formar parte del círculo íntimo del líder cubano, no como un simple conocido, sino como un amigo. Él mismo lo admitiría más tarde sin rodeos: «Si la acusación es que teníamos una relación de amistad, sí acepto eso y a mucha honra».

Esa cercanía era su verdadero capital. Le daba una línea directa con el poder que le permitía saltarse ministerios y trámites, y moverse con una libertad que ningún otro empresario, cubano o extranjero, podía imaginar. A medida que crecía su fortuna también lo hacía su figura, y se ganó el apodo de «Guatón», que acabó funcionando como sinónimo de su prosperidad bajo la protección del Comandante.

CIMEX, Havanatur y vuelos desde Miami con otro nombre

Su olfato comercial se hizo notar pronto. A finales de los años 70 fue una de las piezas clave en la creación de CIMEX, la corporación estatal que se convertiría en el gran brazo comercial de la isla: un conglomerado de lógica capitalista puesto al servicio del Estado socialista para captar divisas. También se involucró en el turismo a través de Havanatur, que gestionaba los viajes de los cubanos exiliados, un negocio extraordinariamente rentable.

Llegó incluso a operar en Miami bajo una identidad falsa, la de Carlos Alfonso González, para poner en marcha los primeros vuelos chárter en 1979, actuando como agente encubierto del Gobierno cubano.

El primer revés llegó en 1983, cuando fue apartado de CIMEX. Según se ha contado, los sectores más duros del régimen —y tal vez el propio Raúl Castro— miraban con recelo lo que llamaban su «capitalismo de pacotilla» y sus «actitudes burguesas». Pero la protección de Fidel pesó más que las críticas, y Marambio pudo reinventarse para levantar un imperio aún mayor.

Río Zaza: hacerse rico en el Período Especial

En 1985 fundó su propio consorcio, International Network Group (ING). Nació con vocación cinematográfica —el cine era una de sus pasiones— y de la mano de su amigo Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura. Pero ING se transformó pronto en el paraguas de sus negocios más lucrativos: más de 30 empresas repartidas por cinco países, entre ellos Chile, España y México, en una arquitectura de holding multinacional que le permitía gestionar con sofisticación sus empresas mixtas con el Estado cubano.

Cuando cayó el Muro de Berlín y desapareció el bloque socialista, Cuba perdió de golpe a su principal sostén, la Unión Soviética, y se hundió en el Período Especial. Para la inmensa mayoría fueron años de apagones interminables, transporte colapsado y escasez de casi todo. Para Marambio, en cambio, fueron los años de su gran fortuna.

La joya de su imperio fue Alimentos Río Zaza, una empresa mixta con el Estado que llegó a dominar el mercado de alimentos y bebidas en la isla: jugos, lácteos, mermeladas, salsas, todo con una calidad y una presentación muy por encima de lo que ofrecía la producción nacional de entonces. La clave estaba en dónde se vendía. Aquellos productos no llegaban a la libreta de abastecimiento, sino a las tiendas de recaudación de divisas, las «shoppings», reservadas a quienes tenían dólares: turistas, cubanos con remesas del exterior y trabajadores del sector turístico.

Marambio supo aprovechar una de las grandes debilidades del sistema: la incapacidad del Estado para abastecer con bienes de calidad el mercado dolarizado que él mismo había creado para sobrevivir. Sus contratos, negociados al calor de su amistad con Fidel, resultaban muy ventajosos, y Río Zaza se convirtió en un negocio multimillonario. Una idea de su dimensión: cuando estalló el conflicto, el Gobierno cubano le congeló activos valorados en entre 23 y 30 millones de dólares.

Al negocio de los alimentos sumó el turismo, que se había convertido en el motor que mantenía a flote la economía. Creó la agencia Sol y Son, otra empresa mixta, que operaba junto a Cubana de Aviación y que dirigía su hermano menor, Marcel Marambio. Se consolidó como uno de los principales operadores turísticos, con miles de visitantes y millones de dólares para la isla.

Un ejemplo de manual de «capitalismo de amigos»

El éxito de Marambio no venía de competir en un mercado abierto, sino de su acceso privilegiado al poder. Es lo que se conoce como crony capitalism o «capitalismo de amigos». Su línea directa con Fidel le abría los mejores contratos, lo libraba de la burocracia que asfixiaba a los demás y, sobre todo, le daba una sensación de impunidad.

El intercambio era claro. El Estado, urgido de divisas y de productos para sus turistas, obtenía de él lo que no era capaz de producir. A cambio, Marambio convertía su capital político en un dominio económico casi absoluto en sus sectores. Se volvió un intermediario imprescindible en la maquinaria económica del Período Especial y amasó una fortuna personal descomunal dentro de un sistema que, en teoría, condenaba la acumulación de capital.

Raúl Castro cambia las reglas del juego

Durante casi dos décadas pareció intocable. Su caída llegó por la combinación de tres factores: un cambio profundo en la forma de gobernar, una crisis económica que llevó al país al límite y una serie de decisiones del propio Marambio que el nuevo poder interpretó como un desafío.

En 2008, Fidel cedió oficialmente el poder a su hermano Raúl. El contraste de estilos fue enorme. Fidel era carismático y personalista, gobernaba por impulsos y su palabra era ley. Raúl, el general organizador, impuso un modelo más institucional y colegiado, con una obsesión por la disciplina y el orden. Una de sus primeras banderas fue una cruzada contra la corrupción, a la que veía como un cáncer capaz de destruir el sistema desde dentro. Fue la época en que cayeron figuras como el general Rogelio Acevedo, destituido en 2010.

En esa nueva Cuba, Marambio era un problema. Su vida opulenta —con helicóptero propio en Chile incluido— y su fama de intocable por ser amigo de Fidel encarnaban justo lo que Raúl quería erradicar. Pasó de activo estratégico a anacronismo: el símbolo perfecto para demostrar que la campaña anticorrupción iba en serio.

El cierre de Río Zaza: la línea roja

El detonante fue la crisis financiera mundial de 2008, que golpeó con dureza la economía cubana. Ante la falta de liquidez, el Gobierno de Raúl congeló las cuentas en divisas de las empresas extranjeras que operaban en la isla, una especie de «corralito» que retuvo millones de dólares de las compañías de Marambio.

Su respuesta fue probablemente el mayor error de su vida. En febrero de 2010, en protesta por la congelación de sus fondos, cerró las plantas de Río Zaza. Cientos de trabajadores cubanos se quedaron sin empleo y las tiendas en divisas sufrieron problemas de abastecimiento. Al plantar cara abiertamente al Gobierno en plena crisis nacional, Marambio dejó de ser un socio, por poderoso que fuera, para convertirse en un adversario del Estado.

Para entonces, desde finales de 2009, ya estaba en marcha una investigación oficial sobre sus empresas. Marambio siempre sostuvo que se trataba de una persecución política, un «acoso y persecución al más puro estilo estalinista» que él vinculaba con su actividad en Chile: en 2009 había sido jefe de campaña y principal financista del candidato presidencial Marco Enríquez-Ominami, que había calificado al Gobierno cubano de «autoritario e intolerante». Para Marambio, su caída fue la venganza de La Habana por aquella afrenta.

La muerte de Roberto Baudrand

En abril de 2010, el caso dio un giro trágico. Roberto Baudrand, gerente general chileno de Río Zaza, apareció muerto en su apartamento de La Habana. Era una figura central en la investigación: había pasado por largos interrogatorios de la Seguridad del Estado y tenía prohibido salir del país.

La versión oficial cubana atribuyó su muerte a una insuficiencia respiratoria aguda provocada por la mezcla de medicamentos y alcohol. Su familia nunca aceptó la hipótesis del suicidio, y el Gobierno de Chile exigió a Cuba una investigación a fondo. Lo que había empezado como una disputa comercial y una causa por corrupción se convirtió en un escándalo internacional con implicaciones diplomáticas y humanas. El protegido era ya, oficialmente, un paria.

Condenado en La Habana: 20 años de cárcel

La ofensiva judicial se libró en dos frentes. El primero, en Cuba. Marambio, que ya estaba en Chile, fue citado a declarar en La Habana y se negó a acudir alegando que no tenía garantías de un juicio justo. Fue declarado en rebeldía, se dictó contra él una orden de captura internacional y el proceso siguió adelante sin su presencia.

La Fiscalía lo acusó de cohecho, estafa, falsificación de documentos, malversación y actos en perjuicio de la economía. Su hermano Marcel enfrentó cargos similares. Pero el caso fue mucho más allá de los chilenos y destapó una red que alcanzaba la cúpula del Gobierno. La caída más sonora fue la de Alejandro Roca Iglesias, ministro de la Industria Alimenticia y miembro del Comité Central del Partido Comunista, junto a un viceministro y una larga lista de directivos y empleados de las empresas estatales socias de Marambio. Según la acusación, todos ellos habían recibido sobornos en dinero y regalos a cambio de mirar hacia otro lado, permitir desvíos de productos y falsear documentos en beneficio de los hermanos.

En mayo de 2011, el Tribunal Provincial de La Habana condenó en ausencia a Max Marambio a 20 años de prisión. Un mes después, Marcel recibió 15 años. El exministro Roca fue sentenciado también a 15 años, y el resto de los implicados cubanos, a penas de entre 3 y 10. Para la justicia cubana, Marambio era un delincuente convicto y un fugitivo.

Victoria en París: «mala fe» del socio cubano

El segundo frente se abrió fuera de la isla. Amparándose en las cláusulas de sus contratos, Marambio demandó a su socio estatal, la Corporación Alimentaria CORALSA, ante la Corte Internacional de Arbitraje de la Cámara de Comercio Internacional, en París. Su argumento era estrictamente comercial: el Estado cubano había violado el contrato de la empresa mixta y le había expropiado ilegalmente el negocio, y la investigación por corrupción no era más que una cortina de humo. Reclamaba 153 millones de dólares.

En julio de 2013, tras años de proceso, la corte resolvió a su favor. Determinó que CORALSA había actuado «de mala fe» al liquidar la empresa conjunta y condenó a la parte cubana a pagar a una de las compañías de Marambio 17,5 millones de dólares, más medio millón en costas. La cifra quedaba muy lejos de lo reclamado, pero el fallo suponía una reivindicación en el terreno internacional.

El resultado fue una situación sin salida: en La Habana, Marambio era un estafador condenado a 20 años; en París, un empresario que había ganado un pleito por incumplimiento de contrato a una entidad estatal cubana. La contradicción retrata la distancia entre un sistema en el que el Estado es la autoridad final y un derecho comercial internacional con tribunales neutrales. Para los inversores extranjeros, el laudo de París pesaba mucho; para Cuba, la única sentencia válida era la de sus propios tribunales.

Lo que el caso Marambio dejó en Cuba

Para cualquier empresario que se planteara invertir en la isla, el caso fue una advertencia inequívoca: ni décadas de amistad personal con el máximo líder garantizaban nada. El riesgo político lo era todo, y leyes y contratos podían quedar en papel mojado si chocaban con los intereses del Estado. La persecución de un hombre tan bien conectado evidenció la falta de un poder judicial independiente y la posibilidad de usar la ley como arma política. Cuba siguió buscando capital extranjero, pero el caso supuso un freno y reforzó la percepción de que la seguridad de las inversiones era, en el mejor de los casos, frágil.

Dejó también una huella legal concreta. Que un socio extranjero ganara en París un arbitraje contra una empresa estatal fue visto en La Habana como una grieta peligrosa. La Ley de la Inversión Extranjera aprobada en 2014 incorporó un cambio que parece una respuesta directa: los conflictos relacionados con la liquidación de una empresa mixta deben resolverse obligatoriamente en tribunales cubanos. La puerta que había usado Marambio quedó cerrada.

¿Limpieza contra la corrupción o purga política?

La gran pregunta que deja el caso es si la campaña de Raúl Castro fue un saneamiento real o una forma de apartar a quienes le estorbaban. La respuesta más razonable apunta a las dos cosas. La corrupción existía: la condena de un ministro, un viceministro y decenas de funcionarios demuestra que el problema era real y extendido, y que los sobornos y el desvío de recursos dañaban la economía.

Pero la elección de Marambio como gran objetivo tiene todas las señales de una jugada política. Era el emblema del «capitalismo de amigos» de la era de Fidel, y derribarlo fue una demostración de fuerza del nuevo Gobierno: la época de los favores personales había terminado y nadie, por muy amigo de Fidel que hubiera sido, estaba por encima del nuevo orden. Su caída fue a la vez un golpe contra la corrupción y un movimiento para consolidar el poder de Raúl y dejar claro quién mandaba.

Al final, la historia de Max Marambio no admite una moraleja sencilla ni un reparto limpio de buenos y malos. Fue un revolucionario en su juventud que se convirtió en capitalista de manual dentro de un Estado socialista; un producto y, al mismo tiempo, una víctima del sistema cubano. Su ascenso fue posible gracias a las reglas no escritas de la Cuba de Fidel, donde la lealtad personal abría las puertas de la fortuna. Su caída mostró la Cuba de Raúl, empeñada en reafirmar la autoridad del Estado, donde alguien tan rico, autónomo y desafiante ya no tenía sitio. El mismo sistema que lo protegió fue el que terminó por destruirlo.

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