Naty Revuelta y Fidel Castro: más de cien cartas, tres o cuatro encuentros y una hija
La madrugada del 26 de julio de 1953, mientras en Santiago de Cuba comenzaba el asalto al cuartel Moncada, una mujer de la alta sociedad habanera salió de su casa del Vedado hacia las cinco y cuarto, tomó un taxi y empezó a entregar en mano un documento que podía llevarla a prisión. Era el manifiesto con el que Fidel Castro quería explicar al país por qué sus hombres estaban disparando. Él mismo se lo había confiado días antes, para que lo hiciera circular si las comunicaciones con Oriente se cortaban.
Aquella mujer era Natalia Revuelta Clews, conocida por todos como Naty Revuelta. Durante más de medio siglo, los titulares la han resumido en una fórmula de tres palabras: la amante de Fidel. La etiqueta no es falsa, pero es tan estrecha que deja fuera casi todo lo que hace de su vida una de las historias más reveladoras de la Cuba del siglo XX.
Contarla bien exige separar cuatro capas que suelen mezclarse: lo que está documentado, lo que relató ella, lo que escribió su hija Alina Fernández y lo que no pasa de rumor. De esa mezcla nació la caricatura.
Una hija de la burguesía habanera, no una aristócrata
Naty nació en La Habana el 6 de diciembre de 1925. Fue hija única; sus padres se separaron cuando era pequeña y su madre se casó después con un ejecutivo de la Havana Electric Company. Recibió una formación poco común para una joven cubana de su tiempo: la Ruston Academy en La Habana, un colegio católico en Pensilvania y estudios de negocios en Washington. Trabajó en la embajada de Estados Unidos en Cuba y más tarde en la Standard Oil, la Esso.
Muchos textos la describen como aristócrata, pero ella hablaba de su origen burgués. La diferencia importa: la leyenda la eleva a princesa para que la caída resulte más dramática, cuando en realidad pertenecía a la burguesía acomodada y a los círculos sociales más exclusivos de la capital.
A los 22 años se casó con Orlando Fernández Ferrer, un cardiólogo de prestigio casi veinte años mayor que ella, con quien tuvo una hija, Natalí, a la que en casa llamaban Nina. Su vida transcurría entre el Vedado Tennis Club, el Country Club y el Tropicana. Según su propio recuerdo, llegó a conocer a Ernest Hemingway, quien le habría dicho que quería conocerla porque sus ojos le recordaban a los de sus gatos.
Ese punto de partida es lo que vuelve singular su trayectoria: Naty no llegó a la conspiración desde la pobreza ni desde el comunismo, sino desde el sector social que más tenía que perder con una revolución.
La política llegó antes que el amor
La versión más repetida sostiene que se hizo revolucionaria por haberse enamorado de Fidel Castro. Los hechos no encajan con esa secuencia. Naty simpatizaba con Eduardo Chibás y militaba en el Partido del Pueblo Cubano, los ortodoxos. En una entrevista de 2009 con La Vanguardia explicó que llegó a la política por conciencia, atraída por el discurso contra la corrupción y la idea de justicia social.
El 10 de marzo de 1952, el día del golpe de Estado de Batista, mandó hacer copias de las llaves de su casa para ofrecerlas como refugio a dirigentes ortodoxos perseguidos. Uno de los que recibió una fue Fidel Castro. Todavía no se conocían: ella lo había visto en actos públicos, pero no se los presentaron hasta noviembre de 1952, en una conmemoración en la Universidad de La Habana por los estudiantes de Medicina fusilados en 1871.
Alina transformaría más tarde aquel gesto en una escena casi cinematográfica, con un sobre perfumado y una llave puesta al servicio de la causa, y lo presentaría como un flechazo. Naty lo contó con más cautela: reconocía que el carisma de Castro la impresionaba, pero insistía en que entonces no había nada sentimental. Esa distancia entre el relato de la madre y el de la hija atraviesa toda esta historia.
Una casa del Vedado convertida en centro conspirativo
Tres meses después de conocerse, Fidel pidió visitarla. Con más de ochenta años, Naty todavía recordaba el menú de aquella noche: jamón asado con piña, un plato que a él le gustó tanto que ella se lo enviaría después a la cárcel.
Desde entonces su casa acogió reuniones clandestinas. Según su relato, Fidel acudía a repartir tareas y la disciplina era estricta: estaba prohibido beber alcohol. Su aportación consistía en ofrecer el espacio, conseguir dinero y hacer trabajo político y logístico. No fue una anfitriona decorativa: varias fuentes independientes, entre ellas El País, la reconocen como colaboradora real de la conspiración del Moncada.
Dos episodios de esa etapa lo ilustran. Castro planeaba tomar una emisora de radio en Santiago para difundir sus documentos y necesitaba música con la que llenar los silencios. No valía cualquiera: debía ser solemne y movilizadora, nunca festiva, porque podía haber muertos. Naty pasó semanas buscando discos y eligió obras de Beethoven, Dvořák y la ópera Fidelio. La banda sonora prevista para una insurrección la seleccionó una mujer del Country Club.
El segundo episodio es el de aquella madrugada. Castro le había entregado el Manifiesto a la Nación para que lo repartiera entre políticos y periodistas de La Habana. Según su testimonio, lo llevó personalmente a figuras como Pelayo Cuervo, Raúl Chibás, Cosme de la Torriente y Sergio Carbó. Fue en casa de este último donde empezó a comprender la magnitud del fracaso.
Queda el asunto de las joyas. Se ha dicho durante décadas que vendió las suyas para financiar la revolución, y no es pura leyenda: ella misma contó que su esposo aportó dinero y que empeñó unos brazaletes de oro y unos pendientes de zafiros y diamantes regalo de su madre. Lo que resulta más difícil de demostrar son las versiones que hablan de cuentas vaciadas o de la venta de todas sus joyas.
Más de cien cartas: un romance nacido en el correo
Tras el fracaso del Moncada, Castro fue enviado a la prisión de Isla de Pinos. Naty empezó a mandarle libros, comida, material para escribir y cartas. La relación sentimental entre ambos no nació en persona, sino en la correspondencia.
El historiador Jonathan M. Hansen, que años después examinó el archivo personal de Naty, calcula que se cruzaron más de cien cartas y sitúa el inicio de ese romance epistolar en el otoño de 1953. Pero su valor va más allá de lo íntimo: son documentos sobre la formación intelectual de Castro antes del poder. Ella le enviaba literatura, historia y textos políticos, incluidas obras de Marx, según recogió The Guardian. Y Hansen halló un dato menos esperado: Castro le pedía también material sobre el New Deal de Franklin D. Roosevelt, con interés por las políticas agrícolas, el empleo, los salarios, el crédito y la banca.
La imagen es elocuente: el preso más célebre de Cuba, encerrado tras un asalto armado, solicitando a una mujer de la burguesía habanera bibliografía sobre cómo Estados Unidos salió de la Gran Depresión. En un periodo decisivo, Naty fue su interlocutora intelectual, su proveedora de libros y su enlace con el exterior.
Las cartas cruzadas y el divorcio de Mirta Díaz-Balart
Desde la cárcel, Castro escribía a dos mujeres: a su esposa, Mirta Díaz-Balart, y a Naty. En algún momento los sobres se intercambiaron. Mirta abrió la carta que no le correspondía, cuyo contenido no dejaba dudas sobre la relación. Naty recordaba que Mirta se presentó furiosa en su oficina y que aquella carta acabó circulando por toda la sociedad habanera.
Naty negó siempre haber sido la causa principal del divorcio. En su versión, lo que de verdad enfureció a Castro fue descubrir que Mirta había obtenido, gracias a su hermano, un empleo remunerado vinculado a la administración de Batista. Hansen describe ambos hechos como dos crisis sucesivas y considera que la del empleo fue la más explosiva. Mirta, por su parte, atribuyó después la ruptura a la relación con Naty. La disputa quedó abierta entre sus propios protagonistas. La idea de que el cruce de cartas fue provocado deliberadamente, desde la prisión o desde la familia de Mirta, es un rumor sin pruebas.
Tres o cuatro encuentros y una hija
Sobre cuándo fueron amantes, la respuesta de Naty contradice casi todas las versiones sensacionalistas: no hubo relación física ni antes del Moncada ni durante la etapa de la correspondencia carcelaria. El romance comenzó tras la amnistía de Castro, en mayo de 1955, y fue brevísimo. Él permaneció apenas 53 días en La Habana antes de marcharse a México. Preguntada por el número de encuentros, Naty respondió que fueron dos, tres o cuatro, algunos en apartamentos de Lidia Castro y alguno en un hotel.
El contraste resume la naturaleza de la relación: más de cien cartas frente a un puñado de citas. Uno de los amores más legendarios de la biografía de Fidel Castro fue mucho más extenso por escrito que en persona.
De uno de esos encuentros nació Alina, en marzo de 1956. Naty confesó en 2009 que, al saberse embarazada, estaba convencida de que Castro, ya en México preparando el regreso armado, iba a morir. Quiso tener a la niña precisamente por eso: deseaba un hijo del hombre que admiraba y, si él caía, educarlo según los ideales que le atribuía.
Varios obituarios afirman que Castro no supo de su paternidad hasta 1959, pero Naty aseguró que se lo comunicó al nacer la niña, y su declaración directa tiene más peso. Tampoco confirmó ella la historia, publicada por Associated Press y repetida en muchos obituarios, de que Fidel le pidió que fuera a México a casarse con él: es plausible, pero no figura en su larga entrevista de 2009.
Como Naty seguía legalmente casada con Orlando Fernández, la niña fue inscrita como Alina Fernández Revuelta. Según las memorias de Alina, cuando tenía unos 12 años Castro le ofreció adoptar su apellido y ella ya no quiso. Hubo reconocimiento privado, pero nunca reconocimiento público a través del apellido.
Dos casquillos de bala como carta de amor
Mientras Castro estaba en la Sierra Maestra, Naty siguió en la oposición a Batista, vinculada a la Resistencia y al Frente Cívico de Mujeres Martianas. Tras el desembarco del Granma circularon noticias de su muerte, que ella se negó a creer hasta que Felipe Pazos le mostró un papel llegado de la Sierra: reconoció al instante la letra de Fidel.
Más tarde, según su relato, Castro le hizo llegar por medio del hijo de Pazos dos casquillos de ametralladora usados. Fue prácticamente todo el contacto que tuvieron durante la guerra, y difícilmente podría encontrarse un símbolo más preciso de lo que iba a ser esa relación.
En enero de 1959, Naty llevaba casi dos años sin verlo. Logró acercarse a la caravana triunfal y entregarle una flor; él la reconoció. Después se vieron en el hotel Hilton, donde Castro conoció a Alina, que aún no había cumplido tres años. Según Naty, solo comentó que era una niña muy bonita. La historia que ella había imaginado no llegó a producirse: Fidel se distanció. Associated Press sostiene que Naty se preparó discretamente para ser primera dama, pero no existe ninguna declaración suya en ese sentido.
La mirada de Alina: una madre que nunca dejó de esperar
En 1997, Alina Fernández publicó sus memorias, Alina. Memorias de la hija rebelde de Fidel Castro, donde retrata a una madre que organizó su vida emocional en torno a Castro y a la Revolución. Alina supo hacia los diez años que aquel hombre barbudo y uniformado que aparecía de vez en cuando por casa era su padre. De su infancia quedó una escena célebre: Castro le regaló un muñeco enorme vestido igual que él, y la niña le arrancó la barba porque quería devolverlo a la forma de un bebé corriente.
Su lectura adulta es mucho más dura. En una entrevista con El País publicada en abril de 2026 afirmó que su madre estuvo enamorada de Fidel hasta el día de su muerte y describió a Castro como una personalidad narcisista que la descartó cuando dejó de necesitarla. Es la interpretación de una hija sobre su madre, no un hecho demostrable, pero resulta esencial para entender su visión.
En el libro, Alina atribuía además a Celia Sánchez parte del aislamiento de Naty, presentándola como guardiana del acceso a Castro y sugiriendo que apartaba a antiguas amantes. Se trata, de nuevo, de una interpretación personal: afirmar que Celia conspiró contra Naty exigiría pruebas que no existen.
¿Privilegiada? Una vida laboral ordinaria
Según las memorias de Alina, algunas visitas de Castro llegaban con alimentos inaccesibles para una familia común, y ella admitió haber recurrido a Raúl Castro ante problemas prácticos. Pero Naty no vivió como una favorita mantenida por el jefe del Estado. Tras la nacionalización de la Esso en 1960 perdió su empleo y pasó seis meses buscando trabajo. Fue jefa de Compras del Hospital Nacional y después trabajó en Comercio Exterior hasta jubilarse en 1980.
Su amiga Regina Coyula defendía incluso lo contrario de la leyenda: que la relación con Fidel, lejos de reportarle ventajas, le costó caro en lo social y en lo profesional.
Una familia partida por la Revolución que ayudó a crear
Hay una dimensión que desaparece por completo cuando se la reduce a amante: Naty también perdió a su familia anterior. Se divorció formalmente de Orlando Fernández en enero de 1959. Natalí, muy unida a su padre, se marchó con él a Estados Unidos cuando este salió de Cuba en 1961. Naty esperaba su regreso, que nunca se produjo. Según su testimonio, no volvió a ver a su hija mayor hasta 1982, más de veinte años después. La mujer que repartió el manifiesto del Moncada vivió la misma separación familiar que miles de cubanos, provocada por el proceso que ella contribuyó a desencadenar.
Con Alina la fractura fue aún más profunda. Naty defendió la Revolución hasta el final; su hija acabó rechazándola. En 1993, Alina escapó de Cuba disfrazada, con documentación falsa y una peluca, haciéndose pasar por turista. Según Associated Press, Naty se enteró de la fuga por emisoras de radio del exterior.
Alina resumió después la distancia entre ambas: para su madre, Cuba era casi un paraíso terrenal; para ella, exactamente lo contrario. Aun así, le reconocía coherencia, porque había formado parte del proceso desde su origen. Naty, por su parte, evitaba hablar mal de su hija: en 2009 la describió como una mujer muy inteligente y sensible, dijo que la relación había mejorado con los años y lamentó que se hubiera marchado cargada de resentimientos. Una hizo posible la Revolución y siguió creyendo en ella; la otra creció dentro de ella y terminó huyendo.
El 26 de julio de 1994: el día en que se sintió sola
Desde 1973 la invitaban a las ceremonias oficiales del 26 de julio, y en 1993, cuarenta años después del asalto, fue reconocida oficialmente como combatiente vinculada al Moncada. Pero en el acto de 1994 alguien le indicó que no bajaría junto al resto de combatientes, sino que debía esperar aparte, en la presidencia, porque esas eran las instrucciones.
Naty rompió la invitación y se fue. Terminó escuchando la ceremonia por la radio, en su casa. Preguntada después si se había sentido abandonada, eligió otra palabra: sola. Y admitió que, oficialmente, en distintos momentos sí había sido apartada. Probablemente fue la crítica más clara que dirigió al sistema que nunca dejó de defender.
Porque ese es el gran enigma de su vida: jamás rompió, ni con Castro ni con la Revolución. Preguntada en 2009 si se consideraba una mujer sacrificada, aceptó que quizá lo había sido, pero rechazó verse como víctima. Y sobre sus sentimientos dejó una frase memorable: le había costado muchos años quitárselo del corazón y ponérselo en la cabeza, y seguía respetándolo. Alina veía en esa lealtad una herida sin cerrar; Naty, una elección consciente. El personaje real probablemente se encuentra entre ambas lecturas.
El archivo secreto: las cartas que guardó durante sesenta años
Naty conservó durante décadas su correspondencia con Castro. Regina Coyula contó que le entregó los originales unos diez años antes de morir para que los ordenara y digitalizara, y que nunca quiso cederlos a la Oficina de Asuntos Históricos ni autorizar su publicación.
Poco antes de morir hizo una excepción. En 2014, el historiador de Harvard Jonathan M. Hansen se reunió varias veces con ella mientras investigaba la juventud de Castro. Naty dudaba, hasta que Hansen le mostró una vieja carta de Fidel hallada en los archivos. Emocionada, entró en su biblioteca y volvió con una pila de documentos: más de cien cartas guardadas durante sesenta años, que le permitió examinar y fotografiar.
Hansen las utilizó en Young Castro: The Making of a Revolutionary, publicado en 2019 y considerado una de las aproximaciones documentales más importantes a la formación de Castro. Hasta donde se ha podido comprobar, no existe una edición íntegra y crítica de ese epistolario, de modo que una parte considerable de esta historia sigue sin poder leerse de primera mano.
En agosto de 2014, Alina regresó a Cuba por primera vez desde su fuga, porque su madre estaba gravemente enferma tras una caída. Naty Revuelta murió en La Habana a los 89 años, a finales de febrero de 2015. No quiso grandes funerales: fue incinerada y, según informó El País, sus cenizas fueron arrojadas al mar.
Una revolución dentro de una casa
Casi treinta años después de sus memorias, Alina mantiene su lectura: su madre amó a Castro toda la vida y ella nunca entendió cómo pudo seguir atada a un hombre que, a su juicio, la usó y la abandonó. Pero no la reduce a una mujer ingenua. También la reconoce como activista política auténtica, parte de la generación que hizo posible la Revolución.
Esa es la clave para leer a Naty Revuelta sin caricaturas. Fue una mujer culta, bien casada y socia de clubes exclusivos que entregó la llave de su casa a un agitador al que no conocía, convirtió su sala en centro conspirativo, empeñó sus joyas, repartió el manifiesto del Moncada de madrugada, sostuvo a Castro en prisión con libros y comida y se enamoró de él a través de un centenar de cartas. Tuvo una hija suya porque creía que él iba a morir, esperó una cercanía que nunca llegó, perdió a su primogénita hacia Estados Unidos, vio a la segunda rebelarse contra todo aquello en lo que creía y se sintió apartada por la misma Revolución que ayudó a crear. Y aun así murió sin repudiarla.
La paradoja final es difícil de ignorar: Naty Revuelta ayudó a construir el mundo del que su propia hija terminó escapando. Para comprender las lealtades y los silencios de aquella generación, vale la pena mirar también otras historias ocultas del entorno de Castro, como la de Juanita Vera, la traductora que fue madre de un hijo secreto, o preguntarse, como hace este otro repaso, qué hay de cierto en todo lo que se cuenta de la Cuba anterior a 1959.
