De ministro de Fidel a fusilado en La Cabaña: la historia documentada de Humberto Sorí Marín

Humberto Sorí Marín, comandante y auditor del Ejército Rebelde, primer ministro de Agricultura de la Revolución cubana

En apenas dos años, Humberto Sorí Marín recorrió la distancia más corta y más brutal que permitía la Cuba de aquellos años: la que separa una mesa de despacho en la Sierra Maestra, donde firmaba leyes junto a Fidel Castro, del foso de La Cabaña, donde un pelotón lo fusiló la noche del 20 de abril de 1961. Fue juez antes de ser acusado, comandante antes de ser «traidor» y ministro antes de ser ejecutado. Y lo condenó un sistema de justicia que, en buena medida, él mismo había diseñado.

Su historia arrastra además una escena que se ha repetido durante décadas: la de una madre que abraza a Fidel Castro, le suplica por la vida de su hijo y recibe una promesa. Separar en este caso lo documentado de lo que solo se cuenta es la única forma de entender quién fue de verdad este hombre.

Un abogado de Las Villas en la Sierra Maestra

Las biografías sitúan su nacimiento el 3 de diciembre de 1915 en Zaza del Medio, en la antigua provincia de Las Villas, hoy Sancti Spíritus. Era abogado, había militado en el Partido Auténtico antes del golpe de Batista y, según un reportaje de la revista Bohemia de la época, estaba casado y era padre de dos niñas.

Se sumó al Movimiento 26 de Julio y llegó a la Sierra Maestra en 1957. Según Bohemia, subió para cumplir una misión concreta, pero fue el propio Fidel Castro quien le pidió que se quedara con un encargo de enorme peso: organizar la administración de justicia en el territorio rebelde. Su llegada no fue sencilla. La historiadora Julia Sweig documenta que miembros de la Dirección Nacional del Movimiento intentaron expulsarlo ese mismo año. Aun así, se ganó la confianza del líder guerrillero en el terreno que mejor conocía.

Recibió el grado de comandante y el cargo de auditor general del Ejército Rebelde, la máxima autoridad legal de la insurrección. Un despacho diplomático estadounidense lo resumió con una fórmula elocuente: en la práctica, Sorí era un sistema judicial unipersonal en las zonas rebeldes.

El hombre que escribió las reglas del paredón

En febrero de 1958, Fidel Castro y Sorí Marín firmaron el Reglamento número uno, el documento que fijaba los delitos, las sanciones y el funcionamiento de los tribunales rebeldes. Sorí fue quien dio forma al código legal de la guerrilla y quien definió qué conductas podían castigarse con la muerte.

En una conversación recogida por diplomáticos estadounidenses, él mismo hizo balance de aquel sistema: alrededor de sesenta personas juzgadas, veintiocho condenadas y ocho ejecutadas. Los delitos que conducían al paredón eran el asesinato, la violación, el bandolerismo y el espionaje. Esa última palabra, espionaje, cobraría un sentido muy distinto pocos años después.

Su firma aparece también en la Ley número tres, del 10 de octubre de 1958, que estableció una primera reforma agraria en los territorios bajo control rebelde. La rubricaron dos hombres: Fidel Castro y Humberto Sorí Marín. Es un dato que conviene retener, porque el mismo jurista sería acusado más tarde de sabotear la reforma agraria que había sido de los primeros en firmar.

Los tribunales de 1959 y el juicio de Sosa Blanco

Con la huida de Batista en enero de 1959 llegaron los tribunales revolucionarios contra los militares del régimen derrotado, y Sorí ocupó un lugar central en ellos. El proceso más sonado fue el del comandante batistiano Jesús Sosa Blanco, acusado de asesinar a civiles. Sorí encabezó el tribunal de tres oficiales que lo juzgó en la Ciudad Deportiva de La Habana, ante miles de espectadores, en un juicio convertido en espectáculo de masas del que dio cuenta la revista Time.

Sosa Blanco fue condenado a muerte. Tras las críticas internacionales, el juicio se repitió formalmente, la sentencia fue la misma y el acusado murió fusilado en febrero de 1959. Organizaciones jurídicas internacionales cuestionaron con dureza aquellos procesos por su rapidez, por la presión política que los rodeaba, por su carácter de exhibición pública y por la falta de garantías. Ese episodio, que ya hemos repasado en el contexto de los juicios revolucionarios de 1959 y sus fusilamientos, revela la primera verdad incómoda de esta biografía: Sorí Marín no fue un extraño atrapado por una maquinaria ajena. Fue uno de sus arquitectos. Los tribunales militares, los procedimientos excepcionales y la pena de muerte como herramienta de justicia revolucionaria llevaban, en parte, su firma.

Ministro de Agricultura: una reforma con Constitución

En el primer gobierno revolucionario, presidido por Manuel Urrutia Lleó, Sorí fue nombrado ministro de Agricultura. Era un nombramiento lógico para quien había firmado la legislación agraria de la Sierra. Pero el proyecto que él defendía no era el que acabaría imponiéndose.

En público, Sorí abogaba por repartir tierras entre los campesinos y acabar con el latifundio, pero mediante propiedad individual, con indemnización a los expropiados y dentro de la Constitución de 1940. Presentarlo como enemigo de la reforma agraria es una caricatura: lo que pretendía era una reforma con garantías jurídicas. Su choque con el ala radical no giraba en torno a si había que transformar el campo cubano, sino a cómo hacerlo, a qué ritmo y bajo qué control político.

En abril de 1959 le hizo una confidencia reveladora al embajador estadounidense Philip Bonsal, recogida en un telegrama de la embajada en La Habana al Departamento de Estado: seguía en el gobierno porque consideraba a Fidel Castro firmemente anticomunista, había logrado retrasar el decreto agrario para estudiarlo con más calma y los comunistas lo atacaban con dureza. El ministro de Agricultura de Cuba creía, o decía creer, que Castro frenaría la influencia comunista. Y, al mismo tiempo, ya se sentía bajo fuego dentro de su propio gabinete.

Fuera del gobierno y de la Revolución

Los hechos posteriores confirmaron su aislamiento. El texto definitivo de la reforma agraria no salió de su ministerio, sino de un núcleo paralelo vinculado directamente a Fidel Castro y al Che Guevara, con figuras como Antonio Núñez Jiménez y Vilma Espín. Cuando la ley se aprobó, el 17 de mayo de 1959, en un acto cargado de simbolismo en La Plata, en plena Sierra Maestra, el ministro de Agricultura no estaba presente.

La historiografía oficial cubana presenta esa ausencia como la maniobra de un traidor, aunque hay que recordar que se trata del relato del poder sobre un hombre al que después fusiló. Lo que sí es un hecho es el desenlace: en junio de 1959, Pedro Miret lo sustituyó al frente del ministerio, en una limpieza más amplia en la que fueron cayendo, uno tras otro, los miembros moderados del gabinete. No fue el único revolucionario que chocó con la cúpula en aquellos meses, como muestra la trayectoria de Faure Chomón, el comandante que se atrevió a discutirle el poder a Fidel Castro.

A partir de ahí, Sorí dejó de discrepar desde dentro para conspirar desde fuera, junto a antiguos revolucionarios y militares que habían roto con Castro. Para cualquier oposición era una pieza de enorme valor: conocía las entrañas del Movimiento 26 de Julio y había sido comandante, ministro y hombre de confianza del líder. Las fuentes oficiales cubanas lo describen como jefe de una red contrarrevolucionaria dedicada a sabotajes, atentados y la preparación de una insurrección. Los archivos del FBI y de la CIA recogen que aseguraba contar con oficiales dispuestos a alzarse, aunque hoy es imposible medir cuánto de eso era fuerza real y cuánto una carta de presentación para obtener apoyo exterior.

Qué dicen los documentos de la CIA

La relación entre Sorí y la CIA suele contarse de forma simplificada. Los documentos desclasificados ofrecen un cuadro más matizado. Un memorando interno de la CIA de 1975, elaborado durante la revisión de las conspiraciones para asesinar a Fidel Castro, reconstruye su trayectoria paso a paso:

  • Noviembre de 1960: todavía en Cuba, contacta con un cubano que trabajaba para la Agencia y expresa su voluntad de actuar contra el gobierno.
  • 1 de diciembre de 1960: queda bajo arresto domiciliario.
  • 21 de diciembre de 1960: escapa con ayuda de personas que el informe no identifica.
  • 19 de febrero de 1961: sale clandestinamente hacia Miami; el documento afirma que la CIA no participó en esa salida.
  • 2 y 5 de marzo de 1961: se reúne con un oficial de la Agencia, que obtiene una aprobación operativa provisional para utilizarlo como fuente de inteligencia.
  • En torno al 11 de marzo de 1961: regresa clandestinamente a Cuba, también sin asistencia de la CIA, según el mismo informe.

De ese recorrido se desprenden dos conclusiones que no se excluyen. La primera: Sorí tuvo una relación operativa con la CIA, documentada y formalmente aprobada. La segunda: la documentación revisada por la propia Agencia no demuestra que esta organizara su último viaje ni que le encargara matar a Fidel Castro.

El gobierno cubano sostuvo que regresó precisamente para eso: preparar el magnicidio, además de sabotajes y una insurrección coordinada con la invasión que se avecinaba. El informe de 1975, sin embargo, fue explícito al señalar que en los archivos no había nada que probara que esa fuera su misión. Tampoco lo descarta: distingue entre una conspiración armada contra el gobierno, que sí está acreditada, y un plan concreto de asesinato, que no se pudo demostrar. En esa distinción está la frontera entre la historia documentada y la propaganda de ambos bandos.

El regreso, la captura y la Causa 152 de 1961

El regreso existió. Hacia el 13 de marzo de 1961, Sorí y un grupo de acompañantes desembarcaron en la costa habanera con armas, explosivos y equipos de comunicación. Entre ellos estaban Rafael Díaz Hanscom, Manuel Puig Miyar, Nemesio Rodríguez Navarrete y Gaspar Trueba Varona, varios con formación de inteligencia o paramilitar vinculada a la CIA. Las cifras desorbitadas de explosivos que circulan en internet no tienen respaldo en los documentos primarios.

Sorí se escondió en una vivienda de la zona de Siboney o Miramar. Según la versión oficial, el 18 de marzo la Seguridad del Estado rodeó la casa y lo detuvo junto a otros conspiradores.

El proceso quedó registrado como la Causa 152 de 1961. Según recogió la Comisión Internacional de Juristas, Sorí pidió que declararan como testigos Fidel Castro y Raúl Castro, presumiblemente para que hablaran de sus servicios a la Revolución y de las leyes que había redactado con ellos. La Comisión pidió al gobierno cubano información sobre los cargos y las garantías del juicio, y nunca obtuvo respuesta.

A día de hoy no existe una reproducción íntegra y verificable del expediente, las actas o la sentencia. Se desconoce qué pruebas se presentaron, cuánto duró la vista y si aquella petición de testigos llegó a considerarse. La opacidad pesa el doble cuando el acusado es uno de los creadores del sistema de justicia que lo juzgaba.

Girón y la noche del 20 de abril

El contexto terminó de sellar su suerte. El 17 de abril de 1961 comenzó el desembarco de Bahía de Cochinos y el 19 la invasión estaba derrotada (sobre aquella batalla puede leerse también la historia de el Gallego Fernández, el oficial de Batista que mandó en Girón). Durante esos días el gobierno practicó detenciones masivas y aceleró los procesos contra cualquiera que pudiera encabezar un levantamiento interno. Por su historial y su prestigio entre los descontentos, Sorí encajaba exactamente en ese perfil.

El 20 de abril de 1961, un día después de la derrota de los invasores, Humberto Sorí Marín fue fusilado en La Cabaña.

Ni siquiera el número de ejecutados aquella noche es seguro. La agencia UPI habló de siete; una familiar, de ocho; una cronología del National Security Archive, de nueve. Entre los nombres que se repiten figuran el propio Sorí, Rafael Díaz Hanscom, Eufemio Fernández, Rogelio González Corzo, conocido en la clandestinidad como «Francisco», Gaspar Trueba, Nemesio Rodríguez y Manuel Puig. Que no exista un acta oficial coincidente sobre cuántas personas murieron da la medida de la opacidad que rodea el caso.

La promesa a la madre: lo que cuenta Valladares

La escena más estremecedora de esta historia procede de las memorias de Armando Valladares, Contra toda esperanza. Según su relato, una persona relacionada con abogados próximos a la Seguridad del Estado avisó a la madre de Sorí de que la ejecución de su hijo ya estaba decidida. La mujer acudió entonces a ver personalmente a Fidel Castro, con quien, siempre según Valladares, había cierta familiaridad: el líder había almorzado varias veces en casa de los Sorí, porque ella era una excelente cocinera.

Durante el encuentro, la madre se abrazó a él llorando y le suplicó que no mataran a su hijo. Castro, acariciándole la cabeza, le habría respondido: «Cálmese, a Humberto no le pasará nada, se lo prometo». Ella volvió a casa convencida de haber conseguido el perdón. Valladares concluye que la noche siguiente Sorí fue fusilado por orden expresa de Castro.

Precisamente por su fuerza, el episodio exige cautela. La fuente es un testimonio publicado en unas memorias. El columnista Richard Cohen lo reprodujo en The Washington Post en 1986, aclarando que procedía del libro de Valladares y sin una fuente independiente. Con el tiempo, la historia fue cambiando en artículos, vídeos y redes sociales: el encuentro cara a cara se convirtió en una llamada telefónica, situada unas horas o incluso cinco días antes del fusilamiento, y las versiones ni siquiera coinciden sobre quién llamó a quién. Martí Noticias resumió en 2012 que Castro prometió a la madre que su hijo no sería ejecutado y que horas después fue fusilado, sin aportar documentación adicional.

La forma honesta de contarlo es, por tanto, como testimonio y no como hecho probado: según Armando Valladares, la madre de Sorí Marín pidió clemencia a Fidel Castro, este le habría prometido que no le ocurriría nada a su hijo y Sorí fue fusilado la noche siguiente. Pudo suceder así o de otra manera. Lo que sí es verificable es que Humberto Sorí Marín murió fusilado el 20 de abril de 1961, ejecutado por el mismo poder al que él había dado armazón jurídico.

Tres retratos de un mismo hombre

Despojada de propaganda, la figura de Sorí Marín admite tres lecturas. La narrativa oficial cubana lo presenta como el traidor que saboteó la reforma agraria, se vendió a la CIA y regresó convertido en terrorista. La del exilio lo pinta como el demócrata anticomunista que despertó a tiempo y pagó con la vida su enfrentamiento con la dictadura.

Los documentos dibujan un perfil más complejo: un revolucionario auténtico que redactó las leyes de la guerrilla y presidió tribunales que enviaron hombres al paredón; que quería una reforma agraria, pero con Constitución y propiedad privada; que rompió con el proceso cuando lo vio girar hacia el comunismo; que conspiró con armas para derribarlo y mantuvo tratos reales con la CIA; y que fue fusilado tras un juicio cuyas actas se desconocen, en plena oleada represiva posterior a Playa Girón, sin que la acusación de magnicidio se haya probado nunca documentalmente.

No fue solo una víctima ni solo un traidor. Fue el constructor de una maquinaria de justicia revolucionaria que, cuando dejó de serle útil, lo trituró con sus propias reglas. En esa ironía reside quizá la lección más duradera de su caso, y una que recorre toda la historia de la Revolución cubana: los sistemas de poder sin garantías acaban devorando también a quienes los levantaron.

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