Juan Méndez Lafuente: el cubano de las Torres Gemelas cuyo último rastro fue una tarjeta de metro
A las 8:06 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, una tarjeta del metro pasó por un torniquete de la estación Grand Central, en Nueva York. Es el último rastro comprobable de Juan Méndez Lafuente, un cubano de 61 años que trabajaba en sistemas informáticos para Citibank. Cuarenta minutos después, el primer avión se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center. Desde entonces no hay una llamada, un testigo, una firma en un registro de entrada ni un cuerpo.
Un cuarto de siglo después de los atentados, su caso sigue siendo uno de los menos conocidos entre las víctimas del 11-S. Y también uno de los más desconcertantes: un tribunal del estado de Nueva York lo declaró muerto en las Torres Gemelas, pero nadie ha podido explicar con certeza qué hacía allí aquella mañana, lejos de su oficina y fuera de la rutina que había seguido durante años.
Un cubano de rutina fija
Juan nació en Cuba en 1940 y salió de la isla en 1959, cuando Fidel Castro llegó al poder. No regresó nunca. Según declaró su esposa ante el tribunal, temía acabar preso si volvía, aunque los dos hablaban de visitar la isla algún día. En 1965 obtuvo la ciudadanía estadounidense y, como tantos cubanos de su generación, levantó su vida desde cero.
Entró en el mundo de la informática cuando las computadoras todavía ocupaban habitaciones enteras y pasó 31 años en IBM, en Poughkeepsie, una ciudad tranquila al norte de Nueva York. Un antiguo colega lo recordaba como un hombre humilde y cercano, que además ayudó a varios familiares cubanos a instalarse en Estados Unidos. En 1993, en plena ola de recortes, IBM prescindió de él. Tenía 53 años y no se retiró: en octubre de 1997 empezó a trabajar en Citibank, con oficina en el número 111 de Wall Street.
Su retrato cotidiano es el de muchos exiliados de aquella época: ahorrativo, metódico, fiel a sus costumbres. Usaba la misma ropa durante años, cuidaba un Volvo de 1985 como un miembro más de la familia, desayunaba café y periódico en la fiambrería de su barrio y dedicaba los fines de semana al jardín, a las cuentas pendientes y a los Mets, una pasión por el béisbol que se trajo de Cuba. Llevaba 37 años casado y tenía cuatro hijas adultas.
De lunes a viernes, el trayecto era siempre el mismo: tren de las 6:43 desde Poughkeepsie hasta Grand Central, línea 4 del metro hasta Broadway y Wall Street, y siete cuadras a pie hasta la oficina.
La alcaldesa que buscaba a su marido
Hay un dato que convierte esta historia en algo más que la desaparición de un empleado bancario: su esposa, Colette Lafuente, era la alcaldesa de Poughkeepsie. Maestra de escuela y más tarde legisladora del condado, gobernó la ciudad entre 1996 y 2003.
El 11 de septiembre, mientras el país entero entraba en estado de shock, la persona al frente de la respuesta de emergencia de Poughkeepsie no sabía dónde estaba su marido. Durante aquellas semanas dirigió la ciudad y, al mismo tiempo, buscó a Juan. Su sucesor en el cargo lo resumió años después: mantuvo la ciudad en pie mientras estaba de luto.
Tres cambios en una mañana
Aquel martes, Juan alteró su rutina de tres maneras. Salió de casa antes de lo habitual. No tomó el tren en Poughkeepsie, sino que condujo su Volvo hasta la estación de New Hamburg, más al sur, y subió al de las 6:27. Este segundo cambio tiene una explicación sencilla y documentada: esa noche tenía una cita médica a las 8 en Fishkill, y regresar desde New Hamburg le ahorraba camino.
El tercer cambio es el que sigue sin respuesta. A las 8:06 su tarjeta registró la entrada al metro en Grand Central, rumbo al bajo Manhattan. El trayecto duraba unos 16 minutos, de modo que hacia las 8:22 pudo estar ya en el distrito financiero. Según la Comisión Nacional sobre los Atentados del 11 de Septiembre, el vuelo 11 de American Airlines impactó la Torre Norte a las 8:46 y 40 segundos.
Juan no usó su tarjeta de acceso para entrar en Citibank. Ningún compañero pudo asegurar que lo hubiera visto esa mañana. Y, lo más desconcertante, nunca apareció un solo testigo que dijera haberlo visto entrar en el World Trade Center.
Una conversación en la fiambrería de la esquina
La única pista surgió en el barrio de Juan. Barry Horowitz era cliente habitual del Roma Deli, en la avenida Hooker de Poughkeepsie, a pocos números de la casa de los Lafuente. El sábado 8 o el domingo 9 de septiembre coincidió allí con Juan. El dueño le pidió que llevara un sándwich a una mesa y, al hacerlo, escuchó parte de una conversación entre Juan y otro hombre que nunca fue identificado.
Lo que Horowitz declaró después bajo juramento es escueto: Juan pensaba asistir la semana siguiente a una reunión en el World Trade Center. No mencionó día, hora ni tema. Esa frase, oída por casualidad, es el único hilo que une a Juan con las Torres Gemelas.
Esa mañana, en el piso 106 de la Torre Norte, en el restaurante Windows on the World, se celebraba un congreso de tecnología financiera organizado por la firma británica Risk Waters Group. El Museo Memorial del 11 de Septiembre conserva el programa original de aquel congreso. Cuando el avión impactó, había allí arriba unas 80 personas. Ninguna sobrevivió.
Las piezas del expediente
El expediente judicial reúne varios elementos que encajan con esa hipótesis:
- Juan ya había hecho negocios con Risk Waters en representación de Citibank.
- Su supervisor, Ralph Nadal, declaró que en el departamento nadie tenía un horario fijo y que Juan solía ir a congresos técnicos sin avisar para después contarle lo aprendido.
- No estaba inscrito en el congreso, pero el evento admitía asistentes sin inscripción previa.
- Al menos un compañero recordó que Juan había comentado que el martes 11 llegaría algo tarde al trabajo.
Ese último detalle cambia la lectura del caso. No se trataría de un desvío improvisado, sino de un plan decidido días antes y mencionado de pasada. Una decisión menor que, con toda probabilidad, lo situó unos 20 pisos por encima del punto donde entró el avión.
La búsqueda del detective Horton
El detective Walter Horton, de la policía de Poughkeepsie, asumió la investigación con una dedicación poco común. Ayudó a elaborar un perfil de ADN de Juan y lo cotejó con los restos sin identificar que se recuperaban en la Zona Cero, sin resultado. Reconstruyó su trayecto en tren y metro y mostró su foto a los pasajeros habituales: muchos lo reconocieron, pero nadie pudo situarlo ese día.
Colocó carteles alrededor de las ruinas, llamó a hospitales de Nueva York, Staten Island y el norte de Nueva Jersey, a la morgue provisional y a las líneas de emergencia de FEMA, la Cruz Roja y la alcaldía de Nueva York. Revisó las llamadas y el buzón de voz de Juan en Citibank, dejó mensajes en su buscapersonas y preguntó en el hotel de Manhattan donde a veces se quedaba cuando trabajaba hasta tarde.
El caso apareció en el New York Post, en una lista de desaparecidos publicada por The New York Times a finales de aquel año y en el programa Dateline de la NBC, que entrevistó a la alcaldesa y al detective. No surgió ninguna pista posterior al 11 de septiembre.
¿Pudo desaparecer por voluntad propia?
Ante una persona que desaparece sin dejar cuerpo, y cuyo pasaporte no se encontró, la investigación tuvo que plantearse si Juan aprovechó el caos para esfumarse. Las comprobaciones apuntaron en sentido contrario. No hubo retiradas importantes de dinero antes ni después, sus tarjetas de crédito no volvieron a usarse, en su casa no faltaba ropa ni artículos de aseo y su matrimonio iba bien: en julio habían estado juntos de vacaciones en Dominica. Sus compañeros hablaron bien de él y sus tres hermanos en Estados Unidos no volvieron a saber nada.
Tenía además dos citas médicas pendientes: la de aquella noche en Fishkill y otra con un cardiólogo de Manhattan, cerca del World Trade Center, para el 21 de septiembre. No acudió a ninguna. La policía verificó también que recibía tratamiento por depresión. El tribunal examinó todo ese contexto y no halló nada que apuntara a una explicación distinta del atentado. La idea de que hubiera usado la tragedia para desaparecer fue calificada por el juez, sin más, de ilógica.
La sentencia de 2002 y sus errores
El 15 de mayo de 2002, el juez James D. Pagones resolvió la solicitud para declarar la muerte de Juan M. Lafuente. La ley neoyorquina exigía normalmente tres años de ausencia, pero permitía acortar el plazo si la persona había estado expuesta a un peligro concreto de muerte, y los atentados encajaban sin discusión como catástrofe de magnitud nacional. El juez concluyó que Juan estaba en las inmediaciones del World Trade Center y, con toda probabilidad, dentro de la Torre Norte, que se había realizado una búsqueda diligente y que no existía otra explicación razonable. Legalmente, murió el 11 de septiembre de 2001.
La resolución añadía que Juan era ahorrativo y solía aprovechar los congresos con comida gratuita, y hablaba de la trágica ironía de que ese afán pudiera haber contribuido a su muerte. De ahí nació la versión popular de que murió «por un desayuno gratis». Conviene separar las cosas: Horowitz declaró haber oído hablar de una reunión, no de un desayuno. Lo primero es un testimonio; lo segundo, una deducción del tribunal a partir del carácter de Juan.
La sentencia contiene además dos errores. Sitúa los impactos a las 8:48 en la Torre Norte y a las 9:18 en la Sur, cuando la Comisión del 11-S los fijó en las 8:46:40 y las 9:03:11. Y afirma que la salida del metro de Broadway y Wall Street estaba a cuadra y media del complejo, cuando en realidad hay unos 800 metros, cerca de nueve minutos a pie.
Ninguno de los dos errores invalida la conclusión: si Juan salió del metro hacia las 8:22, tuvo tiempo de sobra para llegar a la Torre Norte. Pero sí desmonta la imagen de un hombre que emergió del metro prácticamente al pie del edificio. Tuvo que caminar varias cuadras en dirección contraria a su oficina. Alguien debió verlo. Nadie lo vio.
La versión de la familia
Por eso existe una segunda hipótesis, surgida de su propia familia. Su hija Catherine calculó, y lo dijo públicamente en el funeral, que su padre debió de salir del metro casi en el instante en que el primer avión alcanzó la Torre Norte. La familia prefería pensar que, al ver lo ocurrido, Juan caminó hacia la catástrofe en lugar de alejarse hacia su oficina: que fue a ayudar, como hicieron los bomberos y policías que subieron a las torres.
No hay forma de probarlo ni de refutarlo. Ambas versiones comparten, sin embargo, un rasgo: en las dos, Juan acaba en el mismo lugar por una decisión propia, tomada en días o en segundos.
Un funeral sin cuerpo
La despedida se celebró más de un mes después de los atentados, en la iglesia de St. Mary de Poughkeepsie. Unas 500 personas acudieron a despedir al marido de la alcaldesa, entre filas de policías y bomberos.
No consta ninguna confirmación oficial de que sus restos hayan sido identificados. Circula en internet un comentario de 2012, en un libro de condolencias, en el que una conocida de la familia asegura haber oído que aparecieron, pero no existe anuncio alguno que lo respalde, y ese mismo año su hija escribía que su padre nunca regresó.
En eso, Juan no es una excepción. De las personas que murieron en las torres, en torno a cuatro de cada diez familias no han recibido todavía ningún resto identificado. Los forenses de Nueva York siguen realizando pruebas de ADN un cuarto de siglo después, y de vez en cuando aparece un nombre nuevo.
Lo único tangible que queda es su nombre grabado en bronce en el panel N-71 del Memorial Nacional del 11 de Septiembre.
Dos detalles que conviene corregir
Las versiones que circulan en redes repiten dos datos sin respaldo sólido. Se dice que Juan era de Cienfuegos, pero los documentos judiciales solo indican que era natural de Cuba. Y se afirma que escapó justo antes de la revolución, cuando el testimonio de su esposa recogido por el tribunal señala que salió cuando Castro llegó al poder. Son matices, pero en historia son precisamente los matices los que separan el dato de la leyenda. Quien quiera profundizar en aquella Cuba que Juan dejó atrás puede leer qué hay de cierto en lo que se cuenta sobre la Cuba anterior a 1959.
La banalidad de una decisión
Más allá del misterio, lo que deja esta historia es el peso de lo pequeño. Juan Méndez Lafuente salió de Cuba con 19 años, se abrió camino en un país ajeno, soportó tres décadas de disciplina en IBM, sobrevivió a un despido a los 53 y volvió a empezar. Crió a cuatro hijas, cuidó su Volvo, siguió a los Mets y compartió su vida con una mujer que llegó a gobernar su ciudad. Y lo que decidió su destino fue, con toda probabilidad, un desvío de 40 minutos comentado de pasada en la fiambrería de la esquina.
Si aquella mañana hubiera tomado el tren de las 6:43, como cualquier otro día, hoy tendría más de 80 años. Su historia forma parte también de la de tantos cubanos que rehicieron su vida en Estados Unidos y nunca pudieron volver a la isla.
